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Fiestas del Pilar
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Torería castellana

La maestría y la clase de Manolo Sánchez salvaron una tarde en la que la falta de raza de una desclasada y desigual corrida de Parladé no dio opciones. El vallisoletano logró los mejores pasajes del festejo, en dos faenas limpias y de simétrico corte.

CARLOS MONCÍN
Torería castellana
Manolo Sánchez, muy vertical, lleva cosido en la muleta al quinto de la tarde, al que cortó una oreja.

Lo que es la vida. Y los toros. Te dejas anunciar abriendo tarde y acabas de telonero. Y gracias. Del cartel inicial solo se salvó el rubio Cordobés nacido en Madrid. El polen. La vida. Luque, lesionado en el codo, se olió la tostada ganadera y se quedó en casa viendo el Plus. Tendero, con dos cornadas gordas y feas, pasaría mal rato sabiendo que perdía una gran feria. Otra vez será. No debo decir que ganásemos con las sustituciones. No soy un cabrito, aunque ya me haré mayor para llegar a lo otro, pero sí quedó el cartel más rematado. Para los espectadores sí, para aficionados, no. Julio Aparicio y Manolo Sánchez son dos toreros como la copa de un pino. Por lo menos uno. El otro, el del arte, también, pero a ráfagas.

Zaragoza está perdiendo caché. Ya hasta se traen la merienda. Y se la comen. Hay que ver. Pero no, eso no. La Misericordia está acostumbrada a ver más toro. De más cuajo, de mayor trapío y de más seriedad. No es lógico que echemos a los novilleros el toro de san Marcos y a los toreritos la burra de mi belén. No es serio. No se puede bajar el listón por muy de primera que sea el hierro o su señor amo. Zaragoza quiere otra cosa: el toro con pinta de toro. Nada más. Si salen buenos como si no. El toro hecho. Con cara y culata.

Parladé no ha tenido buen año. El pasado tampoco y, a este paso, el que viene será lo mismo. La de ayer fue de una invalidez superior, renqueante, sin fuelle ni fuerzas para tirar una mala cornada al aire. Bobos. De carreta rociera o de yugo de arado. Tal para cual. De haber pasado un reconocimiento más a fondo, los hubieran mandado al hospital de reumáticos. Solo el que hizo tercero mostró algo de motor, repitió, fue franco en banderillas y tuvo son y fijeza en la muleta. Dios da pan al que no tiene hambre.

El resto fue una sucesión de ir y venir por todos los terrenos de la plaza. Buscarían a alguien. Se sintieron a gusto entre las rayas y de allí no los sacaron ni con la Guardia Civil. Sosos. Malajes. El sexto, tras dos picotazos de nada, se paró y acabó acostándose poniendo en hora el despertador.

Julio Aparicio vino con buen aire. Se le notó de salida. Tres lances, muy abierto el compás, marcaron el ritmo del toro. Comenzó por arriba, sin remiendos, de tirón. En el tercio se estiró y acompañó con la cintura. No citó. Lo suyo no es eso. A la espera y con la muleta siempre atrás. Tres tandas sin unidad dieron el no quiero. Dos desarmes le hicieron desistir de la suerte natural.

El cuarto, atropellado por la razón

Al cuarto le atropelló la razón al recibirlo de capote. En terreno de nadie tardó en cogerle el sitio y la distancia al noblón. Se puso firme, aunque en la línea, y sacó algún derechazo de bello trazo. Con la zurda citó fuera de cacho, acabó cortándole el viaje y ahogándolo. Dos estocadas, pelín desprendidas, rubricaron su hazaña.

El Cordobés tuvo la cara y la cruz. La cara con el único potable del triste encierro. La cruz con el del despertador. El rubio tiene su público. Se hace querer. Al bueno lo recibió con las manos muy sueltas y altas. Quitó por chicuelinas y le cedió el turno a su amigo Aparicio. La jorobó. Julio lo borró de los confines del toreo. Dos lances de manos bajas y una media de sensación descubrieron el tranco del zapatito de charol. Se hincó de rodillas junto a las tablas y, poco a poco, como sin querer, lo sacó a los medios. Se la puso por delante, le echó de comer y el toro respondió. Con tranco, con bondad, con alegría. Dos series rápidas, ligadas se hicieron cortas. Con la zurda se puso fuera de cacho y la tanda salió muy despegada. Sin brillo. Fugaz. Un conato de salto de la rana le devolvió a la realidad: estaba en Zaragoza y lo del charco no nos gusta. Descabelló y el presidente, muy justo, no le dio la oreja.

Al sexto, una zapatilla de andar por casa, lo lanceó con el paso atrás. No le dio opción a nada más. Escarbó, hizo hueco en la arena y se echó. A partir de ahí no fue ni para adelante ni para atrás.

Manolo Sánchez es un buen torero y además torea bien, que no es lo mismo. Manolo pechó con dos paralíticos dignos de Cafarnaún. Si malo fue el primero, _peor fue el quinto. Muy quieto se los pasó por alto. No les obligó, les dio los tiempos necesarios para recuperarse y se la puso muy de verdad. Se dejó ver en el segundo. Dos series tuvieron ligazón y temple. Tiró del mortecino con una suavidad de seda. Cuatro muletazos y el de pecho. Se encajó, y muy vertical, robó tres ayudados de cartel. Al quinto lo entendió mejor aunque se paró antes. Faltó unidad en la faena, pero los muletazos, sueltos, tuvieron temple, desmayo y largura. De remate sincero y por abajo. Espadazo. Trasero pero efectivo.

Los de a caballo, como siempre: sueldo por montar y no picar. Saludaron montera en mano, tras buenos pares de banderillas, Ángel Otero, en el primero de Julio Aparicio; y el Chano y Domingo Valencia, en el tercero de la tarde.

Hoy reventón. De clavel, aunque ya se sabe: días de mucho, vísperas de nada.


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