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Cuando los paveros volvían a Zaragoza en Navidad

Mariano García 23/12/2009 a las 01:56
pavos



Un poco de costumbrismo al año no hace daño. Y vaya por delante, por lo chocante (por decirlo de alguna manera) que pueden resultar algunas expresiones, que el reportaje fue publicado en las Navidades de 1933. Lo firmaban Emilio Colás Laguía (textos) y Guillermo Pérez (ilustración):
Hasta hace pocos años, la verdadera víspera de la fiesta de Navidad se anunciaba con la presencia por esas calles y plazas de un hombre del campo que, provisto de una larga caña, iba al cuidado de una manada de pavos. El hombre procedía de tierras de Castilla y había hecho el viaje hasta Zaragoza por la carreterita real, descansando en cualquier posada al borde del camino y caminando las horas del día con sus animalitos siempre por delante, hiciera sol o estuviese nublado, con vientos heladores o con escarcha en los sembrados. A él le era todo igual. Su misión consistía en proveer de la clásica ave a los personajes ricos que, en llegando este tiempo, consideraban como el mejor aditamento de su hogar la presencia del pavo en la cocina. Ya el pavo en la casa, lo cebaban con nueces, le mimaban, lo acariciaban... y, al final de cuentas el día de Nochebuena lo enviaban con una tarjeta de felicitación al médico o al jefe de la oficina donde prestaban sus servicios.
El pavo se sentía completamente feliz, sin comprender -¡infeliz de él!- que todas aquellas atenciones que se le tenían eran para prepararle a pasar a mejor vida. Luego resultaba, a lo mejor, que emprendía una larga peregrinación de casa en casa para volver a parar a su primer domicilio. Sin duda alguna, de este intercambio de pavos y capones que hace estos días la Humanidad, ha nacido esa frase tan corriente y vulgar de "¡Las vueltas que da el mundo!". Hoy, ya apenas si se ven paveros por esas calles. Desde luego, no llegan a la ciudad como antaño por carretera y en jornadas ordinarias, sino que vienen bien acondicionados en un vagón del ferrocarril, de esos de tres pisos.
En Zaragoza son tres los negociantes que se dedican a la provisión de pavos para expenderlos por las calles o en los establecimientos de aves: Fermín Bueno, Francisco Pablo y Gervasio Gómez. Con este último hemos charlado un rato, en los aledaños del Nuevo Mercado, y nos hemos así enterado de la importancia que el tráfico de pavos tiene en Zaragoza.

Casi todos los pavos que en nuestra ciudad se venden proceden de la provincia de Ávila. De un pueblecito que se llama Velayos, donde al parecer se dedican todos sus vecinos a la cría de este animal. Allí los engordan con castañas y bellotas en el monte. Al llegar a Zaragoza comen panizo. Sin embargo, también en las torres de algunos barrios zaragozanos se crían pavos en mayor o menor abundancia. En Garrapinillos, en Miralbueno, en Peñaflor, en San Juan... Y Gervasio nos asegura muy formalmente, que los pavos de casa, los pavos zaragozanos, nada tienen que envidiar ni en calidad ni en presentación a los pavos castellanos. Es decir, que si en Aragón se dedicasen a criar pavos, podríamos competir ventajosamente hasta con los mismos capones de Bayona.
Pero el pavo es animal que requiere muchos cuidados. Ya cuando es pavipollo, si no se quiere que perezca por un simple enfriamiento hay que vacunarlo. Luego han de estar todo el día a la vista del guardián para que no cometan excesos de ninguna índole. Como dice en su fábula Samaniego: "Todos los pavipollos con su madre se fueron aquí y allí, picando hasta el cercano otero...".
Ignoramos, pues, por qué no se intensifica la cría de estos animales que, al fin y al cabo, proporcionan un buen rendimiento. Como que se cotizan de veintidós a veintisiete pesetas la pieza, que ya es un precio remunerador.
Hay muchas clases de pavos. Desde el pavo real, que procede de la India y es conocido desde la más remota antigüedad, hasta el pavo común, que es de origen americano y se conoce en España desde el descubrimiento de aquel Continente. Como ave, se destaca de todas las demás por su gran tamaño. El pavo, con su cuello largo, su cuerpo horizontal ovalado, por lo común negro con ligeros cambiantes verdes o azules, las alas ligeramente manchadas de blanco y en la nuca -en forma de cresta colgante- una piel rugosa que se extiende debajo del cuello y que es de color más o menos encarnado, es sin duda alguna uno de los animalitos más tontos de la creación. Por algo, cuando se quiere hacer resaltar la sosería o pesadez de una persona, se dice de ella que es un pavo... Pero ¡ah!... que el pavo, en cambio, puede presumir de contar en su familia de las fasiánidas, las meleagrinas y las pavoninas, con un personaje poco menos que de trono y cetro: ¡El pavo real!... ¡Qué bello adorno para un jardín es el pavo real, de cabeza y cuello azul, con cambiantes verdes y violados matizados de oro! Y sobre la cabeza un penacho de plumas verdes con irisaciones doradas. Cuerpo de color rosa anubarrado de oro y verde. Alas y cola encarnada...
De los barrios de Zaragoza habrán llegado estos días a la ciudad unos doscientos pavos. Y de Castilla unos trescientos. ¡Medio millar de animalitos que de aquí a Reyes andarán de un lado para otro, hasta llegar a la marmita, final obligado de todas sus glorias y devaneos! Vida efímera la de estos pobres bichos, ya que solo alcanzan unos ocho o nueve meses. Y que, para matarlos, hay que hacer con ellos lo mismo que con los cordericos. Atarlos por las dos alas, armarse de un palo y endilgarles un buen garrotazo en la cabeza. Tienen que morir, pues, como empedernidos criminales. ¡Agarrotado!
Y, sin embargo, son tan tontos, tan tontos, que el pavero en cuanto se hace de noche ya no puede estar con la manada en la calle. No saben andar, se aferran al pavimento desesperadamente, tropiezan con todos los transeúntes y riñen entre ellos por el más fútil motivo. ¡Son francamente idiotas!... Y, a pesar de ello, por menos de cinco duros no hay quien se haga con un buen ejemplar.  La verdad es que para ser carne tan basta no tiene nada de barata.
Porque bastos lo son. ¡A qué vamos a andarnos con rodeos!... ¡Pero qué ricos están con trufas!

Aunque en el texto se queja Emilio Colás de que los paveros prácticamente habían desaparecido en 1933, lo cierto es que varias personas jóvenes (entre los cuarenta-cincuenta) me aseguran haberlos visto por las calles de Zaragoza. ¿Puede ser?

Y mañana...
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