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Nettel: laberinto del sentir

Después del invierno. Guadalupe Nettel. Anagrama: Premio Herralde de novela de 2014. Barcelona, 2014. 268 páginas.

Nettel: laberinto del sentir
Nettel: laberinto del sentir

Claudio y Cecilia, protagonistas de ‘Después del invierno’ de Guadalupe Nettel (foto de José Miguel Marco), son seres peculiares; sin embargo se parecen entre sí. Ambos gozan de trabajos tranquilos y de su agrado: empleado en una editorial neoyorquina él; estudiante de literatura en París ella. Claudio es un maniático que impide a sus vecinos hacer el mínimo ruido. A Cecilia le agrada el silencio y la quietud de los cementerios. Ambos viven con sus respectivas parejas romances intermitentes y de baja intensidad. Todo este gusto por la rutina, por el silencio, por los cementerios actúa como metáfora de su escasa implicación en las pasiones, en los sinsabores, en el tráfago de la vida.

En este sentido, sobre todo al comienzo de la novela, Nettel logra una prosa sedante que transmite al lector el desapego de sus protagonistas, quienes parecen siempre vigilar la intensidad de los sentimientos para evitar ser dañados por ellos. Claudio se ve con Ruth, mujer madura y casada que lo visita ocasionalmente. Elude así que su affaire vaya demasiado lejos. Cecilia queda con su vecino, el italofrancés Tom, un joven sensible amante de la literatura como ella. Mantener cada uno su apartamento les permite juntarse o separarse cuando así lo desean.

En este ambiente de paz emocional, el conflicto y el drama se desencadenan cuando Claudio conoce a Cecilia, se enamora perdidamente y ella le corresponde. Ambos surcarán el océano al encuentro del otro, y superaran momentáneamente sus inexpugnables individualidades. Pero la distancia entre París y Nueva York, entre América y Europa, parece cobrar una dimensión simbólica. Y hasta aquí puedo contar sin riesgo de estropear el relato, tan solo desvelaré que al bueno de Claudio le ocurrirá lo que al ajedrecista novato: al encarnizar su ataque, al disminuir sus defensas, aumentará el riesgo de salir jaqueado.

Parece concluir la autora mejicana a lo largo de las páginas, que en el laberinto de nuestros sentimientos no hay racionalidad ni escapatoria que nos salve de ellos: de la implicación, del gozo y del sufrimiento que conllevan. Todos buscamos la salida al laberinto, pero en el momento menos pensado nos topamos con un muro y debemos desandar el camino para buscar otro alternativo: quien se queda parado no evoluciona; quien anda debe aceptar penalidades para crecer como persona.

Todo ello nos lo relata Guadalupe Nettel con una prosa que he calificado de sedante y a la que ahora añado la cualidad de empática, porque en verdad el lector se sentirá concernido, hará suyos los sentimientos de los protagonistas, aunque al final no obtenga respuestas, porque la literatura no tiene por misión dar respuestas, sino tan sólo plantear preguntas y sembrar enigmas. Dar respuesta será, acaso, el objetivo de la filosofía, pero a menudo las respuestas filosóficas resultan tan intrincadas y parciales que nos encontramos de nuevo ante el mismo laberinto que dibuja la autora.

De ahí, quizá, ese lenguaje y esa sintaxis caracterizados ambos por la sencillez para expresar lo complicado, que a Guadalupe Nettel le han valido uno de los premios más prestigiosos de nuestras letras: el Herralde de Novela 2014.

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