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Blog - Al Alba

por Mariano Gistaín

El callejerismo

El callejerismo se adueña del mundo, aunque sea de forma intermitente, pero la intermitencia es la constante de la nueva ecuación. Cuando amaina en un sitio surge en otro. Y nunca se sabe dónde va a saltar. La incertidumbre universal cuenta con este nuevo elemento que a su vez es una derivada del estado general del mundo.

Los nuevos movimientos de protesta quieren el poder a ratos. Sin mancharse las manos ni entrar en burocracias. Que sigan gobernando los presuntos de siempre, que tampoco gobiernan (se limitan a refugiarse y preservar el lado blindado del sistema): pero que les hagan caso. Ahora esto, ahora lo otro. Hoy el precio del bus, mañana el último parque de Estambul. Ahora Egipto aniversario. El mensaje ya es autorreferente: siempre estaremos aquí. Y confuso: la misma confusión del mundo en general. El antecedente mínimo, remoto, prematuro, olvidado, es Teruel existe.

A veces no hay objetivo concreto, solo mensaje: estamos aquí, siempre estaremos aquí, no podéis vencernos, no podéis exterminarnos a todos porque en definitva somos o éramos los clientes. Somos los ciudadanos, los súbditos, los ex consumidores o los casi-consumidores. Somos los consumidores intermitentes, ciudadanos cuánticos: ahora sí ahora no: estamos fuera del sistema a ratos. Cuanto más tiempo fuera del sistema, más probable es que salgamos a las calles. Pero esa regla tampoco es segura.

La misma flexibilidad laboral, la misma esencia del neoliberalismo desregulado, la misma volatilidad de los mercados, la misma arbitrariedad de las agencias de rating, la misma irresponsabilidad de los reguladores, la misma globalidad escaqueante del propio sistema, la misma evasión fiscal global... todo eso se refleja en el callejerismo fuera de control. Quizá sigue el timing de las series, o la lógica aristotélica de los videojuegos.

Se han creado mundos sin conexión: los poderes económicos que van a su bola, el filibusterismo financiero burbujeante, los gobiernos desconcertados que ya no controlan la hiperrealidad ni los algoritmos que invierten solos, el vasto universo sumergido, los millones de seres desesperados que vagabundean en las periferias de un sistema caótico en el que no queda nadie a quien pedir responsabilidades ni esperanza. Son mundos inconexos que funcionan en compartimentos estancos y que se amontonan unos sobre otros. El último éter que vincula cada vez más débilmente esos mundos aislados y enloquecidos son los funcionarios.

(El único indicio de estabilidad y la última esperanza comercial hoy en España es que los funcionarios van a cobrar la paga extra. Y la cosecha del siglo).

Solo queda salir de vez en cuando a las calles a concelebrar la inmensa representación de malestares compartidos. A tomar el poder un rato, para que no suba el bus, para que no eliminen el último parque, para existir, para nada.

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