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REAL ZARAGOZA

Agarrados al sillón

Para solventar sus problemas de fondo, el Zaragoza necesita algo más que un cambio de entrenador. Herrera y Prieto -como indicó Agapito en su día- deberían seguir la misma suerte que Gay por sobradas razones.

Antonio Prieto, ayer, en la sala de prensa de La Romareda.
Agarrados al sillón
OLIVER DUCH

Ésta es una especie de cuestión eternamente pendiente, casi un tema tabú en el Real Zaragoza. ¿Qué poder tendrán o qué sabrán para seguir ahí, por encima de todo y de casi todos? Mientras José Aurelio Gay, como es natural, comienza a diseñar un nuevo horizonte para sí mismo, fruto de la ausencia de resultados y de sus errores, los creadores directos del actual estado de las cosas a nivel deportivo, de la vigente depresión y ruina, siguen en sus poltronas: Antonio Prieto, director deportivo, y Pedro Herrera, secretario técnico. A ellos, en realidad, habría que pedirles cuentas de estos pesares, siendo José Aurelio Gay una circunstancia, no algo sustantivo. En Prieto y Herrera, o en Herrera y Prieto, que en absoluto importa al caso el orden de factores de este binomio, descansa la razón básica de la trayectoria vacía hasta aquí trazada, en todo caso impropia de un club de la historia del Zaragoza.

Rara vez asumirá alguno de los dos alguna responsabilidades. Como supervivientes que son en las procelosas aguas del fútbol, tratarán por cualquier medio de que pase el temporal. Procurarán que a este tiempo, o a esta época, le suceda la siguiente, estando ellos en el mismo lugar o en un espacio parecido, en ese limbo de irresponsabilidad -tomada como falta de asunción de culpa- que se ha instalado en los despachos supuestamente nobles del club aragonés. Sin contar con ese resorte, a la mesa de Agapito Iglesias, en calidad de responsable último del club, en su condición de presidente y accionista mayoritario de la sociedad anónima deportiva, asciende la cuestión.

No es la primera vez que se enfrenta a esta realidad, que le persigue obstinadamente un año tras otro, en tanto el equipo no funciona y se hunde en sucesivas crisis. Ha tenido sobrados motivos para destituir a Herrera considerando únicamente su etapa al frente del Zaragoza. También los ha reunido Prieto en menos tiempo. Pero Agapito siempre ha tratado de sortear la cuestión, que le resulta espinosa como ninguna.

Hace mes y medio, en el restaurante Agudo, Agapito Iglesias anunció a Herrera y Prieto que seguirían el mismo destino que el entrenador en el caso de que las cosas vinieran mal dadas. Han venido como se presumía. Mas, por el momento, la literalidad de su discurso no se ha dado. Acaso quede el espíritu, intención que Herrera trata de destruir desde anoche mismo, en una labor sorda, de movimiento soterrado, en la que se desenvuelve con preferencia. Herrera intriga. Herrera urde. Herrera teje y desteje según está apartado de los focos. Jamás un secretario técnico con casi veinte años en el cargo ha eludido permanentemente la luz de la pregunta directa, la explicación abierta y franca. Ahora, una vez más, trata de superar en la penumbra una situación personal que se le anunció compleja.

Por primera vez desde el inicio del 'agapitismo', el secretario técnico ha comprobado de modo fehaciente que no cuenta con la confianza de Agapito o que Agapito se la ha retirado por algún motivo que escapa a su control de viejo zorro del desierto, y que está procurando averiguar. Javier Aguirre no es obra suya desde ningún punto de vista. Ha estado por completo apartado de la operación de rescate del equipo que se inició en la tarde del pasado martes en Madrid y que vivió su primer capítulo constatable el miércoles, con la contratación del entrenador mexicano.

¿Pero será capaz Agapito Iglesias de tomar las decisiones graves que precisa la regeneración del club? Esta es la pregunta clave. De lo contrario, es posible que no logre salvar al Real Zaragoza de la espiral de revoluciones de verano y de invierno, de la terrible sucesión de nombramientos y destituciones, de la maraña de los representantes de cabecera, del sinnúmero de fichajes que no ofrecen el rendimiento esperado, de la guerra de guerrillas que se da en los despachos del club, de los lastres que cargan y cargan de cifras en rojo las cuentas de explotación del club y del empobrecimiento deportivo y económico de la entidad. Herrera y Prieto, por motivo de sus obras, de sus hechos consumados, no deberían permanecer ni un minuto más al frente de sus cargos. Si Agapito quiere proteger a Aguirre, por ahí debe discurrir su proceder. El Zaragoza no está para resistir otro 'caso Marcelino'. El Vasco ha desembarcado con la intención de corregir la deriva y con el objetivo último de evitar un nuevo descenso a Segunda. El tiempo dirá si puede con la empresa.

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