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Aragón

turismo

Seis refugios en plena naturaleza para escapar y por redescubrir

El Pirineo se ha convertido en destino cinco estrellas en el verano de la covid. En plena naturaleza, Aragón esconde ‘refugios’ y rincones ‘seguros’ donde escapar, aún por redescubrir.

La frondosidad del hayedo de Peña Roya del Moncayo, apenas deja pasar la luz al sendero
La frondosidad del hayedo de Peña Roya del Moncayo, apenas deja pasar la luz al sendero
Oliver Duch

Empujados por la pandemia, en flagrante huida de las aglomeraciones urbanas –por respeto a los temidos contagios de la covid-19–, son muchos los aragoneses que este verano se han dejado seducir por el clamor de la montaña. Tras una primavera dura y confinada, había ganas de salir –y necesidad también–, de abrazarse a los árboles, a los caminos, de respirar aire puro, fresco, sano. De refugiarse en ‘espacios seguros’ y abiertos –que solo la naturaleza esconde–, donde pasar las vacaciones. Por eso, en el verano de la covid, el Pirineo aragonés se ha convertido en destino cinco estrellas para el turismo local y nacional, y ya se habla, incluso, de una temporada de récord –sobre todo en agosto– en afluencia de visitantes.

Como era de esperar –y a pesar de todos los esfuerzos por adaptarse a las medidas higiénico-sanitarias de la ‘nueva normalidad’– los establecimientos hoteleros de los diferentes valles han experimentado un descenso en sus niveles de ocupación; todo lo contrario de lo ocurrido en las segundas residencias, que han estado al 100%. Ángel Bandrés, director-gerente de la Asociación Turística del Valle del Aragón, en la Jacetania, alaba el comportamiento ejemplar de este sector –en la zona hay 16.000 segundas residencias– y su "respuesta tan positiva de cara al consumo en el comercio y en los restaurantes del valle". La demanda de casas y hoteles rurales también se ha incrementado este verano porque, "al final –apunta–, la gente tiene respeto por la situación y este tipo de alojamiento permite mayor libertad de movimiento en su interior y registra menor ocupación que un hotel tradicional. Es más fácil guardar las medidas de seguridad".

Incluso muchos incondicionales de la playa han cambiado este año las chanclas por las botas de montaña y el sector del turismo de autocaravanas, bien se puede decir ha hecho su ‘agosto’. La sensación de libertad, seguridad –sobre todo en estos tiempos de pandemia– y una fuerte dosis de aventura no tienen precio, por lo que la mayoría de la veintena de áreas reservadas a los adeptos al ‘caravaning’ en la provincia de Huesca han batido récords de usos este verano y ya se piensa en impulsar nuevas áreas. Sin ir más lejos, el parquin municipal de Benasque ha contabilizado el 100% de ocupación durante los meses de julio y agosto. Y los hay que afirman que «se han visto más autocaravanas que nunca».

La fiebre por el pirineo

La fiebre por el Pirineo ha subido incluso la temperatura de los refugios de alta montaña y ha mutado el perfil del visitante: familias enteras y excursionistas neófitos –muchos mal equipados, hasta sin mochila, con bañador y en zapatillas de deporte– se han dejado ver por sus inmediaciones y terrazas. El refugio de los ibones de Bachimaña, en Panticosa, ha registrado la mayor afluencia de visitantes en los últimos 21 años. En Benasque, su guía, Carlos Carcedo, ha constatado la presencia de "más gente durmiendo en el monte", tal vez por el límite de plazas en los refugios o impulsados por el afán por los espacios abiertos. La obsesión por las alturas –alimentada también por las imágenes difundidas a través de las redes sociales– ha desatado una pasión inusitada por hollar las cimas pirenaicas y ha vuelto a reabrir el recurrente debate sobre la masificación de la alta montaña, que no solo afecta a la calidad de las visitas, sino que, además, provoca un grave impacto ambiental. El 25 de julio, en apenas cuatro horas, cerca de 150 montañeros dejaron su huella en la cumbre del Aneto (3.404 m), en el Parque Natural del Posets-Maladeta;y el 1 de agosto, otros tantos repetían experiencia en Monte Perdido (3.355 m), en el Parque Nacional de Ordesa. Parece evidente que, guardar las distancias de seguridad, no ha sido tarea fácil. Con más de 600.000 visitantes al año, la mayoría en verano, el valle de Ordesa –recientemente elegido como el más bonito de España por la exigente comunidad de viajeros de las guías ‘Lonely Planet’– ha vuelto a liderar el ranquin de afluencia turística en Aragón. La dirección del Parque, incluso, se ha mostrado preocupada por la «masificación» en alguna de las zonas más ‘populares’, como la Cola de Caballo o el Balcón de Pineta.

