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Aragón

Torrijo de la Cañada: la fruta como ariete contra la despoblación

Torrijo de la Cañada tiene varios proyectos de cooperación que quieren dar valor a los productos del valle del Manubles, como el que llevan Fina Martínez y su marido Víctor Casado.

La agricultora Fina Martínez sonríe junto a las manzanas recolectadas
La agricultora Fina Martínez sonríe junto a las manzanas recolectadas
Jesús Macipe

Durante la campaña de recogida de la fruta, el despertador suena pronto: los días van menguando pero el tajo sigue siendo el mismo. "Sea la época del año que sea, siempre tenemos algo que hacer", afirma Fina Martínez Dobón, que aunque lleva desde hace un año como agricultora ecológica, tiene a sus espaldas 23 años de experiencia echándole una mano de forma esporádica a su marido, Víctor Casado. Entre ambos gestionan una explotación que abarca una superficie de 30 hectáreas, repartidas entre Torrijo, localidad natural de ella, y el colindante municipio de Moros,

La producción llega a las 30 toneladas de media por hectárea, que llevan en parte a la Sociedad Agraria de Transformación (SAT) Manubles. "Llevo un año en lo ecológico, pero toda la vida ayudando en campaña", resume esta torrijana de 51 años. El porqué de meterse "de cabeza" en el sector primario no tiene mucha vuelta de hoja en el caso de Fina. "En los pueblos no hay muchas alternativas de trabajo, por lo que decidimos ampliar la explotación y que entrara yo".

"Si hubiera querido otra cosa, me habría tenido que desplazar; ir a Calatayud o a Zaragoza, como es el caso de mucha gente que tiene que estar allí entre semana", apostilla Fina, que también ha trabajado para el ayuntamiento local y acumula experiencia en el sector de la hostelería. En estos días de primeros fríos, los caminos y carreteras del Valle del Manubles bullen de actividad: es la época de recolección, en este caso de la manzana. "Empiezas con la cereza, luego viene el melocotón, la pera, las distintas variedades de manzana, la uva y acabamos con la almendra.

Fina describe una tarea que se adivina intensa, lo que viene a ser varios meses sin parar. "Salimos a las ocho de casa, paramos al mediodía, y volvemos a las siete de la tarde: es todo el día", asume. Son ocho horas de normal y "alguna más". "Los frutales necesitan mucha dedicación", subraya Fina mientras recorre una de sus fincas. Una vez pasen estos meses de más ajetreo, el resto del año tampoco se para, y en invierno llega el momento clave: la poda. Sin embargo, todo este trabajo no tiene una valoración acorde.

"El problema son los precios. Hay gente que se queja del precio en las fruterías, pero lo que se nos paga a nosotros viene muy justo para subsistir", indica. En este sentido, Fina hace una radiografía de lo que pasa en la actualidad y no es otra cosa que "los gastos crecen, tienes que invertir para modernizar las explotaciones, pero los precios que te pagan se mantienen". En su caso han optado por el riego por goteo, y eso supone un importante desembolso.

Por otro lado, Fina añade que "la situación general del sector es muy mala para los agricultores". A la continua batalla por el precio se une el estar a merced del tiempo. "El año pasado. todo lo que teníamos en Torrijo... helado. No tuvimos ni para comer en casa. y es algo que no se había conocido nunca", subraya. Este año, a pesar de las intensas trombas de agua y pedrisco que han descargado en la zona de Calatayud, Fina reconoce que "nos hemos librado del granizo".

Sello ecológico

Para hacer frente a esa mala situación del negocio, Fina y Víctor han decidido entrar en el sector de la producción ecológica bajo la marca Saltamontes Bio, con más productores de Calatayud, Paracuellos, Maluenda y Montón. "Ellos ya llevan más tiempo y pueden ir comercializando, pero a nosotros aún nos faltan unas fases", explica.

En ellas se incluye el reconvertir fincas y cambiar los procesos. "Hemos quitado fitosanitarios y sulfatos. Al principio teníamos un poco de miedo, pero ha ido bien", defiende. Encaminarse a este sector también tiene una razón de ser. "Tiene un poco más de salida y da algo más de margen". "Me gustaría que la fruta ecológica tuviera más cuota en el mercado nacional y que así tuviéramos un pago acorde a nuestro trabajo", reclama.

