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Aragón

Cantavieja: el último aserradero de la capital carlista

Los hermanos Oliver mantienen una empresa maderera testigo del peso que tuvo antaño el aprovechamiento del bosque en la tierra que Cabrera hizo inexpugnable en el siglo XIX.

Gerardo Oliver en la serrería que gestiona con su hermano José Urbano, en la que trabajan 15 personas.
Gerardo Oliver en la serrería que gestiona con su hermano José Urbano, en la que trabajan 15 personas.
Antonio García /Bykofoto

Mientras Cantavieja, la que fuera en 1836 capital del carlismo y en la actualidad centro neurálgico del Maestrazgo turolense, se transforma al ritmo de los tiempos, una serrería, la de los hermanos Gerardo y José Urbano Oliver, se mantiene en pie como testigo de la importancia económica que en centurias pasadas tuvo el aprovechamiento de la madera de los montes en este territorio y que poco a poco se ha ido desvaneciendo.

Y ahí están ellos, dando trabajo a15 personas –una cifra nada desdeñable teniendo en cuenta que la población de Cantavieja son 720 habitantes–y fabricando miles de palés al año para las industrias del levante español –químicas, de azulejos y construción principalmente–, que utilizan estos armazones de madera para mover su producción de un lado a otro mediante carretillas elevadoras.

Tras un baño de historia por las intrincadas callejas de Cantavieja, donde en el siglo XIX el general carlista Ramón Cabrera instaló su vivienda, su cuartel y su almacén de pólvora, entrar en la serrería supone, de golpe, volver a la realidad. La intensa actividad de la industria, con moderna maquinaria para cortar y preparar la madera y con un constante ir y venir de camiones y pequeñas grúas hidráulicas, habla de un municipio que no vive solo del pasado y que cuenta con jóvenes que apuestan por el territorio.

Gerardo y José Urbano son ya la tercera generación de Maolso –Maderas Oliver Sorribas–, nombre oficial de la empresa. El negocio, dedicado también a la venta de madera para palés, arrancó con su abuelo, en 1943, como una carpintería. Siguió con sus padres y ahora están ellos al frente. Antes de especializarse en palés, fabricaron cajas para fruta y pescado. Toda la producción se elabora con madera autóctona: 90% de pino silvestre y 10% de pino negral que crecen a 1.300 o 1.400 metros de altitud.

"Es un trabajo muy duro, sobre todo en invierno, porque hay que ir al monte para cortar y cargar la madera y las temperaturas son muy bajas", explica Gerardo, quien añade que el sector maderero español vive desde hace años su propia crisis provocada por la importación de materia prima desde Brasil, Portugal y países del Este.

El amor a la tierra en la que nacieron y crecieron es, según Gerardo, la razón por la que él y su hermano mantienen la empresa pegada al territorio. "Lo más fácil hubiera sido salir de aquí y llevarnos la industria a otro sitio, pero hay unos lazos sentimentales hacia Cantavieja y nosotros queremos que nuestros hijos puedan encontrar un futuro, si ese es su deseo, en esta comarca", dice este maderista.

En su opinión, cuando todo el mundo se está trasladando a las grandes ciudades, no resulta fácil sacar adelante una empresa en un territorio afectado por la despoblación. A no ser, como les ocurre a Gerardo y José Urbano, que se tengan muy presentes las raíces de uno mismo.

Faltan trabajadores

De hecho, uno de los principales problemas con los que se encuentra a menudo la empresa Maolso es la falta de profesionales para cubrir los puestos de trabajo que genera la serrería. "Aquí escasea la gente en edad activa; a veces queremos contratar personal y no encontramos a nadie", afirma. Las dificultades han sido mayores en épocas de bonanza económica. "Entonces sí que era difícil dar con alguien dispuesto a trabajar aquí", asegura.

Así, de los diez empleados que trabajan en la serrería –los otros cinco se ocupan de las tareas en el monte– solo uno es originario de la zona mientras que el resto proceden de Pakistán, Ecuador y Marruecos. "Gracias a ellos podemos cubrir nuestra plantilla", afirma Gerardo.

