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Madres, contra viento y pandemia

Filósofas por instinto y protectoras por naturaleza, han sabido dar, como siempre, lo mejor de sí mismas en los momentos más difíciles. Todas son merecedoras de un gran aplauso.

Arriba, a la izda. Anchels Hernández; a la derecha, Belén Lafragüeta; sobre estas líneas, a la izda. Mónica Portella; a la dcha. Pilar Burillo 
H. A.

Ninguna reconoce sentirse especial ni merecedora de aplausos. Pero todas lo son. Son madres. Madres contra viento y pandemia que ante la adversidad se crecen. Y si algo, precisamente, sobra en estos tiempos es incertidumbre y adversidad. Además, todas coinciden: su mayor preocupación, desde que se desató la amenaza mortal del coronavirus, ha sido proteger a sus hijos, a sus padres, a la familia. Un instinto protector –al parecer con evidencias científicas–, que en Pilar Burillo se desbocó el 14 de marzo de 2020, cuando se decretó el estado de alarma en todo el país, y, sin dudarlo, se fue a por sus dos hijos para llevárselos a casa.

Pilar Burillo. Profesora de instituto y presidenta de la Asociación Síndrome X Frágil de Aragón, es madre de hijos –Ricardo, de 37 años, y Pablo, de 35, en la imagen con su madre–, afectados por esta enfermedad hereditaria que causa discapacidad intelectual.
Pilar Burillo. Profesora de instituto y presidenta de la Asociación Síndrome X Frágil de Aragón, es madre de hijos –Ricardo, de 37 años, y Pablo, de 35, en la imagen con su madre–, afectados por esta enfermedad hereditaria que causa discapacidad intelectual
Guillermo Mestre

Desde no hace mucho, Ricardo, de 37 años, y Pablo, de 35 –ambos afectados en su grado máximo por el síndrome X frágil, un trastorno genético hereditario que causa discapacidad intelectual–, residen en dos centros especializados de Atades, uno en Alagón y otro en Zaragoza. "Los centros se cerraron como búnkeres y, aunque han afrontado la situación de la mejor manera posible, teníamos miedo de que se contagiaran y los trajimos a casa. ¡Son mis hijos!", exclama Pilar Burillo, una madre zaragozana que en 1999 fundó, y preside desde entonces, la Asociación Síndrome X Frágil de Aragón.

Durante todo un año, Ricardo y Pablo han permanecido en casa, con sus padres –regresaron a sus respectivas residencias un poco antes de Semana Santa–, y aunque orgullosa de haber tomado esta decisión, su madre reconoce que han pasado por momentos muy duros, sobre todo, durante el confinamiento: "Mis hijos necesitan una supervisión constante, no es solo tenerlos en casa, es quitarles la ropa, ducharlos, cortarles el pelo..., y prestarles muchísima atención. Pero todo lo hemos dado por bien empleado –continúa–, porque ante la sola posibilidad de que se infectaran y de que pudieran llegar a estar ingresados en una UCI...".

"No poder telebrabajar, me hacía plantearme hasta cuándo iba a ser capaz de poder con todo" 

A esta situación, ya de por sí ardua, cabe añadir que Pilar Burillo no ha faltado ni un solo día a su puesto de trabajo. Profesora en un instituto zaragozano, en septiembre solicitó seguir telebrabajando desde casa para poder atender a sus hijos, pero se lo denegaron. "Esta decisión, incomprensible para mí –afirma–, me hacía plantearme, muy a menudo, hasta cuándo iba a ser capaz de poder con todo", a pesar de que ha contado con el apoyo incondicional de su esposo, su familia, amigos y de los profesionales de Atades y de otras entidades sociales. Positiva y optimista convencida, no le duelen prendas, sin embargo, al reconocer que todos "nos hemos echado nuestros lloricos", aunque a ella le duelen más los de sus hijos: "Su abuelo falleció hace poco y algunos de los amigos y compañeros de Ricardo y Pablo, también, por la covid; ellos no terminan de entender qué es lo que ha pasado y, aunque hemos intentado desdramatizar, han tenido que pasar su propio duelo".

Ahora, toca recuperarse un poco, ya que "tanto sobresfuerzo y estrés" pasan factura, "y con 60 años –afirma risueña–, te van saliendo ‘goteras’". "Mientras estás en la brecha, no te queda más remedio que seguir adelante y no te duele nada, pero, después, llega el ‘bajón’, el deterioro que te produce toda esta situación". "¿Dolores? No te puedes ni imaginar", asegura.

Sola, con los dos pequeños en casa.

La zaragozana Anchels Hernández bromea cuando dice que la suya "es la casa de las PCR". Pero la procesión va por dentro. Separada, es madre de dos hijos, como ella dice, "de dos padres diferentes" –Jorge, de 10 años, y Dani, que mañana cumple 4–. "El padre de Jorge –comenta– nos pasa la pensión y tiene relación con el chico, pero del padre del pequeño, no sabemos nada".

