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Premio para quienes rescataron a Albarracín de la ruina y devolvieron la vida a sus calles

El arquitecto Antonio Almagro y el gerente de la Fundación Santa María, Antonio Jiménez, ganan la Medalla Richard H. Driehaus

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Antonio Almagro, premiado con la Medalla Richard H. Driehaus.
Heraldo

Albarracín, la localidad turolense que cada fin de semana se llena de turistas atraídos por la armonía de su conjunto monumental y sus cuidadas casas recubiertas de yeso rosado, no siempre fue así. Hubo un tiempo, allá por los años 60 del siglo XX, en que la ciudad decaía, con muchas de sus construcciones casi en ruinas y abocadas al olvido.

La fundación que promueve el filántropo norteamericano Richard H. Driehaus para proteger el patrimonio de las localidades españolas y la arquitectura tradicional y artesanal ha premiado a los que considera artífices de aquella salvación de Albarracín, el arquitecto Antonio Almagro y el gerente de la Fundación Santa María, Antonio Jiménez.

Ambos recibirán la primera Medalla Richard H. Driehaus de la historia, un prestigioso galardón que les ha llenado de satisfacción. La entrega tendrá lugar el próximo 17 de octubre en el transcurso de una ceremonia en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid.

A Antonio Almagro, este premio le ha hecho recordar su juventud y la actividad que desarrolló entonces en Albarracín, durante los años 70 y 80 del siglo XX, para impedir el galopante deterioro económico y físico de una ciudad con un pasado brillante, pues durante la Edad Media llegó a tener un obispado independiente. La ciudad había sido declarada en 1961 Monumento Nacional, pero quedaba por delante una tarea titánica para conservar sus casas en pie.

"Fueron tiempos difíciles; los edificios se abandonaban y había que impedir que se cayeran o fueran derribados", relata. Almagro tuvo que luchar contra el olvido de las técnicas tradicionales por parte de los albañiles locales, que empezaban a recibir la influencia constructiva de las ciudades. "Por suerte, aún encontré artesanos que trabajaban el yeso y pudimos recuperar casas", recuerda.

Adelantado a su tiempo, Almagro vio muy pronto que la recuperación del patrimonio arquitectónico, a la que le empujó su padre, el arqueólogo Martín Almagro, tenía posibilidades de futuro y así lo transmitió a la población. Una vez conseguida, el riesgo que se cierne actualmente es el de la masificación, un problema que, a su juicio, no se daría si otros valiosos conjuntos históricos de España hubiesen tenido la misma suerte que el de Albarracín. "Nunca se consigue todo lo deseable", lamentaba este miércoles el arquitecto.

Como un discípulo de Almagro, el gerente de la Fundación Santa María de Albarracín, Antonio Jiménez, ha hecho de la restauración de edificios en esta ciudad su propia vida. En las dos décadas que lleva en marcha esta institución, 32 inmuebles han recuperado su esplendor, incluida la Catedral y el Palacio Episcopal. Eso, sin olvidar que 1.500 piezas de arte de diversos géneros que permanecían cubiertas de polvo vuelven a brillar y que la ciudad se ha convertido, por obra y gracia de la Fundación, en un escenario cultural de primer orden en el que cada año se dan cita cientos de artistas, historiadores, periodistas y restauradores.

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Antonio Jiménez, gerente de la Fundación Santa María de Albarracín.
Laura Uranga

"La regeneración de Albarracín es una realidad", dice Jiménez, para quien el premio tiene un doble valor al haberlo conseguido "junto al gran maestro Antonio Almagro". "Recuerdo sus lecciones en aquellas jornadas que organizaba cuando venía aquí. Eso nos hizo ser diferentes y seguir su estela", asegura.

Jiménez agradece el galardón en un año "muy complicado", marcado por la falta de un gobierno estable y de unos presupuestos generales del Estado que ha privado a la Fundación Santa María de algunas inversiones. "Este premio quiere decir que, a pesar de las dificultades, se nos tiene en cuenta en Madrid y España", subraya.

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