Fiestas del Pilar

Unos fuegos artificiales multitudinarios ponen el broche final a las Fiestas del Pilar 2017

Las riberas y los puentes -de Piedra y de Santiago, sobre todo- anduvieron desbordados, desde horas antes, de zaragozanos.

Fuegos artificiales fin de fiesta 2017
Fuegos artificiales fin de fiesta 2017
Heraldo

Mágicos, sobrecogedores, emocionantes y con sorpresa, los fuegos artificiales iluminaron desde el parque de Macanaz el cielo nocturno de la capital aragonesa, que este domingo daba carpetazo, otro año más, a las Fiestas del Pilar. El espectáculo comenzó con puntualidad, a la hora anunciada, las 22.00. Desde hace dos años se viene adelantando el momento de prender las mechas para favorecer la presencia de los niños, que el lunes agarran la mochila para volver de nuevo a los dictados y las tablas de multiplicar. Paradójicamente, los multiplicados parecieron ellos mismos: cientos, miles de peques asistieron junto a sus padres, abuelos, tíos, primos, amigos y vecinos al descomunal despliegue pirotécnico. La noche acompañó, como en todos los pilares, con unas temperaturas impropias de estas alturas de 2017.

Las riberas y los puentes -de Piedra y de Santiago, sobre todo- anduvieron desbordados, desde horas antes, de zaragozanos que fueron testigos de un golpe de efecto que venía ensayándose hacía días: una bandera aragonesa se dibujó en el cielo por dos veces en una maniobra nada sencilla, pero que gustó a los presentes, que aplaudieron a rabiar al ver que en el firmamento ondeaba la enseña de la Comunidad, un símbolo reconocible de unión y concordia. La pólvora de la Pirotecnia Zaragozana aromatizó el aire mientras no pocos seguían con el beber y el yantar, tan propios y continuados en estos maratones de la jarana que son los Pilares.

Como viene siendo habitual, la multitud se afanó móvil en mano por capturar la instantánea perfecta, ese encuadre arquitectónico a dos bandas en el que encajan la basílica de Nuestra Señora del Pilar, por un lado, y un castillo de fuego suspendido en el aire, por otro. El Ebro, un espejo puesto adrede, completaba la estampa.

La vuelta a la rutina va a ser dura. Se hará cuesta arriba. Los papeles estarán ahí, apilados; y las decenas de e-mails, pendientes de una respuesta. Los chavales empezarán a pensar en los primeros exámenes del curso o en aquel trabajo grupal que se pospuso con pleno consenso. Pero las tareas serán más llevaderas con la colorista estampa de los fuegos finales en la retina… que durará hasta las Fiestas del Pilar de 2018.

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