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Ibones sin bautizar hijos del deshielo

El lago a mayor altitud del Pirineo, el del Aneto, multiplica por seis su superficie desde 2015.

El pequeño lago del Aneto ha pasado de ser apenas una charca con 0,05 hectáreas en 2015 a las 0,3 actuales, seis veces más.
El pequeño lago del Aneto ha pasado de ser apenas una charca con 0,05 hectáreas en 2015 a las 0,3 actuales, seis veces más.
Javier San Román

La primera vez se detectó desde el cielo, con ocasión de la actualización del Plan Nacional de Ortofotografía Aérea de España de 2012. Las imágenes captaron una incipiente masa de agua de apenas 0,02 hectáreas situada a los pies del glaciar del Aneto. Con el paso del tiempo esa charca se ha convertido en un lago de alta montaña, nacido del retroceso del hielo. Todavía no tiene nombre, pero es mayor que otros tan conocidos como el lago Helado de Monte Perdido, y el más alto de la cordillera.

El ibón del Aneto, a 3.105 metros, asombró a José Luis Piedrafita y Javier San Román, coautores del libro ‘Glaciares del Pirineo’, que han seguido su evolución. En 2015 ya medía 0,05 hectáreas, y en 2019, seis veces más (0,3), con una profundidad de 4 o 5 metros. "La desaparición de los glaciares pirenaicos nos está dejando, a modo de ‘premio de consolación’, el nacimiento de nuevos lagos", afirman.

Imagen tomada en 2015 del ibón del Aneto.
Imagen tomada en 2015 del ibón del Aneto.
Javier San Román

Es cada vez más visible para los montañeros, aunque solo emerge cuando se retiran las nieves, normalmente en agosto y septiembre. Se ha convertido en el de mayor altitud del Pirineo, entre los más de 200 existentes en Aragón, y en el último incorporado al inventario de los lagos vinculados al glaciarismo, un proceso que no se ha detenido, ya que la retirada del hielo y la aparición de zonas excavadas por su movimiento siguen permitiendo la acumulación del agua.

"Joyas de altura", "herencia de del retroceso de los glaciares", dicen Piedrafita y San Román, quienes han documentado con imágenes el nacimiento de este y otros ibones en un artículo publicado por la revista ‘La Magia de viajar por Aragón’, editada por Prames. Hace más de cien años, en 1905, tres pirineístas cartógrafos descubrieron un incipiente lago al pie del glaciar de Clarabide, al otro lado del valle de Estós. A medida que este perdía hielo, el ibón aumentaba su superficie y profundidad. "En los 90 ya no quedaba glaciar, pero había surgido un gran lago de 8,9 hectáreas".

En 2019, había multiplicado por seis su superficie.
En 2019, había multiplicado por seis su superficie.
Javier San Román

Un fenómeno similar se produjo en el ibón de Malpás, en el valle de Remuñé (Benasque), y en el vecino valle de Lliterola, donde quedaron cuatro cubetas inundadas conocidas como los ibones Blancos de Lliterola. Deben el nombre al color lechoso que les proporciona la ‘harina de roca’ que lleva el agua en suspensión y que procede del pulimento que realiza el hielo del glaciar sobre su base rocosa, explica el biólogo y geólogo José Luis Piedrafita.

Consulta por la toponimia

El primer ibón Blanco apareció en los años 40 y el último en los 90. Otro reciente se observa desde finales del siglo XX a casi 3.000 metros en el circo formado entre Monte Perdido y el pico de Añisclo, con una extensión de 0,61 hectáreas y, por encima de él, uno más pequeño (0,23 ha) aún más reciente (2006).

Sin embargo, el que más ha llamado la atención de estos dos investigadores es el del Aneto. A pesar de intuirse en el 2012, no fue hasta el 2015 cuando se constató que era un ibón. Su principal atractivo es que el glaciar acaba en estas aguas, pero también destaca por su rápido crecimiento y el tamaño alcanzado. "Conforme el glaciar vaya retrocediendo, el lago continuará creciendo tanto en extensión como en profundidad", coinciden.

Los nuevos ibones todavía no se han bautizado. La Comisión Asesora de Toponimia de Aragón ha iniciado contactos con los municipios para que propongan sus nombres. El de Monte Perdido aparece como ibón d’Arrablo en los mapas de Prames, y al del Aneto algunos lo conocen como el ‘Innominato’, a falta de un topónimo oficial.

Laboratorios de vida primitiva

Estos "lagos bebés", totalmente vírgenes, son "magníficos laboratorios para estudiar en ellos la vida más simple y primitiva (fitoplancton, zooplancton, tapices algales) o el poso de elementos contaminantes en su aguas o sedimentos", indican los autores citados.

Un ejemplo del interés de los lagos de alta montaña es el de Marboré, que ha permitido reconstruir la contaminación atmosférica en el sur de Europa durante los últimos 3.000 años, según una investigación liderada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat) y el Instituto Geológico y Minero (IGME). Como curiosidad, las partículas de plomo sugieren como fuentes de origen más probables las minas del sur de la península ibérica explotadas desde la antigüedad. Las masas de aire que transportan estos contaminantes atravesarían el país, llegando a las cumbres pirenaicas en menos de tres días.

Javier San Román lanza un mensaje sobre la necesidad de respetarlos al máximo. "Son lugares para la contemplación y para la ciencia, más que para el recreo", advierte este geólogo, en alusión a la masificación sufrida por algunos lagos de alta montaña del Pirineo.

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