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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Los ochenta años de Bob Dylan

Tras más de seis décadas de trabajo intensivo, el bardo exhibe un legado monumental y una proyección gigantesca sobre la música pop de todos los tiempos, pero ¿lo conocen los jóvenes y no tan jóvenes de hoy?

Bob Dylan en concierto
Bob Dylan en uno de sus conciertos de la interminable gira mundial que emprendió el 7 de junio de 1988 
EFE

Es probable que hoy el nombre de Bob Dylan interese, me temo, a tan apenas a un tercio de la población mundial en ‘edad musical’; quiero decir, que tenga un mínimo interés por la música pop y su historia. Y aun así parece mucho, máxime en España, en pleno esplendor de ‘La Gran Morralla’. Habría que entrar en los institutos e incluso en la misma universidad, grabadora en mano, y disparar a bocajarro y con simpleza: ¿Quién es Bob Dylan? ¿Qué discos y qué canciones conoces de él?

¿Para qué reproducir respuestas imaginarias que uno adivina delante del teclado del ordenador mientras suenan por los altavoces las epifanía blueseras de su último álbum? Decepción absoluta. Me temo lo peor. El de Dylan es un nombre enterrado, como tanto arte y creación pasada hay enterrada para las nuevas generaciones. Y no se vislumbra remedio a la incuria cultural que invade a jóvenes y no tan jóvenes… En fin, cada cura en su púlpito.

A muchos aún nos queda la leyenda. Esa leyenda gigantesca de la música del siglo pasado y del actual, que afortunadamente todavía sigue viva. Acaba de cumplir 80 años y, obviamente, si fecha tan redonda y longeva es motivo de júbilo y celebración para cualquier mortal que llegue a cruzar esta raya vital, no digamos en el caso de Dylan, con su popularidad y su halo de icono contracultural. Ochenta tacos, pese a sus excesos típicos de las rock-stars, su incansable trote por los escenarios, sus disgustos sentimentales, su torva personalidad…, y cómo no, sus enfermedades, entre ellas, aquella pericarditis que a punto estuvo de llevárselo, es una meritoria hazaña existencial.

¡Quién podría imaginarlo! No solo que la leyenda anduviera vivita y coleando sino en activo, grabando discos como este último que me alumbra los oídos mientras tecleo, y dispuesto a saltar de nuevo a los escenarios, tras el parón obligado por la pandemia. Si el rock y toda aquella patulea de jóvenes que saltaron a la popularidad desde mediados los cincuenta asidos a una guitarra eléctrica estaban condenados a la efimeridad, a arder en el olvido una vez que se apagara la hoguera de sus caprichos y vanidades de niños malcriados… o cuando menos una vez agotados los años juveniles, ¿qué ibas a soñar? ¿Un rockero con 40 años? Imposible imaginarlo en aquellos primeros años de los sesenta cuando calzábamos pantalón corto y el cielo del futuro nos parecía lejanísimo e inaprensible. Todo sería una tormenta de humo, pasajera, avisaban los mayores.

Pues no. No solo cuarenta, sino cincuenta, sesenta y hasta ochenta años. No es poca la legión de ‘ilustres abuelos’ que aún lucen sus canas y su perdida juventud en los escenarios y los discos con toda dignidad. Dylan es el mayor de todos ellos. Y vaya ocho décadas musicales y discográficas que ha dejado atrás. Los pipiolos de hoy, claro, no solo no lo saben ni lo imaginan, sino que se la trae al pairo, pero esta leyenda viviente tiene en su cuenta particular un rimero de discos absolutamente gloriosos y referenciales.

¡Y cómo los ha ido espaciando sin repetirse! Poniendo en práctica eso tan difícil para muchos artistas que es “nacer siempre en cada disco y en cada concierto”, según dijo de Dylan el reputado crítico Ralph G. Gleason. O como el mismo bardo le dijo a Scorsese en ‘No Direction Home’, huyendo siempre de la estabilidad, transformándose, no acomodándose en la zona de confort cuando se llega a esta.

Solo una guitarra y una armónica, pero qué hermosas y revolucionarias canciones, y con qué mala leche disparaba a los poderosos y a los maestros de la guerra en aquellos cuatro discos que llenaron su primeriza etapa acústica.

Y luego, el gran salto, el ‘hereje’ salto de la electrificación, pero qué ‘trilogía mercurial’ que rubricó: Bring It All Back Home, ‘Highway 61 Revisited y Blonde On Blonde

Luego se nos puso sombrero alado y traje vaquero para escanciar un Nashville Skyline inolvidable. Y siguieron aquellos setenta gloriosos con Blood On The Tracks y Desire o Street Legal para desembocar en su denostada, pero fructífera y nunca mejor dicho, ‘era católica de renacimiento’, con Slow Train Coming o Saved

Todo, tras pasar por un delicioso Oh Mercy de los ochenta y un doblete acústico de versiones, para desembocar en este siglo actual con esos giros a lo acústico, el cancionero norteamericano de raíz, la belleza de Tempest o este último Rough And Rowdy Ways, tan atrevido como crepuscular.

Una obra total, en definitiva, grandiosa y memorable, ecuménica, cargada a su vez con una prosa poética e inventiva que hasta fue premiada con el Nobel literario, pese a los bufidos de los sumos sacerdotes del templo de las Letras. Ochenta años aprovechadísimos e inigualables por su alto contenido de maravillas sonoras, de invenciones, de saltos estilísticos, de discos supremos, de conciertos imprevisibles, de simbolismo… Una montaña enorme a la que muchos subimos hace décadas y de la que no pensamos bajar nunca. Allá si algún incauto joven e incluso maduro, intoxicado por la morralla, no se atreve a respirar el aire puro que por allí arriba circula. Sus alvéolos intelectuales lo acusarán.    

Aquí, sus grandes éxitos para refrotarse en la leyenda: 

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