Comunicación
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Ecosistema de los medios de comunicación

El factor relacional en el ecosistema de medios

Los avances tecnológicos han permitido que los medios muten con nuevos formatos en soportes digitales. El ecosistema mediático da respuesta a las necesidades sociales, de uso, consumo y co-creación.

Participantes conversan durante el Congreso celebrado en 2019 en Glasgow.
Participantes conversan durante el Congreso celebrado en 2019 en Glasgow.
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Las teorías de la comunicación asientan las bases del estudio de la disciplina, desde diferentes perspectivas, en función de la importancia que se otorga a cada uno de los elementos del proceso comunicativo, bien a los agentes que intervienen, al contexto, al mensaje, al canal, a la retroalimentación o, incluso, al ruido. La ecología de los medios se fundamenta en el análisis del impacto que tienen los medios en la sociedad fruto del desarrollo tecnológico y de qué modo afectan en la comprensión, opinión e interacción que posibilita o impide el avance social.

La contribución primigenia atribuida a Marshall McLuhan en su libro ‘Understanding media: the extension of man’, publicado en 1964, parte de que los efectos de la tecnología modifican los índices sensoriales, o pautas de percepción, sin encontrar resistencia. Algunos años más tarde, en 1971, Neil Postman funda el programa Ecología de los Medios en la Universidad de Nueva York, con un abordaje desde dos vertientes: el estudio de los medios como ambientes que rodean al sujeto y modelan su percepción y cognición sin resistencia; y como especies que viven en el mismo ecosistema y se relacionan entre sí.

El determinismo tecnológico, en su vertiente más instrumental, queda matizado por las propias demandas sociales, en función de los modelos de recepción de contenidos, participación e interacción que permiten precisamente los nuevos medios.

En las últimas décadas muchos han sido los cambios producidos en el ecosistema mediático fruto de la transformación digital, de la aparición, modificación, hibridación y extinción de diferentes interfaces. La denominada tétrada de McLuhan nos hace replantearnos cuatro cuestiones: qué extiende un medio, qué le vuelve obsoleto, qué le recupera y en qué revierte. La ‘mediamorfosis’ (Fidler, 1998) vivida en los últimos años ha supuesto una revolución en las formas de producir, distribuir, consumir e interaccionar con los medios. Las mutaciones vividas en los procesos comunicacionales han revertido en una búsqueda de innovaciones, en la riqueza de nuevos formatos y en la mezcolanza de diferentes sistemas expresivos para tratar de fidelizar la audiencia. En el caso de la radio, el formato pódcast es un ejemplo de cómo conseguir mantener el medio vivo y proyectarlo con éxito al público joven, acostumbrado a usos de contenidos de descarga rápida, fácil y escucha de contenidos impactantes y de breve duración. Por lo que respecta a la televisión, el acceso a fuentes vía streaming, los espacios temáticos y las descargas en dispositivos móviles, así como contenidos de ficción en plataformas previo pago aprovechan nuevas estrategias de situarse en un nuevo mercado. La prensa también se reformula, en su paso del papel, cada vez con menor número de lectores, al soporte digital, con titulares y entradillas gratuitas y descarga del total de la información por suscripción.

El panorama de consumo pasa por la segmentación de públicos. Las personas de edad avanzada suelen decantarse por los soportes clásicos: papel en el caso de la prensa y televisor para contenidos audiovisuales, en su mayoría de carácter generalista, con visionado único y escasa interacción en redes. Las franjas de público más joven apuestan por los dispositivos móviles y por contenidos especializados, con complemento de interacciones en redes sociales, mediante un uso paralelo de visionado-comentario. Las audiencias de mediana edad se van acostumbrando de manera paulatina a los nuevos medios, al streaming y a las descargas de vídeo bajo demanda, pero lo combinan con el uso de medios tradicionales.

Según el reciente informe ‘The Future Viewing Experience’, de la consultoría de datos Kantar, se está produciendo una tendencia a un hogar con IPs, donde la SmartTV se convierte en el epicentro y, en torno a ella, un ecosistema conectado de pantallas: móviles, tabletas y ordenadores. Un 63% de los hogares cuentan con una televisión conectada y se está pasando de un usuario ‘espectador’, menos pasivo, a un usuario ‘experienciador’, cada vez más activo y demandante.

La digitalización del visionado de contenidos permite una medición más detallada de los consumos específicos de cada individuo, ya que los nuevos desarrollos tecnológicos miden todos los dispositivos conectados a la wifi de la casa. Esto tiene grandes desarrollos en términos publicitarios, al poder segmentar campañas según un target muy concreto y definido, en función de edad, sexo y otras variables, incluso con posibilidades de personalización.

