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premios heraldo 2021

Ante el miedo, esperanza

Por
  • Pilar de la Vega | Catedrática de Geografía e Historia de instituto
OPINIÓNACTUALIZADA 16/09/2021 A LAS 05:00
Ante el miedo, esperanza
Ante el miedo, esperanza
H. A.

Ya ha transcurrido un año de los premios HERALDO. Fueron unos premios especiales. Por primera vez los presidieron los Reyes y, sin lugar a dudas, estuvieron marcados por la pandemia. Trascurridos seis meses de pandemia, en los que se impusieron el confinamiento y la distancia social, el acto se convirtió en una oportunidad única de reencuentro. A diferencia de las dieciséis ediciones anteriores de los premios de este diario, la entrega de ese miércoles se realizó al mediodía, no por la noche, y con un reducido número de invitados. La evolución de la pandemia marcó las conversaciones entre el Rey y el presidente Javier Lambán. Una fecha especial, 125 años de periodismo, y como señaló Pilar de Yarza, presidenta editora de HERALDO DE ARAGÓN, "de periodismo comprometido y veraz y por el afán de servir a Aragón, a España y a la monarquía constitucional". Razones de su vida y trabajo en estos años, junto con la emoción de pasar el testigo de su trabajo y de su responsabilidad a su sobrina Paloma de Yarza, que se ha convertido en la sexta mujer que ejerce como presidenta de HERALDO en los últimos 80 años. Compromiso, sereno y tranquilo tras muchos años de dedicación, así lo reconocieron los editores que le acompañaron en este acto. Estas palabras eran las que mayoritariamente flotaban en el ambiente para superar estos momentos de extrema dificultad. Como la que habían demostrado los sanitarios, reconocidos con el premio Valores Humanos.

No es extraño que durante este año hayamos mirado al pasado con gran nostalgia. Ya, antes de la pandemia, dos tercios de los ciudadanos en el Viejo Continente (67%) veían con mejores ojos el pasado que el presente y creían que el mundo solía ser mejor antaño, según datos de un estudio de la Fundación Bertelsmann Stiftung. En él se documentaba que en Europa la mayoría de la ciudadanía presenta un sesgo reaccionario por nostalgia del mundo anterior. La nostalgia es un sentimiento que se dispara con el miedo, la ansiedad y el malhumor, y era evidente que se había convertido en una poderosa herramienta política para alimentar la insatisfacción de los ciudadanos. Ejemplo de ello fue el triunfo de Donald Trump con la promesa de "hacer América grande de nuevo", o el éxito del ‘brexit’, con la propuesta a los británicos de que así recuperarán el control en ‘sus asuntos’. Nosotros lo hemos vivido en Cataluña, pues sabemos que no hay nada que otorgue más sustento a las políticas identitarias que el victimismo. La dificultad ahora la tienen los nacionalistas, pues deberían explicar a sus bases y a toda la ciudadanía exactamente esto: por qué afirmaban cosas que sabían que no eran ciertas, y por tanto, eran falsas.

"Un gran reto tiene por delante la política democrática, pues tiene ante sí a una sociedad nostálgica de previsibilidades, incluso las más injustas"

La nostalgia del pasado me recuerda uno de los textos más conmovedores y atractivos que he leído de nuestro pasado reciente. Fue escrito con mano maestra por un europeo empapado de civilización y nostalgia por un mundo, el suyo, que se iba desintegrando a pasos agigantados. ‘El mundo de ayer: memorias de un europeo’, de Stefan Zweig. Entiendo que ensalzar el pasado es humano, como señalaba Marco Valerio Marcial: "Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces". Pero me pregunto, tras muchos años de enseñar historia: ¿cómo será el poder del pasado, combinado con la desconfianza del presente y el miedo al futuro? Me inquieta que se exploten miedos e incertidumbres para lograr un éxito electoral con un pasado dorado inexistente. El desgaste emocional que hemos sufrido este año es evidente. Según el último Índice de Experiencia Negativa de Gallup, que rastrea los sentimientos de preocupación, estrés, dolor físico, tristeza e ira en 115 países, el año 2020 fue el más estresante de la historia reciente. Según el informe, el 40% de la población de todo el mundo lo ha sufrido y son las mujeres con niños pequeños en casa las que llevaron la peor parte.

