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Carmen Lafuente: "El ser humano envejece cuando se le arrugan las esperanzas"

Psicóloga, exdirectora de la Casa Amparo de Zaragoza.

Carmen Lafuente, en la Casa Amparo.
Carmen Lafuente, en la Casa Amparo.
Francisco Jiménez

El ser humano, también en pandemia, es ser humano tenga la edad que tenga. Carmen Lafuente culminó recientemente su carrera profesional como psicóloga dirigiendo la residencia municipal Casa Amparo, una atalaya magnífica desde la que divisar el crepúsculo de la vida.

Quizá podríamos llamar a la residencia con un eufemismo…

¿Por qué...? Amparar es un verbo precioso. El edificio de la calle Predicadores también es muy bonito. Y las personas que allí atienden a los 120 ancianos, grandes profesionales, mucho más en este periodo de la pandemia. Para mí, ha sido una experiencia enriquecedora para terminar mi trayectoria.

¿Dónde inició su itinerario?

Vivía en un pueblo de colonización cerca de Ejea. Concretamente, en Valareña. Estudiaba en el Instituto Reyes Católicos de Ejea. Allí iba también Javier Lambán. Ya le iba la política entonces… Como no se podía hacer Psicología en Zaragoza, me marché a estudiar a Barcelona, una ciudad bastante más tolerante que ahora. Vine a Zaragoza en 1981 y comencé a buscar trabajo.

¿Encontró pronto?

Sí. Comencé con los test psicológicos del carnet de conducir. Me enteré de unas plazas que salían en la Casa de la Mujer y allí fui. Estuve 15 años. Psicología para amas de casa… Entonces, las amas de casa no habían salido de casa… De ahí, me fui a la Casa de Acogida de Mujeres Maltratadas.

Qué duro, Carmen…

Sí, muy duro. Verdaderos dramas. Llegaban las madres con los niños. Vivía con niños… Durísimo. El siguiente paso también fue complicado.

¿Cuál?

A Delicias, a Servicios Sociales Comunitarios. Llevábamos el maltrato al menor, un tema muy sensible. El tema del maltrato a la mujer se ve más, llega a más público. El maltrato al menor, quizá por su edad, continúa siendo algo opaco.

También se ocupó de las drogodependencias.

Sí, pero ya no como psicóloga, sino como directora del Centro Municipal de Atención a las Adicciones. Nos ocupábamos tanto de la atención como de la prevención, con talleres en colegios, etcétera. Mi etapa última ha sido en la Casa Amparo.

Ya dijo al inicio que rechaza cualquier eufemismo.

Sí, me gusta mirar la realidad. Para ver la realidad, hay que mirarla detenidamente, sin distorsiones. Y es irrebatible que cualquier persona que atraviesa la puerta de la residencia sabe dónde va y en qué etapa de su vida se encuentra.

¿A qué perfil responde el interno del centro?

Se trata de personas sin recursos, jubiladas y, en muchos casos, sin familia o sin relación familiar. Allí se entrega todo el personal para que los internos estén bien, con todos los cuidados. Mucho más en estos tiempos de la pandemia de la covid.

¿Algún anciano se ha marchado voluntariamente?

Solo conozco un caso. Se fue a una habitación de un piso. Pero todos los días venía a ponerse enfrente de la residencia.

Estaba mejor con ustedes…

Por supuesto.

Desde su experiencia vital en el centro, ¿cuándo podría decir que el ser humano envejece de verdad?

El ser humano envejece cuando se le arrugan las esperanzas. Es cierto que viven en el pasado, pero todavía quieren vivir. Y ahí tenemos que estar nosotros para ayudarles todo lo que podamos. Para trabajar con ancianos, es imprescindible el cariño. Es un trabajo muy distinto al resto.

¿De qué concejalía depende la Casa Amparo?

De Acción Social y Familia.

¿Qué tal con Ángel Lorén?

No hablo de política, no me gusta; pero le diré que hace todo lo posible por atender nuestras necesidades. Igual que Yolanda Mañas, responsable del Servicio Social Específico.

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