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Deportes

RELIGIOSIDAD

¿Dios en el Mundial?

Los partidos de fútbol se rodean de una liturgia especial, una mezcla de sentimientos religiosos y de supersticiones.

El futbolista suizo Gelson Fernandes mira al cielo después de lograr el gol del triunfo ante España
¿Dios en el Mundial?
EFE

Estamos en pleno desarrollo del gran espectáculo del Mundial de fútbol. Millones y millones de personas diseminadas por todos los rincones de la tierra están pendientes de las selecciones de sus respectivos países. Nada ni nadie es capaz de suscitar la atención que provoca la suerte de un balón en los estadios de Sudáfrica. ¿Participa también Dios en este asombroso fenómeno? La pregunta no es impertinente si nos fijamos en los abundantes gestos religiosos que realizan los jugadores, verdaderos protagonistas del evento. Repasemos algunos.

La señal de la cruz

La expresión exterior más frecuente de fe consiste en santiguarse, casi siempre a la salida al campo, pero también en otros momentos del partido, como cuando se ha marcado un gol o, curiosamente, cuando ha fallado la puntería en una ocasión inmejorable o, cuando por unos escasos milímetros, el balón no ha entrado en la portería del adversario.

En no pocas ocasiones, sobre todo si son exitosas, el jugador levanta los ojos al cielo al que señala con su dedo índice como si quisiera agradecer a un Ser superior su logro personal. También suele ser habitual señalar y mirar al cielo cuando se quiere dedicar el gol a un familiar o amigo recientemente fallecido.

Algunos deportistas prefieren, antes de persignarse, tocar la hierba del terreno de juego. Otros realizan ese signo cristiano justo en el momento en que el árbitro, que también a veces se santigua, da el pitido inicial. Y no faltan los que, sin trazar la cruz con la mano, se contentan con coger un poco de tierra y besarla. Algunos jugadores, con gran recogimiento y, a veces, con las manos abiertas y suplicantes, rezan ostensiblemente durante varios segundos antes de iniciarse la contienda. También hay quienes hacen la señal de la cruz al ser sustituidos por un compañero o al terminar el partido y retirarse al vestuario.

La camiseta y la cuna

Mucho más reciente es el ritual que ejecuta el jugador que acaba de marcar un gol y, para celebrarlo, se quita la camiseta y muestra ante el público y las cámaras su camiseta interior en la que lleva grabada una frase con una clara connotación religiosa. No es raro poder leer en ellas: "I love Jesus". Esta referencia netamente cristiana deja su lugar, según los casos, a una dedicatoria a un compañero lesionado o a alguien que pasa por un trance amargo.

Suele verse también con cierta frecuencia el gesto llamado de la "cuna", inventado por el brasileño Bebeto en el Mundial de 1994 en Estados Unidos, para saludar el nacimiento de su propio hijo y que luego ha sido muy imitado en todas partes. No parece un gesto religioso explícito, aun cuando pueda verse en él una alabanza a la vida y al Creador. Más bien es un bello homenaje a la madre de la criatura. Como también es un mensaje de amor a la esposa el beso a la alianza cuando el futbolista consigue un gol.

Ritos colectivos

En los últimos años se han ido introduciendo con fuerza los ritos colectivos hasta el punto que van dejando a los individuales en un plano más discreto, aunque no son del todo nuevos ni todos pueden clasificarse como religiosos.

En este apartado entran los círculos que forman los jugadores abrazados o con sus manos entrelazadas antes de comenzar el partido. Desconozco si esa práctica se debe a la propia iniciativa o es aconsejada por el entrenador. Y también ignoro si en esa reunión ultrasecreta, alguien, tal vez el capitán, da una consigna, si rezan algo o si se mantienen en silencio. La impresión que transmiten es que se trata de una especie de compromiso, algo así como el último compromiso moral, una especie de conjura colectiva hacia la victoria.

También es corriente el amontonamiento de los cuerpos sobre el jugador que ha marcado un gol. Asimismo resulta curioso ver al equipo vencedor formando una cadena que se arrastra unos cuantos metros de rodillas sobre el terreno de juego o bien se lanza al suelo sobre el que se desliza mientras dura el impulso inicial. Los jugadores de Hispanoamérica y, sobre todo, de África, prefieren celebrar los goles al ritmo de compases de danzas de sus países respectivos.