Numerosos estudios de política, sociología, psicología social y neurociencia se han publicado sobre el papel de las emociones en la pandemia y qué cambios pueden generar en las actitudes políticas de la ciudadanía, o qué relación tienen estas sensaciones con fenómenos políticos actuales como el populismo y la crisis de representación. Muchos de ellos concluyen que la irrupción de las emociones en la política y cómo han sido catalizadas por la pandemia es hoy más relevante que medir opiniones. Al estallar la epidemia, los populares fijaron que el Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos no saldría vivo del estado de alarma. Predecían una caída en picado de la economía y la implosión de una mayoría parlamentaria con demasiados socios. Un año después, la campaña de vacunación ha sido un éxito, la pandemia parece que empieza a estar bajo control. España tiene asignados 140.000 millones de euros de la Unión Europea (69.500 millones en transferencias directas), y ya ha llegado una primera remesa de 9.000 millones. El PIB español puede superar pronto un crecimiento interanual del 20%. Por el momento, el PP sigue manteniendo la línea de choque frontal en el Gobierno en todos los frentes. Con esta estrategia, parece que busca convocar a los votantes de Ciudadanos y de Vox a confluir en la casa común del Partido Popular, como único ariete capaz de derrotar a la izquierda. Durante este año se ha constatado que estamos transitando del bipartidismo a un bibloquismo imperfecto, que es completado con un tercer bloque de partidos territoriales que van permitiendo la alternancia. Y, como siempre, mirando permanentemente a los sondeos, pero tristemente sin ver la pérdida de confianza de la ciudadanía en la política como herramienta para resolver sus problemas.

No hay certezas en el presente y el futuro no parece ser un lugar esperanzador. No sabemos realmente cuándo terminará la pandemia y, tampoco, cómo serán con certeza los escenarios poscoronavirus. Mapas políticos cambiantes junto con la convergencia de los grandes desafíos derivados de la crisis energética, la climática y la digital pueden provocar conflictos a unas sociedades miedosas ante el anuncio de futuras catástrofes. La covid ha enmarcado la mente humana: todo a su alrededor huele hoy a peligro. Hay una enorme tensión difusa, y en España se está empezando a concentrar en un punto, tan ardiente como difícil de comprender: el precio de la electricidad. Oímos repetidamente una consigna: ‘Recuperación justa’, que genera muchas expectativas. Pero tememos que no será posible sin una moderación del precio de la electricidad, hoy convertido en símbolo de una recuperación injusta. La incertidumbre se desliza, estresada e inquieta, hacia un miedo paralizante y desconfiado. Un miedo interior, así lo define Martha C. Nussbaum: «La monarquía del miedo. Una mirada filosófica a la crisis política actual», donde analiza el papel de las emociones en la actual crisis política. Ante la incertidumbre y desamparo de muchos ciudadanos, surge el miedo, que busca a culpables sobre los que volcar sus temores en forma de ira, asco o envidia. Recordemos algunos episodios que se han producido últimamente (La Coruña, Baracaldo, Madrid). No se trata de negar la posible objetividad o racionalidad del miedo, pero sí reflexionar en su contenido, puesto que suele originar y sustentar otros sentimientos, como la rabia, el disgusto, el odio, el sexismo y la misoginia, que fácilmente agravan los problemas. Destaca cómo "el miedo tiende con demasiada frecuencia a bloquear la deliberación racional, envenena la esperanza e impide la cooperación constructiva en pos de un futuro mejor". Nos recuerda la importancia de la esperanza, ya que es lo contrario del miedo. Un gran reto tiene por delante la política democrática, pues tiene ante sí a una sociedad nostálgica de previsibilidades, incluso las más injustas. Nuestra sociedad está triste y con una necesidad de seguridades que la pandemia ha agudizado. Si gana la tristeza, no hay futuro. Me sumo a quienes proponen que la batalla política por la alegría confiada es la primera tarea democrática del momento.

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