Anchels Hernández. Madre separada, plantó su mejor cara a los duros meses de confinamiento por la pandemia, compaginando el cuidado de sus dos hijos –Jorge, de 10 años, y Dani, de 3– con su trabajo en un supermercado.
Anchels Hernández. Madre separada, plantó su mejor cara a los duros meses de confinamiento por la pandemia, compaginando el cuidado de sus dos hijos –Jorge, de 10 años, y Dani, de 3– con su trabajo en un supermercado
Oliver Duch

En estos momentos, Anchels respira, vuelve a tener la incondicional ayuda de su madre para cuidar de sus hijos; pero no olvida lo duro que fue el confinamiento, sola, con los dos pequeños en casa, "que se subían por las paredes", y "cuando más faena había en el supermercado donde trabajo". "Mi madre no podía ayudarme –continúa– porque es persona de riesgo y no podía salir de casa para nada; yo me encargaba de llevarle la compra cada dos días. Se la dejaba en la puerta, pero tenía mucho miedo de contagiarla, porque, aunque ella lo desinfectaba todo, eran cosas que yo había tocado y en mi trabajo estaba muy expuesta al público". Si salió adelante fue gracias a la ayuda de la Asociación de Madres Solas (Amasol), "que me enviaron a una joven voluntaria para que cuidara a mis hijos, porque, si no, yo no hubiera podido ir a trabajar. No sé como habría salido adelante, la verdad".

Aquellos fueron días muy duros, explica, "llegaba a casa realmente agotada". Después de dejar la comida preparada, por las noches, cada mañana, antes de acudir a su trabajo, Anchels organizaba los deberes que Jorge recibía ‘online’ del colegio, para que luego los hiciera con Alma –el ‘milagro’ en forma de ‘canguro’– y, cuando regresaba, se los enviaba a los profesores; "luego, cuando, por fin, pudieron salir, deprisa y corriendo al parque, después de comer por ‘embudo’...". "Además, aquellos primeros meses, en el supermercado había muchas filas, la gente estaba muy nerviosa, enseguida se enfadaba, y había que llevar mucho cuidado". Y en julio, Luna "dio positivo y nos confinaron", afirma. Pero lo peor estaba por llegar: en diciembre, cuando Luna ya no estaba, Anchels cayó enferma, "al final, todo terminó en una neumonía, pero pasamos miedo, porque, en un principio, pensaban que era covid, y yo había tenido que recurrir a mi madre". "Me sentía muy agotada y agobiada –confiesa–, iba todo el día de aquí para allá, pero, sinceramente, no tuve tiempo para deprimirme, aunque el estrés hizo que me engordara muchísimo. Además, yo soy una persona muy positiva e intento mirar siempre lo bueno de la vida, porque, si no, con todo lo que me ha tocado pasar... Hay que seguir hacia delante, de una manera o de otra siempre se sale, aunque, muchas veces, necesitas ayuda".

"Me sentía agotada y agobiada, todo el día de aquí  para allá, pero, sinceramente, no tuve tiempo para deprimirme" 

"Y la última –como ella también dice–: en septiembre, nada más empezar el pequeño el colegio, ¡toda la clase confinada! Ya me veía todo el curso, teniendo al uno o al otro confinados», afortunadamente, no ha sido así". Aun con todo, Anchels suma ya seis PCR, el pequeño de sus hijos, cuatro, y el mayor, tres.

"Todavía me emociono"

Belén Lafragüeta, oscense y Médico de Familia de Atención Primaria, dice que todavía se emociona cuando recuerda la dureza de aquellos primeros meses de pandemia, en el Centro de Salud de Monzón Urbano; ahora trabaja en el de Almudévar . "Vivimos momentos muy duros, tuvimos que adecuar todos los recursos humanos y materiales para reducir el impacto de la pandemia en la población, sobre todo, en la más vulnerable", afirma.

Belén Lafragüeta. Médico de Atención Primaria, vivió lo más duro del inicio de la pandemia en el Centro de Salud de Monzón Urbano, donde se desplazaba a diario desde Huesca, mientras sus hijos, Guillermo (12 años) y Nicolás (10), se quedaban solos en casa.
Belén Lafragüeta. Médico de Atención Primaria, vivió lo más duro del inicio de la pandemia en el Centro de Salud de Monzón Urbano, donde se desplazaba a diario desde Huesca, mientras sus hijos, Guillermo (12 años) y Nicolás (10), se quedaban solos en casa
Rafael Gobantes

En primera línea de una zona fuertemente castigada por el virus, atendiendo a los pacientes en sus domicilios y en la consulta –"al principio tuvimos que protegernos con bolsas de plástico", recuerda–, los primeros días "quise aislarme, marcharme de casa, dejar a mi marido y a mis dos hijos –Guillermo, de 12 años, y Nicolás, de 10– para protegerlos, por si me contagiaba; pero mi marido dijo que no me dejaría pasar por eso yo sola y que, pasara lo que pasara, lo pasaríamos los cuatro juntos, en casa". Responsable y precavida, ella se aisló en su habitación durante 15 días.