Es difícil olvidar aquella imagen no muy lejana de los componentes del equipo nacional de la Costa de Marfil orando todos unidos antes de iniciarse la final de la Copa de Naciones de África. Su actitud devota y la concentración religiosa que transmitía impresionaban.

En algunos equipos -pocos, ciertamente- se suele rezar algo, generalmente un Padrenuestro, en los vestuarios o pasar la mano por una imagen sagrada, normalmente de la Virgen Patrona, si se encuentra allí. Suele ser el entrenador quien convoca a esa plegaria común antes de salir al campo.

¿Retorno de lo religioso?

Estos gestos, más algunos menos extendidos, pueden inducir a creer que, quizás en los campos de fúbol, estamos asistiendo a una vuelta de lo religioso. Yo no diría tanto, si bien tengo un gran respeto hacia esas expresiones, cuya autenticidad a nivel de verdadera fe dejo en la conciencia de cada cual y, por supuesto, en las piadosas manos de Dios.

Es cierto que cada vez es más frecuente el signo de la cruz hecho públicamente por estos deportistas jóvenes que, por su edad, pertenecen a un sector social progresivamente laicizado. Hay que hacer constar que santiguarse está mucho más arraigado en equipos de países marcados por la tradición católica como España, Italia, Francia, América latina, África francófona, y por la tradición ortodoxa, como los países eslavos. No se dan tanto en naciones anglosajonas o de tradición protestante.

Los países protestantes, salvo excepciones, ignoran esta práctica, y no creo que en las naciones de origen árabe o asiático se proceda de la misma manera.

Por lo demás, hay que distinguir bien entre una práctica religiosa sincera y una práctica supersticiosa. Mucho me temo que, en el caso concreto de los estadios de fútbol, hay más religiosidad que religión, más superstición que verdadera fe. No obstante, solo Dios penetra en el corazón del hombre y, por lo tanto, no caben en este asunto juicios precipitados. Debo decir que, junto a muchachos agnósticos, indiferentes o escasamente practicantes, yo he conocido y tratado a bastantes jugadores de una gran formación religiosa y de una ejemplar coherencia entre sus vidas y sus creencias.

La liturgia de los estadios

Haya o no haya en los gestos religiosos indicados un redescubrimiento de Dios o, al menos, una manifestación de la necesidad de su presencia, lo que sí parece pertinente es hablar de la existencia de una especie de liturgia propiamente religiosa en los estadios.

Así lo entendieron los grandes predicadores y comunicadores como Billy Graham y Juan Pablo II que eligieron los grandes campos de fútbol para reunir a sus multitudes. Y hay que admitir que en el Bernabéu, en el Nou Camp y en nuestra Romareda, la presencia en noviembre 1982 del Papa Wojtyla llegó a crear entre los congregados un "clímax" memorable de exaltación religiosa, difícilmente alcanzable en otros recintos o al aire libre.

Comunidad de fe, celebración festiva, comunión de ideales y emociones, monitor, acólitos, himnos, cánticos componen la estructura de ambas realidades, de tal manera que la teatralización, la escenificación comporta no pocas analogías entre una manifestación futbolística y un rito religioso. Los himnos de algunos clubes ingleses antes de comenzar los partidos tienen el espíritu y la fuerza de algunos cantos de las asambleas orantes de los creyentes

Entre los dos fenómenos, en el estadio y en el templo, se da una especie de rivalidad mimética, de tal manera que el fútbol viene a ser "otra" religión, una cuasi religión, una suerte de nueva segunda religión que sustituye a la original y primera.

Y no deja de ser llamativo que esta sociedad nuestra, progresivamente alejada de lo sagrado, ve en los estadios de fútbol algo así como las catedrales del siglo XXI donde se encuentra a gusto para expresar sus sentimientos cantando en comunión con quienes comparten aficiones, ideales y sueños.

Ya lo estamos viendo en este Mundial de Sudáfrica.

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