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X Aniversario de la Expo 2008

Roque Gistau: "Quería en la Torre del Agua un museo con el legado de la Expo y un mirador"

El expresidente de Expoagua realiza un balance positivo en lo que a infraestructuras se refiere. Otra cosa es la Tribuna del Agua, una herencia a recuperar en este décimo aniversario.

Mónica Fuentes 14/06/2018 a las 05:00

Cuando finalizó la Expo 2008 advirtió de que para hacer balance era necesario dejar que pasaran diez años. Una década después, ¿cómo valora el impacto de la muestra y su legado?

Es un balance positivo, pero las acciones humanas tienen sus pros y sus contras. En un evento como este, que se hace muy deprisa, hay cosas que salen mejor y otras peor. La Expo aceleró muchas infraestructuras (los cierres de los cinturones, la Intermodal, el aeropuerto, la urbanización de Ranillas) y se mejoró toda la parte de las riberas del Ebro, a la que yo le doy mucha importancia, y el parque Luis Buñuel, que es una maravilla. No hicimos nada que no supiésemos lo que queríamos que fuese el día después. Nos pudimos equivocar, pero poco. Yo dije cosas en las que no me hicieron caso porque las relaciones con el municipio no eran buenas. No se hizo la pastilla residencial y no se subió el azud del Ebro dos o tres metros más, que falta hacía.

Y el tiempo ha demostrado que, al menos con el azud, tenía razón. Nos hemos gastado 30 millones y no se puede navegar por el Ebro.

Ahí no entro. El proyecto no era mío y la decisión tampoco fue mía. Todo lo que digo ahora lo dije entonces.

¿Qué fue lo negativo?

Yo me siento muy frustrado por el legado intelectual de la Expo. Yo quería que aquí se hubiera creado un centro de transferencia de conocimientos sobre el mundo del agua. Un centro que trabajara en red, algo que ahora está de moda, para tener conexiones con varios lugares del mundo y que desde aquí diéramos a la gente la solución a los problemas del mundo. No lo conseguí porque le implicación del gobierno central de  José Luis Rodríguez Zapatero fue nula.

¿Por qué no logró su apoyo? ¿Suponía un gran desembolso económico?

El coste era muy pequeño porque, además, había fondos del Banco Mundial y de empresas privadas. Pero no hubo manera porque los gobiernos trabajan muy a corto plazo y este era un proyecto a largo plazo y no tenía mucho brillo.

Perdimos la oportunidad de mantener el legado de la Carta de Zaragoza.

En efecto. El primer responsable fui yo.

Comentó hace unos años que había alguna fundación privada dispuesta a impulsarlo.

Había varias fundaciones del agua. Hay muchas empresas que se dedican al agua en el mundo, y no estaban solas, sino en colaboración con el Banco Mundial y con Naciones Unidas. Pero el Gobierno de España no quiso. Qué le vamos a hacer.

¿El décimo aniversario de la Expo podría ser un buen momento para retomar este proyecto?

Desde luego, pero no con Roque_Gistau. Yo ya fracasé. Ahora que venga otro. A mí me parecería una idea brillante, pero yo de lo que sé no es de Expos, sino de agua. En el mundo no hay todavía hoy un centro de estas características.

Y además se podría poner en valor el trabajo de los 3.000 expertos y las 244 ponencias que presentaron en la Tribuna del Agua.

Eso se hizo muy bien. Está resumido en una caja azul que tienen guardada en algún museo de Zaragoza. Ese proyecto se puede hacer, ahí está el Pabellón de España, muerto de risa, en el que cabría perfectamente. Creo que eso es lo que se tendría que hacer, pero no me toca a mí. Conozco mucha gente aún en el mundo del agua y si hubiese que volver a predicar, lo haría.

El nivel de ocupación de las oficinas está al 70%. ¿Es lógico por la crisis que hemos pasado?

Yo pensaba que estaría al 100%. Han pasado diez años y aún hay edificios vacíos. Si hubiésemos hecho el residencial no habría ninguno. Pero eso es otra cosa.

La gestión fue impecable. La Expo cerró con un déficit del 0,8% (ocho millones de los mil que se manejaron).

Yo creo que me inspiró la Virgen del Pilar. Tuve un equipo de primera, y eso es muy importante,  porque un evento de estos no se hace solo ni muerto.

¿Es el proyecto más difícil que ha afrontado en su vida?

Sí.

¿Considera que la Torre del Agua es el emblema arquitectónico de la Expo?

Yo creo que sí. Al final, los iconos siempre son altos.

Aunque en este caso es más baja de lo que usted quería.

Porque no querían que superase en altura a las torres del Pilar.

¿No le da pena que se haya quedado sin uso?

Me da mucha pena y mucha rabia, ambas cosas. Tendrían que hacer algo con ella. Los iconos nunca se hacen con carácter funcional. Cuando hicieron la Torre Eiffel de París la querían tirar, se hizo para desmontarla; con el Atomium de Bélgica, lo mismo...  

Pero la gente sí va a ver el Atomium y la Torre Eiffel. Sin embargo, ahora mismo no vienen a la Torre del Agua…

Tendrán que venir a verla si ponen atractivos, por ejemplo, un restaurante con mirador en la parte de arriba. Aquí vendemos fatal. En esta tierra somos muy malos vendedores.

¿Qué alternativa propone para recuperar este edificio?