Pero no todo ha sido Pirineo, en esta búsqueda desenfrenada de ‘espacios seguros’ donde refugiarse para tratar de esquivar al virus. En Teruel, la Comarca del Matarraña ha superado todas las expectativas y empresarios turísticos y alcaldes han calificado el mes de julio como «histórico». No en vano, hasta el mismísimo ministro de Sanidad, Salvador Illa, se dejó ver con su familia por las localidades de Cretas y La Fresneda.

otros rincones, otros ‘refugios’

En todo su esplendor y amplitud, el territorio aragonés está sembrado de rincones increíbles –los hay, incluso, aunque suene a tópico, todavía ignotos para una gran mayoría–, donde ‘refugiarse’ de la pandemia. Donde el contacto con la naturaleza, los cielos limpios y ese aire tan puro y fresco, tan sano, cotizan al alza. Lugares que se mueven a otro ritmo, con otro tempo. Algunos, ya no están ni siquiera habitados, como Bergosa, tan cerca y a la vez tan lejos de la capital jacetana, testigo mudo del Aragón vaciado y vigía dormido de la Garcipollera, como se le conoce.

Otros, rinden culto a la simbiosis entre el hombre y la naturaleza, como La senda de Izarbe, en Caldearenas (Alto Gállego), una actuación artística en la que la naturaleza es el lienzo donde la artista Maribel Rey ha plasmado su obra de arte.

Ya en Teruel, en la comarca de Gúdar-Javalambre, descubrimos el paraje de la ermita de Nuestra Señora de Pradas, del siglo XIV, al lado de las ruinas del castillo, en la localidad de San Agustín –dicen que su cielo es uno de los más puros y oscuros de España y que sus estrellas son tan hermosas, que brillan con luz propia–. Y la laguna de Bezas, en la Sierra de Albarracín, paraíso de aves y sabinas, que invita al caminante a deambular por los pacíficos y relajantes senderos de su entorno.

Más frecuentado y conocido que los anteriores destinos, al ser espacio natural protegido, el ‘Mons Caius’ (2.314 m), así llamado por Marcial en los tiempos de la antigua Roma –nuestro Moncayo– (2.314) m, todavía esconde en su parte aragonesa, muy cerca de Tarazona (Zaragoza) valiosos tesoros geológicos y naturales como el hayedo de Peña Roya, espectacular en otoño por la explosión de color de sus hojas; igual de espectacular y sorprendente resulta al viajero la visión del Santuario de Nuestra Señora de Jaraba, encaramado y perfectamente camuflado en una de las verticales paredes del Barranco de la Hoz Seca, a poco más de una hora de la capital aragonesa. Pilar Farjas, técnico de Turismo del Ayuntamiento de Jaraba, dice que, este verano, curiosamente, se ha registrado un importante incremento en el número de visitas, sobre todo de familias con niños. Ecos del verano de la covid.

Una gran pradera recibe al visitante para ofrecerle unas increíbles vistas panorámicas de Jaca y Castiello de Jaca
Una gran pradera recibe al visitante para ofrecerle unas increíbles vistas panorámicas de Jaca y Castiello de Jaca
Laura Zamboraín

Bergosa. Tranquilidad, paz y silencio

El silencio y la tranquilidad reinan en Bergosa, un pueblo deshabitado desde los años setenta, situado muy cerca de la ciudad de Jaca, que permite disfrutar a todo aquel que lo visita de vistas increíbles: hacia un lado se divisa la localidad de Castiello de Jaca y el precioso valle de la Garcipollera y hacia el otro, la capital jaquesa a la sombra de la impresionante peña Oroel.

El camino para llegar al despoblado es sencillo, y parte del puente de Torrijos, a 3 kilómetros de Jaca, desde donde también se puede llegar andando, recorriendo un tramo del histórico Camino de Santiago. Pasando un puente y una casa, aparece el cartel, que indica la subida a Bergosa.

