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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

FILMIN ESTRENA MAÑANA UN DOCUMENTAL SOBRE LA POETISA DEL ROCK

Patti Smith a los 75 años

La poetisa eléctrica sigue en su interminable gira permanente, que inició en 1995: vendrá a España en junio y mañana Filmin estrenará un corto pero jugoso documental titulado Electric Poet

Patti Smith en una imagen de 1978
Patti Smith en una imagen de 1978
Archivo Filmin

Días atrás, un famoso comunicador de las mañanas radiofónicas, dando cuenta de las atrocidades cometidas por los soldados de Putin en el pueblo ucraniano de Bucha, contaba el caso de una “anciana de 75 años” tratando de componer un ataúd para su nieto, asesinado en la guerra salvaje e insólita que tiene lugar en el este europeo… Tremendo.

En el mismo momento, en Londres, otra “anciana de 75 años”, siguiendo la terminología biológica del comunicador, salía a un escenario a cantar en protesta contra esta guerra. Estaba/está como una rosa, pese a su largo pelo cano, con una fuerza vocal eterna y una presencia, fresca y corajuda. Patti Smith, ni más ni menos. No parece que 75 años sea motivo para calificar a alguien de anciano o anciana todavía, más cuando en el mismo día y en otra emisora oigo a una locutora referirse a un hombre ya hecho y derecho como “el joven de 31 años”... ¡No habrá pocos y pocas de esa misma edad de 75, e incluso algunos con muchos más años, con una manifiesta vitalidad y fuerza, fuera del estereotipo de la ancianidad ajada! Pero dejemos al margen edades y ciclos biológicos…

Patti Smith sigue a esos 75 años en plena forma artística, continuando con su particular Never Ending Tour, emulando a su admirado Bob Dylan, que inició en 1995, tras su vuelta del largo paréntesis de casi dos décadas de aislamiento de los escenarios, lo que desde entonces se concreta en centenares de conciertos por todo el mundo. Concretamente este mes de abril andará por Australia y Nueva Zelanda y el 26 de mayo llegará a Europa con una larga gira que incluirá tres fechas de junio en España; en concreto, Barcelona (16), Vitoria (18) y Madrid (20). Hasta finales de julio no abandonará Europa, para luego seguir por Estados Unidos. Así está esta “ancianita de 75 años”, señor Herrera.

Tres cuartos de siglo que han dado lugar a un arco artístico y vital, pese a la larga parada de los 80, más que fructuoso en los escenarios, en los discos y en su llegada a los puestos de honor e icónicos del rock de todos los tiempos. Nacida en Detroit, aunque digamos que se crio fundamentalmente en New Jersey, la patria chica de Sinatra, Springsteen, Paul Simon, Jon Bon Jovi, Withney Houston, Tom Verlaine, Sara Vaughan, Dionne Warwick, Wayne Shorter, Melody Gardot… —de New Jersey no es cualquiera, como diría el inolvidable Carbonell de su Teruel natal—, a los 20 años, en el Verano del Amor del 67, se plantó, no en San Francisco sino en Nueva York, dispuesta a encontrar un hueco en el mundo de la poesía.

Atrás había dejado no solo a familia y amigos sino también a su carrera de estudiante de Magisterio y, ¡ay!, un bebé de tres meses, fruto de una relación con un chico más joven que ella y dejó en custodia a un respetable matrimonio deseoso de tener hijos. Estaba enloquecida, algo que algunos interpretan como rasgos sicóticos de mitómana, con la poesía de Rimbaud y William Blake y la ciudad neoyorkina era el lugar elegido para cuajar su sueño de poetisa.

Los inicios, sin embargo, fueron muy duros, viviendo como una auténtica homeless: pasó hambre a raudales, durmió en parques, portales de inmuebles, vagones de metro, pisos infames e incluso un cementerio…, pero nunca desfalleció. Hasta la muerte de Robert Mapplethorpe, en 1989, vivió con él una larga y turbulenta historia de amor, que incluyó entrega, pasión, calamidades, separaciones, aventuras en el Nueva York de vanguardia del tránsito de los 60 a los 70, y también episodios acerados como el brote de homosexualidad del luego famoso artista que le llevó a ejercer incluso la prostitución callejera mientras ella esperaba con dolor y paciencia su retorno a casa cada noche. Pese a tantas contrariedades, incluidos los emparejamientos homosexuales de él, su amor mutuo nunca se apagó: ella guarda una pequeña urna con restos de sus cenizas.

Vivió en el ya mítico hotel Chelsea, “su nueva universidad”, como ella lo calificó en sus memorias junto a Mapplethorpe; leyó, escribió y pintó incansablemente; se codeó con algunos de los poetas y escritores de la Beat Generation, desde Gregory Corso a William Borroughs o Allen Ginsberg; pasó por la Factory de Warhol; trabajó en una librería de la Quinta Avenida; escribió críticas de discos y reportajes musicales en diversas revistas, entre ellas, el Rolling Stone o Creem; robó libros y revendió otros viejos que compraba en mercadillos de segunda mano; conoció y consoló en su soledad a Janis Joplin a la que le cantó una canción que era un puro retrato suyo y con la que lloró...

De la mano de Bobby Newwirth, alter ego de Dylan, aprendió a tocar la guitarra; trató a Jimi Hendrix y Dylan; fue amiga de Tom Verlaine, de Todd Rundgren y de Jim Carroll; tuvo diversos amantes, entre ellos, el teclista de Blue Oyster Cult, Allen Lanier, y el actor y escritor Sam Shepard, que le compró su primera guitarra; publicó libros de poesía; actuó en diversas obras de teatro, pero sobre todo hizo numerosos recitales poéticos que, al lado ya de su inseparable guitarrista Lenny Kaye, fue acompañando de instrumentos hasta que, sin esperarlo y sin buscarlo, se convirtió en cantante de rock.