A las siete de la mañana –como tantas y tantas otras madres sanitarias–, la médico de familia ya estaba en la carretera, ella con destino a Monzón –130 kilómetros diarios, ida y vuelta–; y, aunque sus hijos "ya no eran tan niños, tener que dejarlos solos en casa, hasta las cinco o las seis de la tarde –su padre también salía a trabajar–, lo llevaba con mucho estrés, con miedo...". Desasosiego que combatía, gracias "al apoyo que recibía por parte de todos mis compañeros. Esa cohesión de equipo que tuvimos, me ayudo mucho a superar el impacto de dejar a mis hijos solos en casa. Pero no quedaba otra". "Por un lado –continúa–, quería estar en casa, con mis hijos, pero, al mismo tiempo, yo sabía que tenía que ir a trabajar, tenía que estar allí. Desde el primer momento, pensé que aquello era un barco y que o salíamos todos o nos hundíamos todos".

"Quería estar en casa, con mis hijos, pero, al mismo tiempo, tenía que trabajar, tenía que estar allí" 

Desconectar al final de la jornada, era un "esfuerzo brutal". "Con la tensión del día a día, cuando llegaba a casa, saltaba por cualquier cosa –reconoce–, lo magnificaba todo, hasta que me di cuenta de que ni mi marido ni mis hijos tenían la culpa de lo que yo estaba viviendo y que bastante hacían apoyándome". "Mis hijos venían corriendo a abrazarme y yo tenía que apartarlos, no les dejaba que me tocaran hasta después de ducharme. Volvía hecha polvo –afirma–, pero también con la obligación de no alarmarlos, de aportar serenidad". Y poner buena cara, cuando se han vivido situaciones muy duras, cuesta mucho. "Acudir a un domicilio y ver que el paciente había fallecido; intentar retener a un abuelo con alzheimer, que no entendía lo qué pasaba y quería salir de casa, a toda costa, no es fácil de olvidar. Volver a tu casa con todo eso en la cabeza, marca". "Fueron momentos vividos con mucha intensidad, nos iba la vida en ello –concluye–, momentos de proteger a la familia a costa de todo, siendo muy consciente de que tenía que seguir con mi trabajo, porque venían tiempos muy difíciles".

Covid persistente.

Desde el pasado mes de enero, Mónica Portella no ha dejado de luchar. Su única hija, Claudia, de 16 años, a pesar de haber dado negativo en la PCR –algo frecuente en estos casos–, presenta todos los síntomas de covid persistente o ‘long covid’, una enfermedad reconocida recientemente por la Organización Mundial de la Salud e incluida por el Ministerio de Sanidad en su último documento cientifíco-técnico sobre el virus, el pasado 15 de enero. 

Mónica Portella. Su única hija, Claudia, una adolescente de 16 años, sufre covid persistente, que la incapacita para llevar una vida normal. Desde el pasado mes de enero, la joven no ha salido prácticamente de casa y ha dejado de acudir al instituto zaragozano donde cursa 4º de ESO
Mónica Portella. Su única hija, Claudia, una adolescente de 16 años, sufre covid persistente, que la incapacita para llevar una vida normal. Desde el pasado mes de enero, la joven no ha salido prácticamente de casa y ha dejado de acudir al instituto zaragozano donde cursa 4º de ESO
Toni Galán

"Claudia siente cansancio extremo, taquicardias, fuertes dolores de cabeza, se ahoga, ha perdido la memoria a corto plazo, dolores en las articulaciones y musculares, problemas de estomago..., son tantos los síntomas, que la incapacitan para salir de casa y no ha podido volver al instituto. ¡Mi hija no puede hacer vida! –exclama la madre–. Si salimos un día, es a costa de pasar, después, dos tirada en la cama". 

"Es una situación angustiosa, porque esto le está pasando a una adolescente de 16 años" 

A pesar de los síntomas, en estos casos, las pruebas médicas convencionales no suelen detectar anomalías, lo que genera la incomprensión e incertidumbre de los afectados, por eso, cuando Portella descubrió el colectivo Long Covid ACTS en Aragón, integrado por personas afectadas por covid persistente, "vi la luz –afirma–, al comprobar que mi hija no era la única y me sentí arropada, acompañada...". "Es una situación muy angustiosa, porque esto le está pasando a una adolescente de 16 años, en plena edad de desarrollo y aprendizaje, y mi hija se derrumba, apenas puede coger un boli". Ante esta situación, Claudia intenta terminar 4º de ESO en un instituto zaragozano, gracias a una profesora de Atención Educativa Domiciliaria, de la DGA, que le ayuda en sus tareas, "aunque le cuesta mucho, ya que su memoria y capacidad de concentración están mermadas", afirma una madre, que intenta normalizar la situación, todo lo que puede, ante su hija y hacerle ver "que seguimos buscando soluciones, que se trata de algo pasajero", pero que no deja de reconocer que "la incertidumbre de no saber cuándo y cómo se recuperará de esta ‘nueva enfermedad’ es realmente terrible". 

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