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Aragón

DEBATE

¿Debemos revisar la idea de medio ambiente?

¿Hemos pasado del 'Salvad a las ballenas' a preocuparnos por cómo obtener energías renovables para cuando se terminen los combustibles fósiles? ¿Debemos dejar de mirar la naturaleza como una reliquia que ha de ser conservada en una urna para ocuparnos de medir los impactos ambientales sabiendo que son inevitables? ¿Qué significa hoy mismo el concepto de medio ambiente?

El oso panda ha sido un icono del ecologismo
¿Debemos revisar la idea de medio ambiente?
AGENCIAS

"El Naturalismo es una corriente decimonómica, que tenía una visión estática de la naturaleza y una finalidad conservacionista: las expediciones del siglo XIX se hacían para crear jardines botánicos y museos", explica Carmelo Marcén Albero, coordinador del programa Educambiental. "Es más fácil y más bonito pensar en un conjunto de postales bucólicas que en un flujo de relaciones entre elementos cambiantes, como ahora sabemos que es la naturaleza. Hemos de movernos de esa primera percepción a una que nos lleve a pensar en términos de desarrollo", señala Marcén.

“Personalmente, creo que se ha avanzado mucho en esta dirección, sobre todo en los museos, cuya forma de presentar la realidad ya se basa cada vez más en mostrar los ecosistemas como conjuntos de relaciones. En todo caso, éste es un desafío que afecta a todos los que trabajamos en la defensa del medio ambiente, su divulgación, la educación ambiental, etc” afirma María Novo, profesora de la UNED y de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible

La Asociación Naturalista de Aragón, Ansar, lo lleva en el nombre: se trata de una entidad conservacionista. "Colocar un cartel de intocable en la naturaleza es llegar a los extremos, pero si no conservamos los paisajes, el agua, el suelo, el aire... en un estado de conservación aceptable, vamos a una situación irreversible", afirma Mariano Mérida, histórico miembro de esta asociación. Ansar fue inflexible, por ejemplo, al defender el estado natural del galacho de Juslibol. "El tiempo nos ha dado la razón", señala Mérida.

"La sociedad industrial ha dado origen, casi desde sus comienzos, a reacciones críticas que denunciaban algunos de los efectos destructivos anejos a los procesos de urbanización e industrialización", afirma Jorge Riechmann, profesor de Filosofía Moral de la Universidad Autónoma de Madrid, autor de una prólija bibliografía sobre medio ambiente y una de las voces más solicitadas en este campo. "A veces -continúa- esas reacciones cuajaban en movimientos sociales: desde el incipiente ambientalismo del movimiento obrero decimonónico hasta el movimiento prociudades jardín, a principios del siglo XX, o el proteccionismo que luchaba ya en el XIX por la creación de Parques Nacionales". Añade Riechmann que "esa crítica era marginal respecto a la poderosa corriente del productivismo".

Sin embargo, ese pasado "será descubierto y actualizado por los movimientos ecologistas modernos, a partir de los años sesenta-setenta del siglo XX, momento en que se produce un verdadero salto cualitativo hacia la toma de consciencia de la amenaza ecológica global". Según este experto, "la piedra de toque entre el viejo conservacionismo y el nuevo ecologismo de los setenta suele ser la oposición a la energía nuclear".

Para Riechmann "el salto del naturalismo decimonónico hacia otra forma de habitar la Tierra lo dieron los movimientos ecologistas hace cuatro decenios. La tragedia es que las mayorías sociales no les han acompañado, y los poderes económicos y políticos, en general, se han opuesto activamente a las transformaciones necesarias".

SALVEMOS A LAS BALLENAS

"El movimiento ecologista hace 40 años era 'Salvemos a las ballenas', 'Salvemos al oso panda' y 'No a la nuclear", resume Luis Tirado, el delegado en Aragón de SEO Birdlife, organización que nació con espíritu conservacionista y que ha tenido una evolución hacia la participación en proyectos de desarrollo sostenible. Esta evolución nace en gran parte, por "la profesionalización de sus plantillas, igual que ha pasado en Greenpeace y otras organizaciones; pero también oenegés de base, como Ecologistas en Acción, van hacia esa corriente", afirma el ornitólogo, para quien los primeros tiempos del ecologismo fueron de "mensajes alarmistas y derrotistas, de choque frontal con la sociedad, porque era lo necesario en ese momento para llamar la atención", narra Tirado. "De eso, poco a poco, se ha pasado a dar soluciones (depurar las aguas residuales, vertederos, etc.) para hacer compatible el desarrollo con la sostenibilidad", afirma.

