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Centenario de una huelga general en Zaragoza

El 25 de enero de 1917, HERALDO contó en un monográfico la histórica huelga general en la que ni el gobernador de Zaragoza ni el alcalde de la ciudad parece que estuvieron a la altura.

Portada de HERALDO del 25 de enero de 1917 sobre la huelga general en Zaragoza.
Portada de HERALDO del 25 de enero de 1917 sobre la huelga general en Zaragoza.

Hace ahora 100 años que comenzó un paro en el sector metalúrgico que acabó convirtiéndose en una huelga general en la que ni el gobernador de Zaragoza ni el alcalde de la ciudad parece que estuvieron a la altura. HERALDO DE ARAGÓN dejó de publicarse el 23 y 24 de enero de 1917. El día 25 salió a calle para informar a los lectores de todo lo ocurrido. No se recordaba precedente de una suspensión tan larga en la vida del periódico. En un mes, la prensa local dejó de publicarse en tres ocasiones por actos distintos de solidaridad obrera. La huelga terminó cuatro días después al firmarse el convenio metalúrgico.

Así lo contó HERALDO.

Hoy es el cuarto día de la huelga general y todo se encuentra en el ser y estado en que se hallaba cuando nos vimos obligados a interrumpir nuestra comunicación diaria con el público. […]

Cien veces hemos advertido en estas columnas que era un peligro grande y una imprudencia verdaderamente temeraria, cruzarse de brazos ante una huelga que venía arrastrándose desde los primeros días de octubre. […]

Confesemos que nosotros mismos, los vecinos todos de Zaragoza, tenemos gran parte de culpa de ese agravio que se nos infiere. Nada hemos hecho por evitar esa tutela ineficaz y bochornosa. De algunos años a esta parte se ha perdido en nuestra ciudad toda orientación y toda norma.  […]

En estas condiciones ha sido siempre inútil llamar la atención del Gobierno de Madrid sobre los conflictos locales, porque los Gobiernos todos y especialmente el actual, hacen oídos de sordos cuando no conceden autoridad ni importancia a quienes les reclaman favor o justicia. […]

Los periódicos de Madrid han publicado a los cuatro vientos que el ministro mostrábase sorprendido porque el gobernador de Zaragoza no le había dicho una palabra de la huelga general.

Si el ministro dice la verdad, el gobernador no tiene disculpa; si el gobernador ha cumplido con su deber de informar al ministro, hará mal en consentir y aguantar que éste lo ponga injustamente en evidencia. De todas maneras, el gobernador se ha lucido.

Del alcalde no digamos nada. A estas fechas, la opinión, con una aterradora unanimidad, ha dictado ya su fallo contra él. Un hombre que deja a la ciudad en momentos tan críticos por asistir a una ceremonia donde no hacía ninguna falta su presencia, revela lo que puede dar de sí el representante del pueblo de Zaragoza. […]

Se inicia el movimiento: Amaneció el día tristón, frío y con densa niebla que hacía más desapacible, la estancia en las calles.

Se habían dado órdenes para que antes de las seis estuvieran perfectamente enarenadas las plazas de la Constitución y de Lanuza y calles del Coso, Alfonso y Cerdán; es decir, todas las vías asfaltadas, con objeto de que no no resbalaran los caballos  en el caso de que hubiera necesidad de dar cargas.

La orden quedó cumplimentada al amanecer.

Así es que cuando los vecinos se lanzaron a la calle y vieron los preparativos realizados en el centro. Temieron que ocurrieran escenas desagradables.

Precisamente a evitarlas tendieron precauciones de la autoridad militar, de común acuerdo con el gobernador. […]

Con ellas se evitaron, seguramente, muchos incidentes. Así lo creían las autoridades que dispusieron la salida de fuerzas a la calle a las cinco de la mañana.

Poco después de las cinco salieron de los cuartales fuerzas de infantería y de los regimientos de Lanceros del Rey y de los Castillejos que, divididas en secciones, prestaron servicio de vigilancia en las afueras e interior de la población.

Las fuerzas establecieron retenes en la plaza de Lanuza, al mando de un oficial, en los puentes de Piedra y del Pilar, en la plaza de las Tenerías, en la Ribera, en las inmediaciones de la estación del Bajo Aragón, en el Campo Sepulcro y en la plaza de la Constitución.

Soldados de artillería, por parejas, practicaban también el servicio de vigilancia por las calles del Azoque, Soberanía Nacional, plaza del Carmen y de Cádiz.

La guardia civil, tanto de infantería como de caballería, se hallaba en sus puestos a las cinco de la mañana.

El frío era horroroso.

La comisión de huelga había fijado la hora de las cinco de la mañana para el comienzo del paro.

Pasamos media hora antes por el centro obrero de la calle de Estébanes.

La puerta estaba cerrada. El silencio era absoluto. No vimos a nadie.

Una nueva visita poco después, dio el mismo resultado.

A la hora acostumbrada se abrieron fábricas y talleres.

En unas y otras entraron muy pocos obreros. Hubo talleres, en los que los obreros no acudieron al trabajo, figurando entre éstos muchos de los que no secundaron la huelga de los metalúrgicos y no han dejado de trabajar a pesar del planteamiento del paro.

