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Sin puntería no es posible el despegue

El Huesca dio la cara ante un Granada con gran poder ofensivo. Los de Onésimo fueron superiores en la segunda mitad, pero una vez más se mostraron romos ante la portería contraria.

Roberto peleó como de costumbre
Sin puntería no es posible el despegue
JAVIER BLASCO

Papá Noel, los Reyes, la lotería de Navidad o quien quiera que se preste debe darle al Huesca un plus de mordiente en el mercado invernal. Si no aterriza un ariete fino en la definición, todo el bagaje de buenas intenciones y conceptos asimilados puede ser insuficiente para mantener la categoría. El gol eleva virtudes y tapa carencias. Sin él, de poco vale dominar durante un buen rato a un estupendo Granada, que si se hubiera llevado los tres puntos tampoco habría pasado nada.

El Huesca cerró el año de competición con la sensación de haber crecido como bloque, de tener ricos argumentos para caminar con dignidad por la división, pero excesivamente mermado por su inoperancia en ataque. Menos mal que, además de defender con criterio, tiene un porterazo.

Cuarto de hora de arduo frenesí el del comienzo. Excelente sensación de equipo la del contrincante, que a las primeras de cambio ya había ofrecido tres pistoletazos de aúpa.

Y es que con los andaluces juega un tal Orellana que se lo corre todo y gambetea de oficio con suma maestría. A veces le sobra tanta maniobra sobre su propio eje. Le daría más réditos avanzar, pero eso forma parte de la inteligencia táctica y, si no la tiene, se la habrían de inculcar.

Geijo también acreditó por qué es el pichichi. Remató cuatro veces en la primera parte. La ocasión más clara fue un cabezazo al que Andrés respondió en su línea de concentración y reflejos.

Pero el Huesca también tenía cosas que decir, ayer con un estilo muy vertical, de robo y contra galopante, de pases para ganar metros y especular poco. A trancas y barrancas, el equipo de Onésimo merodeaba el área, forzaba algún córner y remataba, eso sí, con la ingenuidad que está siendo la nota dominante en lo que llevamos de año.

Camacho se movía en esa libertad que tanto le complace, con manga ancha para elegir el tipo de desmarque y la forma de hacer avanzar a su equipo. Domina bien los espacios y controla bien el tiempo, aunque a veces se duerme en una suficiencia que el contrario le tiene pillada.

El ritmo tenía que apaciguarse por necesidad y los dos contendientes bajaron una marcha, sin dejar de protagonizar un choque de ida y vuelta, y constante presencia en las áreas. Pero eso sí, era el Granada quien daba más sensación de peligro cuando se proyectaba en ataque.

Fue un día especial para Mikel Rico, una vuelta agradecida de un futbolista carismático que ha dejado huella en sus dos etapas como azulgrana. El vasco de Cruces notó que las miradas estaban de forma especial sobre su figura, porque se mostró menos suelto de lo que en él es habitual.

Con la excitación del frío y la velocidad del juego, la pelota mudaba de dueño con frecuencia. El duelo bajó en calidad. La posesión estaba repartida. El Huesca asustaba poco, mientras que el Granada, en el minuto de descuento de la primera parte, estuvo a punto de marcar tras una falta lateral a la que la defensa oscense reaccionó con cierta pasividad.

El equipo azulgrana salió muy dominador en la segunda parte. Ocupó bien el campo y empezó a tocar con criterio. El Granada dio un pasito atrás o se lo hicieron dar. Nunca se sabe.

Camacho acarició el gol en sus botas tras una dejada de Bauzá. Lo tenía todo a su favor pero tal vez se llenó de balón. Son acciones que no se pueden perdonar porque escasean con esa nitidez.

El cuadro andaluz se abonó a las contras de Orellana y Benítez. El Huesca se cargó de tarjetas (cuatro por una del rival entonces). Una fue para Corona y como el partido entraba en su fase más electrizante, Onésimo optó por sacarlo del campo. Lo hizo dando entrada a Sorribas y retrasando a Helguera al eje de la zaga. El cántabro, en esta ocasión, no tenía su amarilla de abono.

A falta de un cuarto de hora, el míster pucelano introdujo a Gallardo, en una clara apuesta de ir a por el encuentro, de inconformismo con un empate que siempre es poca renta al lado del empujón que supone el triunfo.

El envite quedó deslucido por un aluvión de tarjetas del colegiado que, a simple vista, pareció innecesario viendo la escasa dureza que acompañó el encuentro. Fueron parones a un partido en general trepidante, de gran intensidad, de aplicación generosa como mejor antídoto contra el frío seco que crujía Huesca.

La emoción se sostenía en la incertidumbre. El uno quería y el otro también. Fabri metió a Collantes, otra bala por la izquierda que incordió de lo lindo, hasta el punto de propiciar la segunda cartulina amarilla de Echaide, que se fue a los vestuarios cuando restaban dos minutos más los cinco del descuento.

Sufrimiento postrero para sujetar un punto que al final hay que dar por bueno y que permite cerrar 2010 con el Huesca fuera del descenso. Una cosa está clara: si ahora terminase la Liga, el objetivo estaría cumplido.

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