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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Sabina, vaya pájaro (según Carbonell)

Mujeriego, cocainómano, putero, depresivo, trasnochador, golfo, lapidario, generoso hasta caerse… En 'Pongamos que hablo de Joaquín', el tocho de 537 páginas que ha editado Ediciones B, Carbonell descubre, o intenta revelar, las decenas de perfiles que tiene Joaquín Sabina. Lectura exuberante y palpitante. Y nada es inventado ni minimizado ni amplificado. Es el retrato real y poliédrico del jiennense.

Y nadie podrá llevar al juzgado a Carbonell por desvelar estas comprometidas aristas, que en otra persona cortarían como cuchillos de matarife. Lo que Carbonell escribe y describe ha sido dicho antes en numerosas entrevistas por el propio Sabina, en libros o por la docena de personas que le han conocido de cerca.

El libro es morboso, claro, pero no porque se haya buscado premeditadamente el morbo, sino porque ante un personaje como Sabina es imposible saltarlo. Está ahí, nada más pisar el felpudo de su vida, nada más rebuscar en cualquier pliegue del artista. Lo ha alentado él, de forma natural y humorada, por lo que ni sobresalta ni escandaliza. Las mujeres de Sabina, su afición a meterse en los clubs de fulanas e incluso hacer uso de sus servicios a pares, su militancia comunista, el bombazo en un banco de Granada, su propio padre, comisario de Policía, deteniéndole, la huida a Londres, su amor por la palabra y su afición a los duelos verbales (con Krahe y Fito especialmente), su nariz más ancha que el canal de Suez para navegue por ella un trasatlántico de coca, su gran depresión tras el marichalazo, su personalidad ciclotímica que hoy te da un beso de tornillo y mañana te pega una patada en el culo, sus espantás, las borracheras, su desapego al dinero…

Carbonell holla en la persona de Sabina y juega con el viento a favor para hacer este jugoso retrato: el de Úbeda es una casa de balcones a cuatro calles, y todos abiertos. Basta pasar por delante y ver desde fuera todo lo que hay dentro. Sabina es y sigue siendo una mina para los medios y los biógrafos. No esconde ni ha escondido nada, ni aun sus vergüenzas íntimas, que hasta las físicas las ha enseñado en unas famosas fotos de El País. Es un tipo tan trasparente que no creo que quede mucho por ver de esa casa de múltiples balcones. Un personaje así, único en España y difícilmente rastreable fuera, da para escribir una biografía casi de 'summa artis'.

Carbonell juega con ventaja, sí, pero no sin dificultades. Porque ahí está el mérito de su relato: haber manejado una cantidad de material ingente y haberlo elaborado tan inteligentemente y de forma tan precisa y amena como lo ha hecho. Esto, y el que está escrito ingeniosamente, con un orden desordenado más que jugoso, con frases y párrafos burbujeantes y con aportaciones personales sin desperdicio. A la mínima que te das cuenta ya ha punzado la medular del artista y está perfilando uno de sus numerosos perfiles, componiendo un retazo más de su retrato. Todo ello con un lenguaje fluido y sencillo. Engancha a la primera página.

El andamiaje de la biografía es más que robusto. Carbonell ha rebuscado entre decenas de entrevistas a este y al otro lado del Atlántico, ha buceado en los libros escritos por y sobre Sabina y especialmente ha contado con testimonios de primerísimo mano. Habla su manager durante tantos años, Paco Lucena. Lo hacen también dos de sus secretarias, María Ignacia y Encarna Baena, evoca los primeros tiempos de Londres y Logroño el riojano Jesús Vicente Aguirre, echa sus paladas de sinceridad e ingenio su inseparable colega de La Mandrágora, Javier Krahe, están buena parte de los amigos poetas del cantante, está también Labordeta, está también un servidor que ya conté en otra entrada del blog la buena relación que mantuve con el 'pájaro' Sabina… y está, en fin, Luis Alegre, que es una de las personas que más cerca ha estado y está del artista, firmando un epílogo verdaderamente sincero y delicioso.

No se podrá llevar al juzgado a Carbonell, digo, por mentiroso o difamador. Tampoco ha de invitársele a programa alguno de 'telebasura' por morboso. Porque la biografía puede visualizar numerosos momentos escabrosos como el de María Ignacia acudiendo a casa del artista y encontrárselo con dos putas de alto standing –“págales”, le dijo con toda naturalidad- o aquel en que mandó a la mierda a una mamá a través de su niño que fue a pedirle un autógrafo en un restaurante, muchos detalles de todo tipo y de peor o mejor gusto, pero también, o fundamentalmente, retrata al artista, deteniéndose, delectándose, diría yo, iluminado de admiración, porque me temo que Carbonell es a Sabina lo que Salieri a Mozart (alguna vez lo saludo así, de forma jocosa), en todos y cada uno de sus discos, en sus letras, en sus sonetos.  Un trabajo global, del hombre y del creador. He leído muchas biografías de artistas y grupos musicales pero confieso que en ninguna he encontrado la profundidad, el derroche de detalles y anécdotas, los múltiples minirretratos, el análisis musical creativo que brota a cada página, para entender al personaje biografiado con tanta cercanía, hondura y minuciosidad. No sé si Sabina sigue interesando todavía mucho o no, parece que sí, pues ahí anda encaramado en el primer puesto de libros más vendidos en Aragón, pero desde luego que si por ahí hay algún devoto del jienense, este es su libro. Los demás no le llegan a la suela.

POSDATA: El mundo a la contra. Sabina era admirador de Joaquín Carbonell. En el año 78, cuando (Sabina) no era nadie, se acercó a saludarlo en un concierto que dio en la Escuela de Ingenieros de Madrid. Le confesó su admiración y se hicieron amigos.  El turolense estaba en los estertores de su primera etapa musical, ya se sabe, los cantautores, que muerto el animal, iban cayendo como moscas. Pero luego se rehizo y cambió el chip. Desde hace unos años compone, canta y hace mejores discos que Sabina. Si la lógica o la justicia se hubiera impuesto, es decir que Carbonell hubiera sido multiplatino ciento y una vez, como se merecía y el mercado no lo quiso ver, igual era Sabina quien tenía que haber escrito esta biografía sobre su admirado Carbonell, ¡coño, que para eso había grabado con Toti Soler!, como le confesó admirado aquella noche del 78 en la Escuela de Ingenieros. Enhorabuena Salieri.

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