En cuanto a la tendencia al pago, en general las audiencias suelen ser exigentes, al estar acostumbrados a la descarga gratuita. Solo están dispuestos a pagar por contenidos exclusivos o de calidad, que aporten un valor añadido. Las plataformas de contenidos de ficción han experimentado un enganche paulatino y la fidelización de públicos. La apuesta de suscripción por contenidos informativos pasa también por probar con diferentes fórmulas que los hagan atractivos y que contengan un plus, en el análisis, la profundidad en la información o la creatividad en los modos de presentación. Al mismo tiempo, el desarrollo de la información a medida, a través de la experimentación en inteligencia artificial, es un modo de conseguir aproximarse y acertar con los intereses y preferencias de cada usuario. Esta personalización de contenidos es una forma de dar respuesta al creciente fenómeno de fatiga en los usuarios a la hora de no saber qué elegir, ante ciclópea oferta de contenidos disponibles.

Por otro lado, las redes sociales han cambiado el paradigma mediático en cuanto a ser contenedoras de contenidos. La función exclusiva que se le otorgaba a las y los periodistas, como creadores profesionales de información, ha dado paso a una vorágine de pseudonoticias para las que la ciudadanía no está preparada, ni para recibirlas ni mucho menos para producirlas. En esta era digital, caracterizada por la contaminación informativa cada vez aumenta más el número de bulos en las redes. Se ha acuñado el concepto recurrente de ‘noticias falsas’, lo cual resulta una paradoja, pues uno de los principios básicos de las noticias es precisamente responder de manera fiel a la verdad, al basarse en la realidad tal cual suceden los hechos.

Los profesionales de la información durante su preparación universitaria aprenden los criterios de selección periodística, los fundamentos de la información, la necesidad de contraste y rigor. Toda esta adquisición de las claves del buen hacer noticioso lleva años de preparación. La ciudadanía carece de estos recursos para saber discriminar lo que es verdadero, lo que está manipulado y lo que es falso, así como para saber qué tipo de datos que se dan en las redes pueden ser utilizados dando el consentimiento sin ser conscientes de lo que eso significa, a lo que se añade la creación de mensajes que pueden tener una repercusión incluso delictiva por saltarse no solo las convenciones éticas, sino también las premisas legales.

Ante esta fenomenología desinformativa, en un contexto de flujo de bulos a escala masiva, diferentes organismos internacionales abogan por la necesidad de incluir la alfabetización mediática e informacional en el sistema educativo formal. La Unesco, ya en 1984, en la publicación coordinada por Morsy ‘La educación en materia de comunicación’ avalaba y proyectaba la importancia de enseñar estos contenidos a la ciudadanía. En los últimos años, ha puesto en marcha el recurso ‘Ciudadanos alfabetizados en medios e información: pensar críticamente, hacer clic sabiamente’ (Media and Information Literate Citizens: Think critically, Click Wisely), del plan de estudios modelo de la Unesco sobre alfabetización mediática e informacional para educadores y estudiantes, que "abarca las competencias que permiten a las personas interactuar con la información de manera crítica y eficaz, otras formas de contenido, las instituciones que facilitan la información y diversos tipos de contenido, así como el uso exigente de las tecnologías digitales", con el fin de minimizar el daño que puedan ocasionar las informaciones perjudiciales y maximizar los beneficios de la producción de información de manera cívica y democrática.

Además, la organización tiene como propósito fortalecer "las competencias de encargados de la formulación de políticas, educadores, profesionales de la información y los medios de comunicación, organizaciones juveniles y poblaciones desfavorecidas en este ámbito, mediante el apoyo los Estados miembros a formular políticas y estrategias nacionales de alfabetización en materia de medios de comunicación e información". Asimismo, el Parlamento Europeo, ya en 2009, recomendó explícitamente a los Estados miembros la incorporación de la asignatura de Educación mediática en el currículo escolar de enseñanzas básicas.

Como resultado de diferentes investigaciones en el ámbito educomunicativo, en el seno del Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital de la Universidad de Zaragoza, reconocido por el Gobierno de Aragón como grupo de referencia y financiado por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), hemos llegado al modelo TRIC (Tecnologías de la Relación, Información y Comunicación), basado en el Factor Relacional (Marta-Lazo y Gabelas, 2016) que cuestiona el determinismo tecnológico, basado únicamente en las competencias instrumentales y dimensiona la comunicación como potencial relacional no solo de conocimientos, en su dimensión cognitiva, también en la órbita de las interacciones sociales y afectivas, en su vertiente actitudinal. El tránsito de las TIC a las TRIC cristaliza un entorno diferente, un ecosistema humanista donde las personas son las verdaderas protagonistas en la gestión de la información. 

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