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Aragón

OCIO

Grutas de hielo en los Pirineos

Gruta helada de Los Lecherines
grutas de hielo
E. V.

En las alturas pirenaicas, y tan solo en los macizos montañosos calizos, se hallan unas maravillas de la naturaleza que muchos desconocen: las grutas de hielo. Como si fueran auténticos palacios de cristal escondidos bajo tierra, estas entrañas frías y oscuras de la alta montaña son una parte más de tanta y tanta naturaleza excepcional que se conserva en el corazón del Pirineo aragonés.

Hasta la fecha, los espelólogos tienen inventariadas unas 35 cavidades heladas, la mayor parte de ellas emplazadas en las laderas del Monte Perdido, el Marboré y la Punta de las Olas. Aquí está la más conocida, la Gruta Helada de Casteret, que debe su nombre al espeleólogo Norbert Casteret que la descubrió, en compañía de su familia, el 27 de junio del año 1926. Poco después escribiría: "Los ríos subterráneos de hielo eterno que hemos podido contemplar ofrecen un espectáculo inolvidable, uno de los más raros que se dan en nuestro planeta. En las entrañas de estos picos gigantes, donde imperan el silencio y la quietud, todo se halla inmutablemente congelado. Únicamente un viento glacial que ulula eternamente circula por los corredores de estas cuevas y anima la soledad de las naves desiertas donde jamás había penetrado persona alguna y donde nadie podría quedarse mucho tiempo sin perecer".

Pero hay otras cuevas de hielo mucho más desconocidas en la vertiente sur o española de estas montañas del Sobrarbe: Isards, Casco, Torre, Cilindro, Faja Luenga, Brecha, Roya, Devaux, Cristales y Covas del Gel... hasta completar la cifra de 29 simas independientes. Todas ellas están situadas entre los 2.710 y los 3.060 metros de altitud, y con desarrollos que van desde los 5 metros -de la más pequeña- a los 300 metros de longitud de la cueva Devaux. Pero no todo acaba aquí, ya que en otras montañas calizas altoaragonesas existen más cuevas de este tipo. A 2.400 metros, en el término de Borau, al sur del Aspe, está la Cueva Helada de Lecherines. En Revilla, a 2.460 metros, la Cueva de Hielo, C-8. En Linás, al pie de Tendeñera, a 2.400 metros, se abre la boca de la Helada de Soaso. Y no muy lejos, también en la parte de Tendeñera-Otal está la Cueva Helada de Fenez, a 2.360, la más baja de todas, con un desarrollo de tan sólo 60 metros.

BELLEZA OCULTA

Todas ellas son parte de la belleza oculta y misteriosa de nuestras montañas. Cuevas que contienen agua helada y que brillan a la luz del frontal o de los flashes como si de un brillante se tratara. Y allí, iluminando la perpetua oscuridad de estas cuevas aparecen paredes, lagos, cortinas, estalactitas y estalagmitas, cascadas de hielo... Un universo gélido de fantasmagóricas formaciones cristalizadas, translúcidas, transparentes y muy frágiles. Un paisaje natural, casi secreto e increíble que se halla en serio peligro por el efecto de ese dramático cambio climático que los seres humanos estamos generando en todos los rincones de nuestro bello mundo.

Más información: Testigos del Clima. WWF. 

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