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Un curso de ventanas abiertas

¿Qué nos quedará de este curso en nuestra memoria compartida? Nos contaremos que todo fue muy difícil...

La escuela se convirtió en el territorio para recuperar la infancia
La escuela se convirtió en el territorio para recuperar la infancia
Freepik

Cerramos un curso de ventanas abiertas de par en par en las escuelas, de manos frías y de corazones calientes, de miradas cómplices y acariciadoras, de escandalosos silencios, de distancias imposibles de guardar, de sonrisas confinadas. Un curso de calor en las aulas, a pesar del frío que se colaba por las ventanas. Un curso en el que hemos echado en falta la "monotonía de la lluvia tras los cristales", ese tiempo en el que todo era previsible, cuando los días se sucedían amables, sin sobresaltos ni asperezas. Hemos añorado la dulce cotidianeidad de cuando no pasaba nada. Terminamos un curso de noches de insomnio, de dientes apretados en la soledad del aula, de juguetes recogidos, de fiestas suspendidas, de recreos divididos, de abrazos aplazados y de conversaciones secuestradas. El miedo se desvaneció en cuanto los niños cruzaron la puerta del aula. La escuela se convirtió en el territorio para recuperar la infancia, un lugar para ser niño, para combatir la incertidumbre aferrados a las tablas de multiplicar, a los ríos y sus afluentes, al vocabulario de inglés, al mínimo común múltiplo y a los secretos compartidos con los amigos. Un curso en el que todos los días fueron de difícil desempeño y todos los niños tuvieron necesidades educativas especiales. Un curso en el que los ojos de las maestras han sido más necesarios que nunca para que los niños entendieran el mundo.

Qué nos contaremos

¿Qué nos quedará de este curso en nuestra memoria compartida? Nos contaremos que todo fue muy difícil, pero que cuando las pesadillas parecía que terminarían imponiéndose a los sueños, hubo maestras que nos recordaron que nuestros ojos están hechos para la luz y que mañana es una de las palabras más hermosas del diccionario. Nos contaremos que la pandemia nos hizo conscientes de nuestra fragilidad. A pesar de sabernos débiles, nadie tiró la toalla. Se nos escaparon algunas lágrimas, es cierto, pero supimos estar juntos, apuntalando nuestra fe en el futuro. Nos contaremos que hubo maestras valientes, que no se rindieron ante nada, alimentaron la tranquilidad y la confianza de las familias, inventaron cada día el mundo, aceptaron el riesgo del triple salto mortal, del más difícil todavía. Mantuvieron la calma, hicieron cada día de tripas corazón, renovaron sueños y compromisos, llevaron cada día a la escuela esperanza. Hubo maestras inmunes al virus del desánimo que crearon para los niños una burbuja en la que no podía entrar la tristeza. Maestras que, ante la falta de palabras, cultivaron la luz y el calor de sus miradas.

Por: Víctor Juan es director del Museo Pedagógico de Aragón

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