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"El Motín de Esquilache fue la primera revolución social española"

Ángel Alcalá I historiador y profesor de literatura I Acaba de debutar en la novela histórica con ‘La infanta y el cardenal’, en la que recrea el matrimonio de Luis de Borbón y María Teresa de Vallabriga

Ángel Alcalá debuta en la novela con 'La infanta y el cardenal',  llena de referencias y personajes aragoneses.
"El Motín de Esquilache fue la primera revolución social española"
Enrique cidoncha

¿Cómo se gestó ‘La infanta y el cardenal’?

Hace muchos años me atrajo la figura de María Teresa de Vallabriga al preparar un libro, que no llegó a madurar, y tropezar con esa guapona zaragozana. Eso me llevó a descubrir en quien luego fue su marido, don Luis de Borbón, unas circunstancias similares a las mías más o menos futuribles, y me apliqué a verme desde él y crear la conjunción de historia y ficción con mi propia biografïa, a la cual en esta novela hay múltiples guiños. Nunca había estudiado a fondo el siglo XVIII, lo cual era un motivo más para zambullirme en él; esto me ha exigido una investigación exigente y rigurosa. El libro repasa el siglo desde todos los aspectos y se atreve a trazar una crítica nada usual del cruel Carlos III, de la Iglesia, de las hipocresías sociales, en un ambiente de larvada sexualidad y de enorme admiración por Goya y Boccherini, el pintor y el músico de la pareja. La novela describe el ambiente musical y operístico de Madrid, así como los ‘sábados de la infanta’ en el palacio Zaporta, del cual solo queda ese maravilloso Patio de la Infanta de Ibercaja.

En la portada se habla de ‘La verdadera historia del matrimonio...’ ¿Qué historia se ha ocultado?

Historia que apenas es conocida incluso por historiadores de copete. Felipe V, el primer Borbón, obligó a las Cortes de 1713 a ordenar que ningún descendiente suyo sería rey si no nacía en España. El hijo de Carlos III, que le heredaría como Carlos IV –el gordinflón de los cuadros de Goya– había nacido en Nápoles y no tenía derecho. Al hermano menor del rey, nuestro don Luis, lo metieron a arzobispo de Sevilla y Toledo y cardenal a sus siete años y luego, dejadas púrpuras y capisayos en una bella y heroica crisis de conciencia, no le dejaron casarse hasta que, siendo un crápula sexual de órdago, el confesor le obligó. Pero el rey le instó a hacerlo con una plebeya, nuestra Vallabriga. Fueron vergonzosas las maquinaciones. Carlos IV fue, al menos en teoría, un rey ilegítimo, y reinó gracias al sacrificio de su tío y de nuestra querida infanta.

¿Qué perfil da de los protagonistas?

Don Luis era un hombre tímido, sensible, sensual, juguete de su poderosa mamá, Isabel de Farnese o Farnesio, cuando niño, y de sus desbordadas pasiones sexuales, cuando mayor; fue quizá el hombre más rico de toda la historia de España, inculto al principio, pero en sus años de libertinaje supo ponerse al día y acumular una enorme biblioteca y selectísima pinacoteca que la infanta heredó y colgó de las paredes del Zaporta. No habría sido buen rey, por abúlico, pero en aquellos tiempos, a pesar de ser reyes absolutos, las cualidades personales de los monarcas no importaban mucho si había buenos ministros; tal fue la suerte de Carlos III y aun del IV, pues Godoy no fue ningún imbécil, y no digamos nuestro conde de Aranda. María Teresa tuvo una excelente educación en Madrid pero no halló en su forzado matrimonio la felicidad esperada. No hay duda de que al final le ponía los cuernos al marido con su secretario y hombre de cámara, Fernando del Campo, como revela el libro, pero esto se cuenta con un poco de sordina.

Es una obra con un montón de referencias aragonesas. Se habla de Zaragoza, de Aranda, de la familia Pignatelli, incluso Goya aparece como personaje.

Entre otras muchas cosas este libro es fruto de mi enorme cariño a mi tierra y de la añoranza que por ella siento, residiendo en Nueva York desde 1962. La novela se escribe presuntamente en 1805, en el mismo palacio Zaporta, cuando su autor, un presunto Anselmo Galván, viene a darle a la ya viuda infanta la noticia de la muerte de Boccherini, y la acción se desarrolla entre Zaragoza, Madrid y las dos residencias del infante: la de sus pecados en Bobadilla del Monte y la de su muerte en Arenas de San Pedro, Ávila. Casi todos los personajes son históricos. No es nada anti-histórico suponer que Aranda y la familia de María Teresa, cuyo padre era militar de graduación, y por supuesto, Goya, se conocieron ya cuando ella era muchacha.

¿Qué Goya es el que usted pinta?

Hago que María Teresa y Goya se conozcan cuando este acaba de pintar el fresco del coreto. Mi Goya no es un baturrón, sino un hombre todo corazón, lleno de sensibilidad y perspicacia.

¿Y qué España aparece en las páginas de la novela?

Aquella España de aún tímida e ineficiente Ilustración, tan contradictoria, me ha dado ocasión para dilucidar problemas tan significativos como el llamado motín de Esquilache, que fue la primera revolución social de España, o la expulsión de los jesuitas. He aportado datos para desbancar de su pedestal a Carlos III, al cual le he cobrado profunda antipatía, porque como rey no terminó de hacer lo que parece que se propuso y porque, como hermano, era un hipócrita que, bajo capa de afecto, odiaba y temía a su hermano por miedo a que su hijo Carlos no heredara el ya maltrecho trono.

En el libro, el historiador se ha impuesto al novelista. ¿Era algo meditado o le ha salido así?

No me gustan las novelas lineales, tampoco las espirales y confusas, por lo cual confío haber logrado una síntesis discreta de esos varios componentes. Pero no ha primado el historiador. La ficción, incluso la autobiográfica en momentos culminantes, emboza totalmente a la historia. Nada ‘ha salido’, todo está muy meditado durante varios años. Ah, y puedo afirmar que escribir esta novela me ha costado tanto esfuerzo o más que trabajos de ese otro tipo. Lo cual me ha hecho ver lo fácil que es escribir novelas de mera ficción, que requieren mucho trabajo y tiempo. Una buena novela histórica exige no falsear la historia, no contar nada en contra de lo real, sino solo complementarlo en lo que realmente no sabemos. De lo contrario, la novela o el cine históricos son vacuos, fondean, se hunden.

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