Asidua del restaurante del icónico Max’s Kansas Ciy, en el que llegó a formar parte de la exclusiva mesa ovalada roja, y donde en su sala superior se enamoró de la Velvet Underground, actuó en él, y también lo hizo en el contracultural CBGB, compartiendo escenario con Television. Grabó un single que pagó Mapplethorpe, y en 1975, tras firmar con Arista, publicó su primer LP, el celebrado Horses, un latigazo sonoro que sorprendió al mundo del rock y allanó el camino al punk.

La poetisa eléctrica logró su sueño, aunque este también llegó a desbordarla, si no a degollarla. Tras el éxito que supuso su tercer álbum, Easter (1978), para mí su joya más brillante y con una canción que está en mi devocionario irredento (no precisamente Because The Night, que también estaba allí, sino Till The Victory, que abría el disco), continuado por Wave (1979), dijo adiós. La fama, las giras, los estadios… fulminaron su libertad, ella que siempre luchó por ser libre como persona, y una noche de 1980, en Florencia, rompió la guitarra, estampándola a golpes sobre el escenario, y se fugó. No quiso saber más de escenarios ni de rocanrol.

Casi dos décadas duró la fuga. Ni estaba ni se la esperaba. No solo estaba cansada del trajín rockero y afectada por una caída desde el escenario, tras bailar como un derviche, que casi la deja tetrapléjica, sino que por fin había encontrado al hombre de su vida, a Fred Smith, el guitarrista de los seminales MC5, y lo dejó todo para reunirse con él en Detroit. Durante 18 años, salvo el señuelo de Dream Of Life (1988) para mostrar que estaba viva, desapareció del radar musical, sobre todo de los escenarios.

Patti se dedicó a cuidar de sus dos hijos, a vivir en familia junto a Fred Smith, a escribir y a tocar en casa, lejos de los escenarios y sobre todo de los estadios, y, pese a grabar en 1988 el mentado Dream Of Life, como bandera de su existencia— que se abría con su hoy ineludible People Have The Power— se obcecó en deconstruir su papel de estrella del rock. A recuperar una libertad que ella pensaba que había perdido en la algarabía del negocio musical y que siempre había sido la estrella polar de su vida. Una vida feliz y tranquila. Mas todo se desmoronó en un instante: enviudó, perdió a su hermano, a su teclista e incluso a su amigo y amante Mapplethorpe.

Un golpe del que se recuperó con asistencia sicológica y con la idea de volver a la música y a la poesía activamente. Otra vez, Nueva York se convirtió en el destino salvador. La acogió de nuevo Arista y en 1996 volvió con Gone Up, ensartando a partir de entonces una rueda de álbumes a cuál más maduro y bien acabado, sin el salvajismo y crudeza de la primera etapa pero con su buen trato de la palabra y con hermosas canciones, si bien desde 2012, desde su magnífico Banga, no publica disco nuevo. Sin embargo, su Never Ending Tour no para, sigue subida al carrusel de las actuaciones, que este año, como queda dicho, la trae de nuevo a España.

Un largo trayecto de esta “anciana de 75 años” (ja) en el que no ha perdido ninguno de los muchos galones que la crítica y el periodismo musical le han colocado cada vez que se refieren a ella: musa, sacerdotisa del punk, poeta del rock, dama negra, icono feminista, tótem rockero, mariscala del rock… y sobre todo poetisa eléctrica. Muchos galones que ahora se vuelven a repetir e intensificar con el documental que mañana día 8 estrena en España la plataforma Filmin, tras el de 2008, Dream Of Life, que en Europa pudo verse a través de la cadena Arte.

En aquel, la artista se implicó mucho, prestando un gran lote de imágenes domésticas en blanco y negro mezcladas con las que tomó el director Steven Sebring a lo largo de doce años, lo cual se tradujo en desorden de montaje, escasa calidad visual y algo aburrido, cuando no escatológico (ah, ese detallado relato de cómo Patti se hizo pis en una botella subida en un avión).

En este nuevo, titulado Electric Poet, no hay sin embargo implicación alguna de la artista, pero las directoras francesas Anne Cutaia y Sophie Peyrard han conseguido reunir y ensamblar junto a animaciones un jugoso e inédito lote de declaraciones, actuaciones teatrales… y vídeos de la primera etapa, secuenciando con ellos la historia de la artista. O, por mejor decir, una breve historia, toda vez que el documental tiene una hora de duración. Y es que contar en sesenta minutos la ajetreada actividad de esta artista simbólica, tan luchadora y presencial en sus años mayores y luego tras su vuelta, es un ejercicio imposible. Pero aun así es un gran e inédito repizco a esa historia, ofreciendo apetitosos bocados de vida, poesía y rock, a la vez que perfila un agitado retrato de la América de los sesenta e inicios de los setenta.

Y lo que son las cosas, la activista, la rebelde radical, la gran feminista… es absorbida por el mismísimo PP español, que recientemente concluyó su congreso sevillano, en el que eligió a su nuevo jefe, Feijóo, no entonando su himno de la gaviota sino, ¡oh!, ese insurrecto y brioso People Have The Power, mira por dónde, de la “anciana de 75 años”. Cosas veredes.

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