Aragón
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EDITORIAL

El desierto aragonés

Si durante algunos años de rápido crecimiento económico la población aragonesa experimentó un esperanzador repunte, la crisis ha vuelto a situar a nuestra Comunidad ante una precaria realidad demográfica. El censo global disminuye, como lo hace el de la mayoría de los municipios, y gran parte del territorio aragonés es un desierto.

LA pérdida de peso demográfico de Aragón en el conjunto de España ha sido un proceso de largo recorrido que, en la década de los noventa, llevó también a nuestra Comunidad a experimentar un crecimiento vegetativo negativo, situándose al borde del retroceso poblacional. Los primeros años de este siglo, sin embargo, con su intenso crecimiento económico y el fenómeno novedoso de la inmigración, mitigaron un tanto estas circunstancias. La población aumentó con cierta rapidez e igualmente lo hizo la natalidad. Pero la crisis económica, al frenar la corriente inmigratoria, ha dejado de nuevo al descubierto las tendencias de fondo. La población ha disminuido en el último año; los nacimientos, también; y la mitad de las comarcas aragonesas están tan despobladas que son consideradas como desiertos demográficos. No es fácil invertir un proceso que tiene causas complejas y profundas. Pero, aunque parezca obvio, hay que subrayar que solo el desarrollo económico conseguirá salvar el medio rural aragonés del despoblamiento. La extensión del regadío, la promoción turística, ligada a la conservación del patrimonio natural y cultural, la construcción de las infraestructuras necesarias y la prestación digna de los servicios básicos son las vías para que los ciudadanos puedan y quieran mantener poblados pueblos y comarcas. Ahí, en el desarrollo humano del territorio, está el reto.

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