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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

¿Alguien conoce el país perfecto?

Edificio destruido en Belgrado
Edificio destruido en Belgrado

VIAJE A LOS BALCANES Y RUMANIA (4)

Bucarest (Rumanía)

Una de las preguntas más difíciles me la hizo mi hijo de cuatro años en el verano de 2002 cuando atravesábamos pueblos carbonizados en Bosnia-Herzegovina: “Papá, ¿qué son cadáveres?” No supe qué contestarle y desvié la conversación. Su pregunta me vino de nuevo a la mente cuando unos días después entraba por primera vez en Srebrenica, el pueblo mártir. Mientras recorría las calles despobladas y dejaba de contar las casas destruidas pensé: “Hijo, tú yo seríamos cadáveres si hubiésemos nacido aquí”.

Once años después vuelvo a recordar la pregunta de mi hijo justo después de que finaliza el funeral masivo en Srebrenica. “¿Qué son cadáveres?” Acabo de ver 409 ataúdes verdes, 44 pertenecientes a menores, en una gran explanada, mojados por un repentino aguacero. Pienso: “Esto son cadáveres. Vidas truncadas. Historias inconclusas. Sueños carbonizados. Culpables en libertad.”

Elegimos Bratunac para entrar en Serbia después de atravesar el río Drina. Mis malos recuerdos del paso de estas fronteras en junio de 1992 se diluyen rápidamente ante la amabilidad de la policía fronteriza serbia. Después de conducir varias horas llegamos a Belgrado. Conocí esta ciudad hace 32 años cuando era un joven estudiante y acababa de morir el mariscal Tito.

Yugoslavia o los equipos de sus principales ciudades siempre nos ganaban al fútbol, baloncesto, balonmano. Eran nuestros habituales verdugos en los campeonatos europeos, mundiales o en las olimpiadas. Además, los yugoslavos eran más altos que nosotros y tenían una increíble facilidad para aprender idiomas.

Edificio en Belgrado destruido por los bombardeos de la OTAN en 1999. Fotografía de Gervasio Sánchez

La ciudad ha perdido su encanto de gran capital a medio camino entre oriente y occidente, pero sigue siendo muy agradable. El Danubio se agranda al recibir el agua del Sava. Apenas hay construcciones antiguas. La resistencia contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial le valió salvajes bombardeos. Belgrado y otras ciudades yugoslavas también fueron bombardeadas en 1999 por la OTAN. Varios edificios oficiales siguen mostrando las cicatrices de aquellos misiles lanzados durante la guerra de Kosovo.

Nuestro siguiente destino era llegar a Bucarest, capital de Rumania, a tiempo para que Alfonso Armada cogiese su avión de regreso a Madrid y yo esperase a mi familia que llegaba desde Zaragoza. Recorrimos un buen trecho de la autopista que une Belgrado con Nis y nos dirigimos hasta la frontera búlgara.

Un cartel anunciaba a pocos metros del puesto fronterizo: “Velocidad máxima en autopista: 140 kilómetros”. Pero no había autopistas en los 56 kilómetros que íbamos a recorrer de territorio búlgaro hasta Vidin. Nos encontramos un zorro muerto en medio de la carretera y atravesamos el Danubio, que dibuja la frontera búlgaro-rumana, por un puente diseñado y construido por una empresa española que se había inaugurado unos días antes.

Zorro atropellado en una carretera búlgara- Fotografía de Gervasio Sánchez

Empezaba el viaje por Rumania, las peores carreteras de Europa, los socavones más profundos, los conductores más agresivos, las jaurías de perros vagabundos que atacan a los incautos en las ciudades, el país de un dictador despiadado llamado Nicolae Ceaucescu cuyo régimen fue derrocado por un levantamiento popular en diciembre de 1989, sustituido por los gobiernos más corruptos de la Unión Europea (¿seguro?).

Más que empezar un viaje de placer parecía que acudía a un matadero del que tenía pocas posibilidades de escapar con vida.

Lo sorprendente es que los comentarios más negativos los recibías de españoles que apenas habían dedicado algunas jornadas a recorrer este país hace veinte años o de los propios rumanos (hay casi un millón en España) que les cuesta entender qué se te ha podido perder en el país del que ellos salieron hace años para mejorar sus expectativas de vida.

