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REPORTAJE

"Que hable la justicia"

A pocos días de que se celebre el juicio por el asesinato de Miguel Grima, los habitantes de Fago continúan reacios a hablar con la prensa, aunque sí expresan en fugaces comentarios su deseo de que la justicia aclare el suceso y devuelva la normalidad a la población.

La señal a la entrada del pueblo recibía el pasado jueves las primeras nieves del año.
"Que hable la justicia"
álvaro calvo

Aprimera vista, podría parecer un pueblo habitado solo por gatos. Pero en Fago viven personas, no muchas, aunque sus recelos ante los periodistas las convierten en casi invisibles. Los fagotanos son conscientes de que la fecha del juicio por el asesinato del que fuera su alcalde, Miguel Grima, está cerca, y que los reporteros van a volver a llamar a sus casas. El pasado jueves cayó la primera nevada sobre sus calles, y únicamente dos vecinos permanecían a la vista del visitante, resguardados en un almacén. "¡No vamos a decir nada, la verdad saldrá en el juicio", fue su única declaración.

 

Con o sin palabras, el pueblo, sus casas, continuarán para siempre ligados a un crimen que les arrancó de su geográfico anonimato. Como Casa Marieta, el bar sobre el que cuando ocurrió el suceso el 12 de enero de 2007 colgaba el cartel "Fago no es Nueva York", en alusión al conflicto por el precio de la tasa de la terraza. Ese letrero fue sustituido por los anuncios de "Se vende casa" y "Se vende pajar", de los que ahora no hay ni rastro.

 

Del bar, solo queda como testimonio en su fachada una salida de humos y un anuncio de helados que asoma por una ventana. Ha comprado la casa "gente de fuera", explica el vecino, y los antiguos propietarios, Mónica Crespo y Miguel Molinero, han abandonado el pueblo. Desde aquella infame fecha el último censo confirma que Fago ha perdido cuatro electores. A 31 de julio de 2009, eran 24 los vecinos con derecho a voto, frente a los 28 de un año antes. El dato cuelga del tablón de anuncios del Ayuntamiento. No hay muchos más papeles clavados allí, más allá de alguna información de servicio, entre las que está una referida a la instalación de la TDT. El único anuncio del actual alcalde, Enrique Barcos, quien recogiera el testigo de Grima al frente del concejo, hace referencia a la concesión de nichos, y está fechado en el pasado año.

"No quiero decir nada"

No lejos de allí, en la casa del edil, como otras tantas de Fago, nadie responde a la llamada del visitante. El frío reina en el Pirineo, y los habitantes ocasionales buscan otros lugares para evitar la crudeza invernal. Las ventanas están cerradas a cal y canto, y los bajos de las puertas han sido resguardados con tablones para evitar que el agua se cuele por sus rendijas.

 

Solo los gatos, acostumbrados al metálico repicar de las campanas de la iglesia, parecen querer hablar. Aquí y allá se ven indicios de vida, aunque las sombras se diluyen ante la visión en la distancia del forastero. De una de las tradicionales chimeneas sale humo, y una anciana atiende cuando se toca el timbre de la casa. "No quiero decir nada", anuncia con una mezcla de desconfianza y amabilidad. Interrogada sobre si son muchos los reporteros que vienen por el pueblo, asegura que "hago por no ver a la gente que viene a preguntar". Sin más que decir, remite a la plaza Baja.

 

Aunque las flores crecen en varios maceteros de la plaza, solo en una de las puertas hay respuesta. Sin apenas más mediación de palabra que la presentación como prensa, una señora, tras dejar claro que no va a decir nada, se apresura a declarar que "el caso está en manos de la justicia, y es ella la que tiene que hablar ahora".

 

Asegura que, además de periodistas, hasta allí se acercan muchos curiosos. Antes de que pueda añadir más, el mayor de los dos vecinos que aguardaban en el almacén la interrumpe al grito de "¡No digas nada!". Portazo y fin de la conversación.

Pero acaso sea lo mismo, porque Fago no podrá pasar ni sacudirse nunca esa página negra que terminó por extender una serie de televisión en la que es difícil reconocer el municipio jacetano. Pero el escenario sigue intacto: la casa del presunto asesino, Santiago Mainar, está cerrada y en las antenas parabólicas colgadas de una de sus paredes resuena el estropicio del aguanieve. No lejos de allí está la que fuera residencia y casa de turismo rural de Miguel Grima y su mujer, Celia Estalrich. Aunque la fachada presenta un aspecto cuidado, que aleja la idea de abandono, nadie parece vivir allí ahora. Todavía es posible ver en Internet la página en la que se anuncia como alojamiento.

 

En busca de otro de los escenarios del drama, se llega a la granja de Santiago Mainar, cerrada con un sencillo candado azul.

 

En las naves, fáciles de localizar por sus silos metálicos, reina el silencio. Allí, el viernes día 2 de febrero de 2007, fue detenido su propietario, el principal y único acusado por el asesinato de Grima. En prisión desde hace más de dos años, el próximo lunes día 16 Mainar abandonará la cárcel de Zuera para ser juzgado en Huesca.

 

Al dejar el pueblo, por la carretera de Majones, el monolito que recuerda donde fue asesinado a tiros el alcalde mantiene su dignidad, con flores de plástico y naturales a sus pies.

Allí sigue el poema que dedicó a su memoria 'Un hombre legal'.

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