Toda la senda está bien marcada y señalizada y discurre entre vegetación de montaña. Aunque en algunos puntos el camino se estrecha, la dificultad, al igual que la subida, es mínima y está al alcance de cualquier persona. En una media hora, se llega hasta el pueblo, que da la bienvenida al visitante con su enorme pradera, un poste con una bandera de España, un sencillo merendero y una pequeña casa, que ha sido arreglada por los vecinos del pueblo, que en festividades señaladas, siguen acudiendo. Desde la verde explanada, un camino que conduce a Castiello de Jaca, nos acerca a una fuente de la que emana agua fresca, para calmar la sed del caminante. Siguiendo hacia el pueblo, se puede acceder a la antigua iglesia parroquial de San Saturnino, que, aun a punto de ser engullida por la vegetación, todavía se yergue en pie, al cementerio y a algunas de las casa en ruinas. A pesar del abandono de sus edificios, los antiguos vecinos de Bergosa conservan en muy buen estado este pequeño pero significativo núcleo del valle de la Garcipollera y resulta un lugar idílico para relajarse, contemplando sus maravillosas vistas, y disfrutar de la naturaleza, lejos de las

Las piedras del sendero, se han convertido en el lienzo de la artista local Maribel Rey
Las piedras del sendero, se han convertido en el lienzo de la artista local Maribel Rey
Laura Zamboraín

Senda de Izarbe. Expresión artística en plena naturaleza

La senda de Izarbe es un bonito y singular recorrido, en el que se puede observar como la naturaleza sirve de lienzo a la artista local Maribel Rey. Se trata de un sendero en el cual las rocas están pintadas y los mosaicos adornan el paisaje. Y como novedad, cabe destacar que recientemente se ha renovado toda la pintura y hay nuevos elementos a lo largo del sendero, como unos tótems, nuevos mosaicos y móviles en los árboles.

El recorrido comienza en Caldearenas (localidad de la Comarca de Alto Gállego), se realiza a pie y se puede hacer en poco más de una hora. Tras atravesar una pequeña pasarela, comienza la ascensión, no muy pronunciada por un monte de pinos y boj (‘buxos’). El trayecto es muy sencillo, no ofrece dificultad y está muy bien indicado mediante señalización. A la media hora de caminata, se llega a las rocas pintadas y unos quince minutos después, en dirección oeste, a unas parideras rehabilitadas, que albergan el Centro de Interpretación de la Vida Pastoril.

La senda de Izarbe transcurre por una antigua cabañera a orillas del río Gállego, que comunicaba Caldearenas con Anzánigo, pasando por la ermita románica de Izarbe, de la cual recibe nombre el camino. Una vez pasada la llanura de la paridera, se llega a la pasarela que cruza el río Gállego. En este punto se puede continuar hasta Javierrelatre, otra bonita localidad del Alto Gállego.

Las lluvias y la nieve abastecen el humedal, a 30 kilómetros de Teruel.
Las lluvias y la nieve abastecen el humedal, a 30 kilómetros de Teruel
Jorge Escudero

Laguna de Bezas, Aves y sabinas

La lluvia y la nieve recargan cada año la laguna de Bezas, el humedal más grande de la Sierra de Albarracín que, pese a su cercanía con la capital turolense –30 km– es visitado apenas por un puñado de gente al día. Fochas, cormoranes y hasta flamencos, pueden verse descansar en sus frías aguas, rodeadas de un paisaje de altura, con sabinas y pinos en las laderas de las montañas. La imagen de una masía a lo lejos habla de la presencia humana en el pasado, cuando la ganadería era el principal motor económico de la zona. La laguna de Bezas tiene una hermana pequeña en Rubiales, donde también las aves juguetean en sus verdes orillas. El visitante que se adentre en estos oasis de calma puede comer y dormir en Bezas, donde hay hotel y restaurante, o en alguna de las muchas casas de turismo rural de la comarca. No faltan otros alicientes, como el Centro de Interpretación de los Bosques que hay en Dornaque o los restos del campamento maquis en Tormón.