Adelanto que he conocido un país extraordinario que se merece una visita de, al menos, tres semanas para conocer sus maravillas naturales, sus bellísimas iglesias ortodoxas y ciudades austrohúngaras fortificadas, la espectacular desembocadura del río Danubio y las playas del Mar Negro. El país ideal para perderse en los Cárpatos durante el tiempo que quieras. Por supuesto que hay deficiencias, pero ¿alguien conoce el país perfecto?

Decidimos pasar la noche en Pitesti, a 114 kilómetros de Bucarest. Faltaba poco para anochecer cuando llegamos al centro de esta ciudad muy popular entre los rumanos porque en ella se construye los coches Dacia desde 1966. Gusta menos hablar de la cárcel que fue utilizada para torturar y asesinar a los opositores durante los primeros años del comunismo a principios de los años cincuenta.

Alfonso Armada se acercó a un hotel para preguntar si había habitaciones libres mientras yo aparcaba el coche. De repente escuché un grito. Un perro escondido había surgido de la oscuridad y le había mordido en la pantorrilla. Tuvimos que cambiar nuestra última cena juntos por una larga noche de hospitales.

En Vitez, veinte años atrás, el robo de nuestro coche y su búsqueda durante cinco días nos permitió conocer el modelo mafioso que se había generado en muchos pueblos y aldeas de Bosnia-Herzegovina durante la guerra. Descubrimos que los soldados y los policías locales tenían miedo de las mafias paramilitares que controlaban el mercado negro, se enriquecían a cuenta del sufrimiento de los civiles desarmados y llevaban la iniciativa en la violencia contra los ciudadanos de otras religiones.

En julio, el perro de Pitesti, o más bien, el siete que le había hecho a Alfonso en su pantorrilla, nos iba a introducir en el mundo hospitalario rumano y conocer si el sistema sanitario europeo funciona o no en un país con altos índices de corrupción.

Nos subimos en el primer taxi que vimos y nos encontramos con un rumano de nombre Juan que hablaba perfectamente español, que había vivido en el barrio de Delicias de Zaragoza durante varios años y que fue nuestro guía y traductor las siguientes horas. Pudimos saber que la empresa de alicatados que creó en España se fue a la ruina por culpa del impago de una empresa constructora aragonesa que todavía le adeuda 30.000 euros.

Una pareja vestida para una boda pasea por el centro histórico de Bucarest. Fotografía de Gervasio Sánchez

El carnet de identidad español nos abrió la puerta con sorprendente celeridad en el Hospital Militar, similar a cualquier centro médico español. También nos ayudó ir acompañados de nuestro taxista traductor. Después de ponerle a Alfonso una vacuna antitetánica nos dirigimos a un centro de enfermedades infecciosas. En un edificio más antiguo y añejo tuvimos que esperar la llegada de una doctora de guardia que hablaba perfectamente inglés. Alfonso recibió la primera dosis antirrábica. Nadie nos pidió un solo euro o dejó entrever que las propinas eran bien recibidas. Trato exquisito de primera categoría.

Lo peor de ser mordido por un perro es la lata de tener que regresar hasta cinco veces al hospital durante un mes para que te coloquen las cinco dosis que conforman el protocolo antirrábico. Alfonso recibió la última dosis el 9 de agosto, casi un mes después de recibir el mordisco.

Invitamos a cenar a Juan y tuvimos que rogarle que aceptase una cantidad de dinero equivalente a sus horas de trabajo perdidas. Nos dejó su número de teléfono y nos pidió que le llamásemos si teníamos cualquier problema durante nuestro viaje. Nos confesó que nunca más volvería a España por el maltrato sufrido aunque  nos aseguró que había dejado grandes amigos en la capital aragonesa.

Al día siguiente llegamos a Bucarest con el tiempo justo para ir al aeropuerto. Me despedí  de Alfonso con un gran abrazo como hacíamos cuando nos separábamos después de las largas coberturas en los Balcanes y África. Habíamos recorrido 4.150 kilómetros en 10 días.

Tenía por delante unas horas en solitario hasta la llegada de mi familia. Empecé a organizar el itinerario rumano y contesté correos atrasados. A las 1,30 de la madrugada atravesé una ciudad de grandes avenidas que recuerda a París y me dirigí al aeropuerto internacional. Con apenas cinco minutos de diferencia llegaban cuatro vuelos a Bucarest desde ciudades españolas. El de Zaragoza iba lleno de rumanos y vacío de españoles.

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