Sin duda, no quisieron exponerse a disgustos ante el temor de las coacciones de los huelguistas.

A las seis y media de la mañana amanecieron en afueras pequeños grupos de obreros, los cuales retrocedieron a la ciudad en cuanto se percataron de la presencia de la fuerza pública.

Se ignora si aquellos obreros eran huelguistas o, por el contrario, iban dispuestos a trabajar y cambiaron de opinión al llegar al Campo Sepulcro.

No se registró ningún incidente. Los que se echaron a la calle a hora temprana se encontraron con la novedad de la población ocupada militarmente.

Retenes, patrullas, parejas aisladas, daban la impresión de estarse en pleno estado de guerra.

Los tranvías y los conductores militares

Los tranviarios acordaron secundar el paro por solidaridad con los metalúrgicos.

Se dejó a los tranviarios en libertad de acción y a cubierto de responsabilidades disponiéndose que los tranvías fueran conducidos por soldados expertos en esta misión.

En tales condiciones hubo necesidad de reducir el servicio en todas las líneas, pero se atendió en lo posible a las de Torrero, Madrid y Bajo Aragón.

En cada tranvía iba una pareja de la benemérita.

Los soldados conductores y cobradores iban armados con tercerolas.

Solamente ocurrió un incidente.  El choque de un tranvía con un coche en la calle del Coso, frente al hotel de Europa. El cochero quiso pasar con el coche por delante del tranvía y surgió el encontronazo, resultando el cochero lesionado y el coche con graves averías.

Por orden del alcalde accidental, señor Laguna Azorín, fue retirado el coche a la cochera para evitar la aglomeración de público.

En las primeras horas de la mañana apenas si transitaba gente por las calles.

Suspendido el tráfico rodado, por haber secundado el paro trajineros, semejaba la ciudad un pueblo sin vida. Entre siete y ocho de la mañana empezaron a abrirse los establecimientos mercantiles.

Muchos lo hicieron francamente, abriendo de par en par puertas y escaparates.

Los más abrieron las puertas de entrada; pero sin levantar las planchas de los escaparates y sin exponer exteriormente las prendas y efectos que de ordinario se exhiben como muestras.

Solamente se registraron tres incidentes provocados por la chiquillería.

Un grupo de mozalbetes recorrió algunas calles y al pasar por frente al café de París, uno de estos peligrosos inconscientes jovenzuelos, lanzó una piedra contra una hermosa vidriera que quedó hecha añicos.

La guardia civil y los guardias de Segundad, cargaron contra el grupo e hicieron dos detenciones, amén de algunos sablazos que repartieron.

Minutos después fueron también rotos un cristal de la confitería de la señora viuda de González y otro del escaparate de don Simón Navarro.

Hubo otras carreras, nuevas cargas y dos detenciones más.

Los detenidos fueron conducidos al palacio provincial y después a la cárcel a disposición del juzgado de instrucción.

También fue detenido otro individuo por insultos a la guardia civil.

En vista de este proceder agresivo, cerraron muchos comercios.

Los cafés

Al mediodía se cerraron los cafés, y poco después se generalizó el cierre a casi todos los comercios, accediendo a los ruegos de los huelguistas que invitaban al cierre.

Por la tarde

El cierre total de los comercios en el centro de la población aumentó el estado de alarma en el vecindario.

A las dos de la tarde fueron tomadas militarmente la plaza de la Constitución, saliendo de los cuarteles de Torrero y del Cid, más piquetes de caballería encargados de la vigilancia en las afueras.

Poco después comenzaron a congregarse en la plaza y paseo de la Independencia grupos de curiosos.

En cambio, los obreros estuvieron recluidos en sus centros respectivos.

A los Centros obreros llegaron noticiones espeluznantes de choques sangrientos ocurridos en las afueras, de descargas, de heridos más o menos graves.

Por la noche

La noticia del incendio en los grandes talleres de los Señores Escoriaza fue algo inusitado que llenó de alarma la población.

El gerente de la fábrica D. Manuel de Escoriaza, recibió un anónimo que en realidad fue el que evitó una verdadera catástrofe. Se avisaba que se pegaría fuego a la fábrica.

En media hora el fuego estaba extinguido. Allí se reunieron todas las autoridades y personalidades de Zaragoza.

Las pérdidas ascienden a 5.000 pesetas.

Al día siguiente

Las fábricas y talleres se abrieron al trabajo a la hora de costumbre.

En muchas fábricas donde trabajan mujeres, fueron éstas despedidas ante el temor de que pudieran ser molestadas. Debido a esta circunstancia se registraron dos incidentes: uno en la plaza de la Magdalena donde un grupo de mujeres entró precipitadamente en la zapatería de D. Felipe Jimeno rompiendo cuatro cristales de las puertas de entrada; y otro en la plaza del Pilar, en donde unas cuantas mujeres y jóvenes se dieron a correr en medio de gran griterío, buscando refugio en el templo y llevando la alarma a los fieles. Esto motivo el cierre precipitado de puertas y tiendas.

(Noticia de hemeroteca recopilada por Elena de la Riva y Mapi Rodríguez. Documentación de Heraldo de Aragón)

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