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Aragón
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Huída

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Rascó su antebrazo y notó un polvo rojizo que brotaba.

Desconcertado sacudió el polvillo y profundizó el accionar de sus uñas.

Sorpresivamente descubrió un ladrillo cementado.

Desesperado tomó una maza y partió el ladrillo en pedazos hasta dejar en evidencia el fierro de construcción que sostenía su brazo.

Martilló su mano y dejó al descubierto cinco ramificaciones metálicas.

Raspó su abdomen y cubrió de polvo las botas.

El golpeteo de su dedo produjo un sonido metálico en su nariz descascarada; la oreja izquierda era un delgado alambre retorcido.

En la mañana, la plaza de Aragón retomaba su ritmo habitual. Las hojas del sauce ya no golpeaban la estatua de la que sólo quedaba el pedestal.

Elpidio Garófalo, vagabundo, habitué del banco junto al bebedero, aseguraba haber visto una silueta maltrecha huyendo entre las sombras.

El vaho de alcohol que acompañó sus palabras hizo que el testimonio no fuera valorado.

Gustavo Eduardo Green

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