Además de la madera, el otro gran pilar de la economía de Cantavieja ha sido, desde siglos pasados, la ganadería –unida al aprovechamiento y comercialización de la lana de oveja–, si bien esta actividad, a diferencia de aquella, sigue teniendo un gran peso. Según explica la responsable de la Oficina de Información y Turismo de la localidad, Lorena Sales, el municipio sigue siendo principalmente ganadero y prueba de la vitalidad que tiene este sector es que en 2017 tres jóvenes pusieron en marcha sus propias explotaciones agropecuarias.

Pero algo está cambiando en Cantavieja, y es que el turismo irrumpe con fuerza como fuente de empleo hasta colocarse en segunda posición, tras la ganadería, como motor económico de la localidad, por delante de los servicios, la construcción y la extracción de piedra de canteras de la zona. Lorena Sales destaca que el ingreso de Cantavieja por méritos propios e indudables en el selecto club de los ‘Pueblos más bonitos de España’ ha marcado un antes y un después en la afluencia de turistas a la localidad, pues la asociación promociona el patrimonio cultural de cada uno de sus socios.

Un lugar lleno de rincones para fotografiar y poder conocer la historia del Maestrazgo

Un paseo por la calle Mayor de Cantavieja permite al visitante, además de comprar los productos típicos de la zona en alguno de los establecimientos abiertos, disfrutar de las pinceladas de historia que ofrece el casco viejo de esta localidad del Maestrazgo. Allí se conservan casas donde en el siglo XVIII vívía la nobleza, como la de la familia Zurita o la de los Osset, con sus llamativos balcones de forja y sus muros de piedra. Los soportales de la plaza, con arcos apuntados y de medio punto, son otro de los muchos elementos fotografiados continuamente por los turistas.

La iglesia de San Miguel, construida en el siglo XV como oratorio para albergar los restos de su promotor –el castellán de Amposta de la Orden de San Juan, Gonzalo de Funes– y convertida en almacén de pólvora por el general Cabrera en el siglo XIX, sorprende por sus ventanales rectangulares de estilo gótico.

En un guiño al pasado más reciente, el Ayuntamiento ha reproducido en grandes dimensiones fotografías de distintos lugares del pueblo hechas el siglo pasado y las ha distribuido por los enclaves más visitados. 

Un bastión rocoso e invencible situado en un cruce de caminos hacia Castellón

La ubicación de Cantavieja sobre una escarpada e inexpugnable plataforma rocosa y en un cruce de caminos hacia la vecina provincia de Castellón, amén de su riqueza ganadera, explican que la localidad haya sido siempre un próspero núcleo de población y que el general Cabrera la convirtiera, en 1836, durante la Primera Guerra Carlista, en capital de la Comandancia General del Maestrazgo. "Durante un tiempo, los boletines de guerra para todo el país se emitían desde Cantavieja", destaca Lorena Sales, la guía del museo que gira en torno a este episodio histórico que tanto marcó a este territorio y por el que en 2017 pasaron, nada menos, 12.000 visitantes.

La llegada de los ejércitos carlistas al Maestrazgo turolense supuso, además de la destrucción de importantes infraestructuras –Castellote fue arrasado–, el expolio de los bienes de muchas familias nobles de Cantavieja, que, asfixiadas por la continua extorsión, acabaron marchándose, lo que propició un declive económico y demográfico del que el territorio ya no se recuperaría. Hasta mediados del siglo XVIII, Cantavieja, como otras localidades de la zona –La Iglesuela, Tronchón, Villarluengo o Mirambel–, tenía una economía floreciente.

LOS IMPRESCINDIBLES

Un episodio histórico

De obligada visita es el Museo de las Guerras Carlistas, abierto de martes a domingo del 1 de octubre al 15 de julio y todos los días entre el 16 de julio y el 30 de septiembre. Gira en torno a un episodio central en la historia del Maestrazgo.

Castillo, cuartel y calvario

En el lugar que fue castillo templario en el siglo XIV, ahora hay un calvario. Sin embargo, entre ambos usos estuvo el de cuartel, pues en el siglo XIX el general Cabrera instaló allí todo lo necesario para atender a sus tropas.

Un reloj monumental

Construido en el año 1944 con casi mil piezas, el reloj de la Torre de Cantavieja es de gran interés pues introduce, entre otras novedades, el larguero de madera para absorber las variaciones de temperatura.

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