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Aragón
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Tercer Milenio

SUPERVIVIENTES DE MAUTHAUSEN

El regreso a su tierra un siglo después

Luis González (dcha.) y Francisco Bernal, junto al Pilar, hoy en Zaragoza
El regreso a su tierra un siglo después
JOSÉ MIGUEL MARCO

Francisco Bernal y Luis González, dos supervivientes de Mauthausen, salieron del avión París-Zaragoza por la terminal de llegadas a las 15.15 en sillas de ruedas, con la sonrisa en los labios y dando la mano. A los 92 y 87 años, respectivamente, no están para muchos tutes, salvo que se trate del primer homenaje que les da su tierra, a la que no volvían hace más de medio siglo.

Cuando los llamaran desde el Gobierno de Aragón para participar en el homenaje, que se celebra a las 12.00 de hoy en el parque grande, se pusieron en contacto porque iban a ir juntos y paradójicamente no se conocían, aunque compartieron sus peores cinco años de su vida y la residencia de Paco era muy próxima a un parque que frecuentaba Luis con su mujer en el barrio parisino de Chatillon.

Ambos vienen con sus familias plenamente francesas. Richard Bernal es el hijo único de Paco y Luis está acompañado por su esposa Michele González y sus dos hijos (Silvie y Jean Marc). Paco Bernal aterrizó muy cerca de su barrio natal de Garrapinillos, donde su padre trabajaba de campesino y cultivaba la remolacha para una azucarera (de Casetas) que le facilitaba tierras de cultivo hasta que se tuvo que cambiar a albañil. “Vivíamos en una casa de campo. Yo le daba la planta de remolacha a mi padre para plantarla muy deprisa”, recuerda sus tiempos de adolescente. “No sé si ahora queda alguien de mi familia allí”.

Ochenta años después, el superviviente aragonés más longevo, que conserva el 1,90 metros de altura, su bigotillo y la gorra que le cubre, se sienta en la plaza del Pilar y le parece irreconocible porque al lado de la basílica fue aprendiz de zapatero, el oficio que le salvó la vida en el campo nazi. “Luego trabajé en la cuesta de Cuéllar, en una zapatería del señor Mallén, donde la Casa del duende”, señala.

Solo volvió una vez desde Francia a Zaragoza cuando su madre estaba muy enferma y residía en el barrio de Torrero, pero han pasado tantos años que pierde la cuenta. Cuando la memoria no le engaña es que cuando salieron del campo de Mauthaseun los españoles se juramentaron que quien saliera vivo de allí debía contar cómo murieron sus compatriotas “sin arrastrarse ni poniéndose de rodillas ante los nazis ni pidiendo perdón” para que no se olvide lo que padecieron.

A Luis González le ha ido bien en la vida después de Mauthausen porque aprendió a fabricar piezas para avión y había regresado de turista con su familia a España para visitar a sus dos hermanas, que vivían en Lloret de Mar, y pasó por Zaragoza, Teruel y Valencia.

Ninguno ha regresado a su localidad natal desde la guerra civil. Luis González, que perdió a su padre en el campo de concentración y se salvó con su hermano Elías (residente en Larrazet, Francia), rememora el grupo escolar donde estudiaba en su pueblo, Esplús (Huesca). Está previsto que vuelva el viernes (como todos los homenajeados a sus municipios) en un viaje muy emotivo que los ayuntamientos han organizado con el Gobierno de Aragón.

Cuando llegaron al hotel donde residen preguntaron si habían llegado los restantes (Jesús Tello, José Alcubierre, Edmon Gimeno y José Egea, este último residente en Villamayor) porque Luis González conoce bien a los dos primeros porque su vida era una paralela . Los tres viajaron juntos con sus respectivas famílias desde Angouleme hasta Mautahseun aquel maldito 20 de agosto de 1940. Los tres perdieron a sus padres a golpes en el subcampo de Gusen. Anoche se abrazaron y cenaron juntos.

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