La ermita de la Virgen de Pradas, del siglo XIV, en la localidad turolense de San Agustín (Gúdar-Javalambre).
La ermita de la Virgen de Pradas, del siglo XIV, en la localidad turolense de San Agustín (Gúdar-Javalambre)
Jorge Escudero

Ermita de la Virgen de Pradas. El cielo más estrellado está aquí

La ermita de la Virgen de Pradas, en la localidad de San Agustín, es un tesoro aún por descubrir. Enclavada en un altozano desde el que se divisan montes y campos agrícolas en cinco kilómetros a la redonda, es un lugar perfecto para observar las estrellas. La falta de contaminación lumínica hace que su cielo sea uno de los mas oscuros de la geografía española, en el que brillan rutilantes los astros en cuanto el sol se va. Cada vez, más aficionados a la fotografía nocturna se acercan a este lugar, pero sobra espacio para que uno pueda sentirse en total libertad y en pleno contacto con la naturaleza. Paz, calma y tranquilidad, son lo que sobra en este paraje. Cerca pasan los ríos Mijares y Maimona, con su variable caudal y con hileras de chopos en sus orillas que amarillean en esta época del año. La ermita, construida en el siglo XIV, no está sola, pues a tan solo unos metros se levantan las ruinas del castillo de San Agustín, del que aún quedan en pie un torreón y unas cuantas paredes.

Los aficionados al senderismo están de suerte, porque la zona está surcada de caminos locales. Uno de ellos, conocido como el sendero de los robles centenarios, permite acercarse a estos árboles de más de diez metros de altura y grueso tronco. Caminando se puede llegar al Mas Blanco, un barrio de San Agustín, que ha abierto el Museo de las Masías y la Memoria Rural.

El hayedo de Peña Roya, la joya de la Corona del Moncayo
El hayedo de Peña Roya, la joya de la Corona del Moncayo
Oliver Duch

Hayedo de Peña Roya del Moncayo.  Estallido de color en otoño

El Parque Natural del Moncayo (Tarazona) revela rincones idílicos para perderse en esta época del año. Y, sin duda, uno de ellos, es el hayedo de Peña Roya, en las inmediaciones del santuario de la Virgen del Moncayo. En otoño, dentro de unas semanas, se producirá una maravillosa explosión de tonalidades ocres, amarillas y rojas –muchos dicen que es una de las montañas más espectaculares del país–, que cubrirá las laderas del Moncayo, cima del Sistema Ibérico. Y el hayedo de Peña Roya, es la joya de corona. Una vez en el parque, se puede subir en coche por la pista que lleva hasta el Santuario de la Virgen del Moncayo, pero hay que dejar el coche en el parquin que hay en la fuente del Sacristán. Desde allí, parte un sendero circular, totalmente señalizado, que, a través del hayedo, nos acerca hasta la antigua Ermita de San Gaudioso y a un pozo de nieve, en el Prado de Santa Lucía.

El sorprendente santuario rupestre de la Virgen de Jaraba, encaramado sobre uno de los riscos del barranco de la Hoz Seca
El sorprendente santuario rupestre de la Virgen de Jaraba, encaramado sobre uno de los riscos del barranco de la Hoz Seca
Laura Uranga

Barranco de la Hoz Seca. Riqueza artística, etnográfica y natural

El barranco de la Hoz Seca o Cañada de Campillo, en Jaraba (Zaragoza), fue tallado por un afluente hoy seco del río Mesa. Abrigado por la roca, el santuario rupestre de la Virgen de Jaraba –conjunto arquitectónico construido entre los siglos XIII al XVIII– sorprende al visitante cuando lo descubre –pocos se lo esperan–. Formado por la iglesia y la casa del santero, fue edificado para cobijar la imagen de la Virgen de Jaraba, y fue y sigue siendo, punto de encuentro de peregrinos y romerías. Estamos en un sendero interpretado, de aproximadamente unos 6 km, de gran riqueza etnográfica, artística y natural, señalizado con mesas interpretativas a lo largo de su recorrido. Sin duda, el descubrimiento de las pinturas rupestres de estilo levantino de Roca Benedí –declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco– ha incrementado el valor de este espectacular espacio. Las pinturas están datadas en el 7.000 a. C. y son un importante hallazgo al estar ubicadas a más de 200 km de otras manifestaciones análogas. También encontraremos señalizadas algunas parideras y apriscos ganaderos, junto a restos de hornos de cal o caleras, utilizados en otros tiempos por los propios vecinos de Jaraba. Un trayecto ideal para realizar en familia, con los niños, que, además, nos permitirá disfrutar del Mirador del Mesa y del impresionante entorno natural que nos rodea y acompaña a lo largo de todo el camino.

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