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Zaragoza

Roldán explica cómo es la celda de Urdangarin, en la que él estuvo preso durante diez años

El exdirector de la Guardia Civil sostiene que la soledad que se pasa en ese módulo puede superarse «con la ayuda de los funcionarios y la misa de un cura los domingos»

Iñaki Urdangarin, en su entrada a la cárcel de Brieva.
Iñaki Urdangarin, en su entrada a la cárcel de Brieva.
Efe

A Luis Roldán le sorprendió la noticia de la entrada de Iñaki Urdangarin en la prisión de Brieva (Ávila) -la misma en la que él permaneció recluido diez años- mientras estaba de viaje con su familia.

Pese al interés mediático que ha despertado la noticia, Roldán no ha querido pronunciarse hasta ahora, justificándose en que todo lo que vivió en esa década en el centro penitenciario abulense se lo contó en un extenso diario a Fernando Sánchez Dragó, que escribió el libro ‘La canción de Roldán. Crimen y castigo’.

En una conversación con HERALDO, el ex director general de la Guardia Civil habla por primera vez de su experiencia. "Los funcionarios te echan una mano si te ven jodido y el jesuita José María Fernández va los domingos a oficiar una misa. Ellos pueden ayudar a Urdangarin", declara Roldán.

En el caso de Roldán, él no eligió ir a la cárcel de Brieva, sino que fue una decisión de Instituciones Penitenciarias. Antes que él, pasaron por esa misma celda George Mendaille, un francés de los GAL, y dos narcos confidentes de la Operación Nécora, que compraban mariscadas a través del economato. Pero cuando Roldán, que era un preso FIES (Fichero de Internos de Especial Seguimiento), llegó en 1995 se quedó solo en el módulo, como está ahora Iñaki Urdangarin, quien se ha llevado la imagen de una Virgen para que le acompañe.

Aunque ha pasado más de una década, el día a día de Urdangarin puede asemejarse en parte al que vivió Roldán en el mismo módulo: un único funcionario (tuvo dos policías asignados cinco años) le abría la celda a Roldán a las 8.00: "Buenos días, Luis, aquí te dejo el desayuno". Lo depositaba en el salón comedor, donde comía solo. Al terminar la cena lo encerraban en la celda. La soledad en el módulo permitía un régimen flexible para salir todo el día al patio con el fin de pasear y tomar el aire. "El módulo está lleno de cámaras", recuerda Roldán, condenado a 31 años por malversación, estafa, cohecho y fraude fiscal. En el mismo patio, un funcionario tenía hasta unos bonsáis que cuidaba. También hay un pequeño gimnasio con una bici y pesas, que él nunca utilizó, aunque probablemente sí lo haga Iñaki Urdangarin.

Su abogado Agustín García rememora que el exresponsable de la Guardia Civil compró una televisión para ver partidos de fútbol y luego tuvo que reclamar a la juez de Vigilancia Penitenciaria de Valladolid que le dejaran adquirir un reproductor de CD con el que escuchar música. Roldán tiene claro que en la prisión recibió "un trato muy humano" por parte de los funcionarios y del psiquiatra del hospital de Ávila, que le aplicó el protocolo antisuicidio en 2003, además de tratarle la depresión que sufrió.

Aunque Roldán estaba medicado con Prozac, pasaba parte del día leyendo y escribiendo. Algunos de los destinatarios de sus cartas fueron el entonces ministro del Interior, Mariano Rajoy, y posteriormente, ya con el PSOE, la directora general de Instituciones Penitenciarias, Merche Gallizo, para protestar por el trato desigual que a su juicio recibía respecto a otros internos. "Yo estaba a 500 kilómetros de mi madre (en Zaragoza) y a otros 500 kilómetros de mi exmujer (en La Coruña). Mi madre solo pudo venir a verme una vez porque era mayor. Cuando la ingresaron en el hospital Miguel Servet, poco antes de morir, pedí un permiso para verla y no pude despedirme", lleva clavado. A los seis años de estar preso, recibió su primer permiso, un mes antes de la muerte de su madre, aunque Instituciones Penitenciarias se lo denegó. La juez le dio el pésame y se excusó.

Después de pasar diez años en esa prisión, el ex director general de la Guardia Civil ha regresado varias veces a la capital abulense a dar las gracias a los funcionarios que lo trataron. "Algunos se han jubilado y otros siguen dentro. Es como un pueblo con sus vecinos", concluye.

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