Yo quería el museo de la Expo en la Torre del Agua, arriba un restaurante y un mirador, y un espacio en el que se pudiera consultar el legado de la Tribuna del Agua; lo que dijo Mijaíl Gorbachov, Ban Ki-moon, entonces secretario general de Naciones Unidas. No he visto tanta concentración de talento hidráulico como pasó por aquí.

Hablemos ahora del Pabellón Puente.

No se debería haber hecho. Está mal situado, le falta río y espacio. Está ahí metido entre el puente del Milenio, que es precioso y su autor era  aragonés; y la pasarela de Manterola, que es una pasada de bonita. Y ese pabellón puente es un bicho tumbado.

Pero la arquitecta Zaha Hadid, ya fallecida, fue la primera mujer  que ganó el Premio Pritzker y tiene su público...

En Zaragoza no se bajó del coche. Conmigo hablaba con intérprete.

Y al final costó mucho más de lo presupuestado.

Yo sabía que se iba. Esto no era un proyecto, era un dibujo y una maqueta. No había calculado nada. Era un proyecto endemoniado. Se nos fue a 90 millones de euros, cuando habíamos pensado que estábamos en torno a los 60 millones.

Este edificio singular se terminó a tiempo pero, justo antes de empezar la Expo, se produjo una importante crecida del Ebro. ¿Pensaron que podía afectar a la inauguración de la muestra?

Había un plan B, unos fuegos artificiales del francés Christophe Berthoneau. Un fenómeno. Tomé la decisión un domingo de cambiar el espectáculo. Ahora me río, pero lo pasé muy mal. Cambiamos el espectáculo y afortunadamente este francés, que había quedado segundo en el concurso, quiso hacerlo.

¿Cuál fue para usted el momento más emocionante de la Expo?

El día de la apertura estaba casi muerto. Íbamos muy justos de tiempo pero, al final, en la inauguración no falló nada. Ese momento fue el más duro y también el más emocionante porque cuando las cosas  arrancan ya tiran para adelante. Tienen tendencia a no caerse.

¿Recuerda alguna anécdota de aquel día?

El 13 de junio de 2008, a las 12.00, me llamó el delegado del Gobierno, Javier Fernández, y me pidió que fuera para hablar con el  jefe de seguridad de la Casa Real. Allí había un jovencito, un militar vestido de civil, que me dijo: "Tiene usted que vaciar el recinto porque vamos a entrar las fuerzas de seguridad a revisar las alcantarillas". Y le contesté: "No hace falta. Llame usted al monarca y dígale que no venga, que no inauguramos". Teníamos previsto acabar a las 16.00 y no se podría cerrar porque, si no, no acabábamos. El jefe de seguridad me creyó, y en la clausura me reconoció que_era la primera vez que se encontraba con un tío que le decía que no inauguraba y se lo creía. 

De las personalidades que vinieron, ¿cuál considera que fue la más importante?

Me gustó mucho Naruhito, el príncipe heredero de Japón. En su país no le tocaban ni la mano, nada más que reverencia al suelo. Y aquí la gente le agarraba y se hacía fotos. Y me impresionó mucho Gorvachov. Vino un tío que se trajo hasta el agua, y no comía nada de aquí. Algo tendré que escribir. Fue importante que no se detectó ninguna alerta de atentado.    

Y qué importantes fueron los voluntarios...

Su papel fue importantísimo, para mí fue un descubrimiento mágico.  Me cuesta entender que haya una causa casual como una Expo que concite la voluntad de 15.000 tíos de cualquier tipo y condición; hombres y mujeres, estudiantes y parados; médicos, había militares, algunos que hablaban chino. Tenían menos absentismo los voluntarios que los laborales, era brutal. Lo difícil es encontrar el mensaje, y en la Expo fue: "Usted trabaja para Zaragoza, para poner esta ciudad en el mundo". Y eso a la gente le motivaba.

Siempre se ha dicho que vinieron pocos turistas extranjeros. ¿Qué hicimos mal?

Hicimos mal la propaganda, imagino. Fue insuficiente. Al final esto es cuestión de dinero. Yo le doy mucho valor a los conceptos estratégicos y a la Tribuna del Agua, porque eso no está en internet.

¿Qué podemos esperar de aquí a diez años?

Me gustaría que esto estuviera rematado de actividad, que tuviese un centro de negocios importantísimo, que Zaragoza no tiene (aquí hay 160.000 metros cuadrados de oficinas) y que fuera un polo importante de logística, de industria o de lo que fuese.

¿Falta en Zaragoza un recorrido turístico por lo que fue la Expo?

Sería necesario que creasen un relato que fuese medio verdad o medio mentira sobre la Expo, pero que tuviese tirón. Ese relato hay que escribirlo. Yo me escribí el mensaje de la Expo, la misión y la visión los tenía claros.

Se jubiló con 71 años, hace solo cuatro. ¿Cómo es ahora el día a día de Roque Gistau?

Los viernes recibo clases de ebanistería, y hago cositas; dos días a la semana acudo a una fundación, Ingenieros sin fronteras, donde me encargo del subproducto del agua; soy Premio Nacional de Ingeniería de este país y formo parte del consejo nacional de infraestructuras y nos piden informes. No es una jubilación al cien por cien, pero no cobro nada que no sea mi pensión. Hago cosas, unas que me divierten y otras que me divierten menos. Y luego atiendo a algunos nietos, no mucho.

Y de vez en cuando regresa a Zaragoza.

Estoy encantado de volver al lugar del crimen este. Y lo veo bastante bien. Paso por Zaragoza cuando voy de camino a Bielsa.

 

 





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