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Clase y talento

Manu Lanzarote se está revelando ante los ojos de la afición como un futbolista diferente, dotado del singular don de ver claro y sencillo el fútbol.

Manu Lanzarote celebra el gol que marcó ayer al Lugo.
Manu Lanzarote celebra el gol que marcó ayer al Lugo.
Guillermo Mestre

Cuando Manu Lanzarote toma el balón, lo controla y levanta la vista, todo puede ocurrir, lo esperado y lo inesperado, aquello que es más o menos natural o todo lo contrario, una suerte que nadie ve ni intuye, salvo él y su rapidez para imaginar una asistencia, un quiebro, un pase o un disparo.

¿Qué hacía este jugador en el fútbol griego, en el país de los rescates y la deuda soberana, de los corralitos, de Varufakis y los contratos que se firman con grandes cifras y luego se cobran como se puede?

A saber. Bien podría decirse que el fútbol es así. Michel, el gran Michel, probó suerte en el país heleno como entrenador. Roberto, por su parte, lo hizo como portero. Manu Lanzarote lo quiso hacer como fino centrocampista. Estaba en su derecho.

Sea como fuere, el caso es que hace cuatro semanas vio claro que debía atender la llamada de Lluís Carreras y del Real Zaragoza, aunque en la gatera de salida se dejara unos cuantos pelos: las lógicas renuncias que supone resolver un contrato para el que una parte le quiere dar final de modo unilateral.

Hoy, Manu Lanzarote está aquí, comenzando a destilar clase y talento partido a partido, balón a balón. Sin ser un goleador, ya lleva anotados dos goles, dos obras de mérito. Acaso algún analista adivinó cierta suerte en el tanto que marcó al Osasuna en El Sadar; pero en su gol de ayer no cabe discusión. Paró, templo, se perfiló y buscó el palo largo de la portería de José Juan, guardameta del Lugo. Puso el balón donde quiso, en el punto exacto, ni más arriba ni más abajo, ni más adentro ni más afuera. Donde fijó la vista. Allí fue el cuero. En el lance dibujó, además, todas las formas que exigen los cánones, no como si estuviera en una acción realizada con fuego real, a la velocidad que precisa un remate certero dentro del área y rodeado de rivales y oposición, sino en un estudio, en el que cabe la pausa e incluso el retoque de algún movimiento.

Lanzarote aúna clase y talento, unas virtudes que permiten mirar el fútbol disputado en vivo desde otra perspectiva, con una facilidad que pocos jugadores poseen. Enseguida entiende dónde está él, cuál es la posición de sus compañeros y rivales y, a partir de ahí, cuál es la solución más adecuada para cada lance.

Entonces, el pensamiento corre a una velocidad endiablada. Se trata de fracciones de segundo, espacio en el que se debe tomar alguna de las decisiones posibles. A determinados futbolistas se les hace de noche en ese tipo de situaciones. No ven. Sin embargo, Lanzarote suele aportar luz, una visión distinta, especial, de futbolista tocado por dones que no se entrenan, sino que se poseen o no, sin que en esta cuestión quepan zonas intermedias o matices.

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