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Manuel Ureña renuncia como arzobispo de Zaragoza por sus problemas de salud

El vicario general, Manuel Almor, se perfila como administrador diocesano, a la espera de que a comienzos de 2015 se cubra la sede vacante, para la que suenan Juan José Omella o Martínez Camino.

Ureña, a su llegada ayer a la rueda de prensa acompañado por el vicario general, Manuel Almor (izda.), y Enrique Ester, delegado de medios.
Manuel Ureña renuncia como arzobispo de Zaragoza por sus problemas de salud
Oliver Duch

"Los médicos me dicen: “Se la está jugando todos los días". Con estas palabras justificó ayer Manuel Ureña su renuncia como arzobispo de Zaragoza por motivos de salud, que ya ha sido aceptada por el Papa. Ahora se abre un periodo de transición en el que la archidiócesis será dirigida por un administrador diocesano que nombrará esta misma tarde el Colegio de Consultores, a la espera de que en breve Roma cubra la sede vacante, para la que ya han empezado a sonar posibles candidatos.

El nombramiento podría producirse en enero, según calculó el propio Ureña, que en marzo cumplirá 70 años, en la rueda de prensa en la que anunció su despedida y en la que estuvo acompañado por decenas de miembros de la comunidad eclesiástica. Pese a la sorpresa que causó su decisión, reconoció que llevaba "más de un año dándole vueltas" y que la comunicó a la Santa Sede "hace tiempo" por su deteriorada salud.

Ayer recordó que en los últimos seis años se ha sometido a varias operaciones quirúrgicas (de corazón y próstata) y que la rodilla izquierda también le da problemas. A ello hay que sumar, dijo, la exigencia del cargo que ostenta desde 2005, cuando sustituyó a Elías Yanes. "Vivir siempre en este estrés de darlo todo hace que uno se ponga constantemente en peligro y, bien asesorado, parece que la situación aconseja que no me ponga en tanto peligro", explicó, Ureña, al tiempo que consideró que "por el bien de la Iglesia" es mejor "que haya una persona que pueda entregarse con toda su alma". No obstante, aclaró: "Estoy espiritualmente muy fuerte, que es lo importante, y físicamente no me encuentro mal".

El arzobispo detalló cuál será el proceso para su sustitución. El primer paso se dará hoy mismo. A las 17.00 se reunirá el Colegio de Consultores, formado por 12 presbíteros, que deberá designar al administrador diocesano, el máximo responsable hasta que la llegada del relevo de Ureña, aunque con muchas menos atribuciones que un obispo. Previsiblemente, será el vicario general de la archidiócesis, Manuel Almor, el que ocupará este cargo.

El arzobispo dimisionario comentó que el hecho de que al aceptar su renuncia el Vaticano no haya nombrado un administrador apostólico "indica que no tardará en cubrirse la vacante". Preguntado por los posibles candidatos a sucederle, aclaró que "es un asunto que lleva el Papa con la Congregación para los Obispos", pero no eludió dar algunos nombres.

El primero que citó, y que empezó a sonar nada más conocerse la renuncia del cabeza de la Iglesia aragonesa, fue el del turolense Juan José Omella, actual prelado de Calahorra y La Calzada-Logroño, que anteriormente dirigió la diócesis de Barbastro-Monzón. También apuntó la posibilidad de que el escogido sea Fidel Herráez, obispo auxiliar de Madrid; Juan Antonio Martínez Camino, también auxiliar de la sede de la capital y ex secretario general de la Conferencia Episcopal Española, o el titular de Bilbao, Juan María Uriarte. "Lo que está claro es que la Santa Sede se esmerará", dijo Ureña en referencia a la elección de su sucesor. Recordó el peso de Zaragoza, por lo que "es lógico que piensen en personas ya experimentadas en otras diócesis o que hayan tendido cargos relevantes en la Iglesia".

Se quedará en la ciudad

Respecto a su futuro, desveló su intención de quedarse en la ciudad. De momento, seguirá viviendo en el palacio episcopal "porque alguien tiene que cuidarlo por la noche". Y una vez que llegue su sucesor, se trasladará a "un pisito" que, según explicó, le han ofrecido los canónigos en su casa. "He sido muy feliz en Aragón y espero seguir siéndolo", confesó antes de ser despedido con un largo aplauso por los miembros de la Iglesia y fieles presentes.

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