Con el objetivo de que este sector se desarrolle y para reconocer la labor que se hace no solo en Torrijo o en Moros, sino en todo el Valle, están en marcha los proyectos de cooperación ‘Fruta del Manubles: tradición y calidad’ y ‘Modernización Integrada del Regadío Tradicional del Valle del Manubles’, en el que participan entidades como el CITA o la Estación Experimental Aula Dei, dependiente del CSIC.

"El hilo común de estos proyectos es el río porque es una zona perfecta para ser una zona experimental de desarrollo", apunta Yolanda Gimeno, de la Asociación ‘¿Por qué no en Torrijo?’. Es decir, formas de combatir la despoblación a través de "poner en valor el producto tradicional de la zona, meter la zona en el siglo XXI sin perder la identidad y desarrollar un modelo emprendedor ligado al territorio.

El Vostón y El Morapio, ejemplos de mantenimiento de las clásicas bodegas locales

Al llegar a Torrijo por la A-1502, el cerro en el que se encaraman sus bodegas se deja ver desde varios puntos. Estas muestras arquitectónicas –hay más de 100– son características de la localidad. Desde hace dos años, la Asociación ‘¿Por qué no en Torrijo?’ y el Ayuntamiento están impulsando un plan director para recuperar su historia. "Trabajamos en recuperar este patrimonio etnográfico", explica Antonio Royo, de la asociación.

"Es algo clave para el pueblo; queremos que se vea cómo funcionaban y cómo ha cambiado todo", indica el alcalde, Domingo Pacheco. Así, ambas entidades impulsan la creación de una ruta circular por el entorno; el Consistorio tiene previsto comprar una bodega y una prensa para crear un centro de interpretación. Se quiere sumar a las ayudas de DPZ las de la comarca y la Denominación de Origen Calatayud. Entre esas bodegas están El Vostón y El Morapio, del grupo de amigos de Florencio Moreno, que se reúne allá para comer. "A la hora de recoger, salvo los cocineros, el resto vamos sacando cartas de la baraja; a los que sacan los dos primero reyes, les toca", explicaba Florencio, alguacil de la localidad. .

Un negocio de turismo rural que ha hallado el perfil idóneo de visitante para ser sostenible

Hace unos tres años, Lucia Guerrero de Blas y Javier Miguel Velázquez asumieron las riendas del Albergue del Río Manubles. A lo largo de sus tres plantas se encuentra la cocina, salón-comedor, una terraza y distintas estancias con capacidad total para 30 personas; uno de los espacios está adaptado para personas con movilidad reducida. "Cuando entramos hicimos una reestructuración para que el negocio fuera viable y se ha conseguido un índice de ocupación superior al previsto", explica Javier.

De esta manera y tras una apuesta fuerte en la inversión, Lucía y Javier han encontrado un perfil de cliente muy determinado: familias o grupos de amigos que reservan todo el inmueble al completo. "Han venido personas de todo el mundo a esta casa: de Asia, de Alemania... eso sí, la mayor parte son de pero sobre todo es gente de Madrid o Barcelona", detalla. En este sentido, remarca que "son clientes que se integran en la vida del municipio, pero que además también valoran la acogida que les da la gente del pueblo. Eso es un factor determinante para el éxito". Otro valor añadido del albergue: desde sus instalaciones se puede acceder directamente al recinto de las piscinas municipales.

Los imprescindibles

Las vistas

Desde las partes altas del municipio se puede apreciar el gran casco urbano de la localidad. Además del patrimonio religioso, destacan los restos del castillo y su muralla, la torre-puerta de la muralla (foto) y el puente sobre el Manubles.

Las iglesias

El templos de San Juan (detalle en la foto), de 1480, exhibe un impresionante pórtico, lleno de matices. La iglesia de Nuestra Señora del Hortal tiene un acceso singular, curiosos detalles interiores y un llamativo reloj de sol.

Las birlas

Juego tradicional del pueblo, parecido a los bolos. Se juega con siete birlas de seis centímetros, una cinquilla (algo más pequeña que las anteriores) y un birlón, el más alto. La pieza que se lanza, el bolo, pesa cerca de medio kilo.

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