Ese cambio de rumbo, a su entender, pudo hacerse "por el tándem que hicimos los grupos ecologistas con la comunidad científica. Ya no éramos solo los 'verdes' los que denuncíabamos algo, sino que había investigaciones que lo corroboraban".

El punto de inflexión principal vino de los estudios sobre los ecosistemas mediterráneos. Unos ecosistemas "que han sido altamente modificados por el hombre y cuya mayor amenaza es la despoblación del medio rural, por la pérdida de las actividades tradicionales que han creado ese entorno natural".

LA MANO DEL HOMBRE

Si el hombre desaparece del humedal o de la estepa o de la sierra o de la pradera alpina se pierde el paisaje y la biodiversidad de esa zona. "Lo vemos en Ordesa, desaparecen los prados del puerto al abandonarse la ganadería extensiva que mantenía los pastos: al final solo habrá bosques, todos de la misma edad, lo que aumenta el riesgo de especies ya en peligro de extinción, como el urogallo. Lo mismo en la estepa: si deja de cultivarse y pastorearse, se extenderá la vegetación y ya no será el hábitat idóneo para la alondra de Dupont", explica Tirado.

Andoni García es agricultor y miembro del sindicato agrario COAG, organización que mantiene convenios con la conservacionista Fundación Félix Rodríguez de la Fuente, en programas de compatibilizacion de ganadería y fauna silvestre. Dibuja García dos visiones: "Una ecologista y otra totalmente agrarista. En COAG hace tiempo que vimos que el modelo de agricultura tiene que ser social, sostenible y de respeto al medio ambiente". Pero, destaca que "no estamos de acuerdo con los conservacionistas que excluyen a la agricultura. Al contrario, se trata de una actividad que genera empleo y da vida al medio rural, está ligado a la preservación de la biodiversidad y contribuye a la lucha contra el cambio climático".

"Yo creo que las personas ya no piensan en el pajarito o el osito polar, sino que están enormemente preocupadas por el futuro, no ya el de sus hijos, sino por su propio futuro", declara Antonio Ruiz Elvira, profesor en la Universidad de Alcalá y miembro del European Climate Forum. "Aunque los economistas sean aún incapaces de darse cuenta de ello, la sociedad sí advierte, implícitamente, que ya no hay energía suficiente, que no tenemos capacidad de limpiar la suciedad con la que hemos llenado el planeta y que quedan pocos recursos para una poblacion creciente", afirma.

Mariano Mérida llama la atención sobre el nivel de desarrollo en el que se ha embarcado el planeta. "Se nos dice que España necesita crecer al 4% del PIB para crear empleo, eso aplicado al planeta significa duplicar cada diez años los consumos energéticos, las emisiones…", explica este físico de formación. "Yo no lucho por el ecologismo del águila, sino porque lo que le afecta a la biodiversidad, le afecta al planeta, y, al final, al ser humano", concluye.

NO BASTA

"Se quiso pensar que bastaba con crear espacios, proteger la fauna y la flora; ahora se ve que hay que hacer más, hay que replantear por completo el modelo de producción", afirma Víctor Viñuales, director de la Fundación Ecología y Desarrollo, una organización que que trabaja por la sostenibilidad.

"Es como hacer un sudoku", compara Viñuales. Si en el pasatiempo nipón hay que hacer que encajen los números verticales, los horizontales y el total, un desarrollo sostenible debe conjugar sin desquilibrios la faceta ambiental, la social y la económica. "Es difícil porque hemos dejado pasar mucho tiempo. Ya no cabe un cambio progresivo, hay que hacerlo de golpe", afirma Viñuales.

"Los desafíos ambientales son, en este momento, de tal envergadura, que deberíamos afrontarlos con grandes directrices políticas que promovieran cambios profundos en nuestras formas de vida (en el transporte, en los procesos agrícolas y los flujos comerciales de alimentos, en las formas de producir energía...). Los políticos, en cambio, no se atreven a decirle a la ciudadanía la gravedad del cambio climático, de los cambios en los usos del suelo, de la escasez de agua, del mal uso de la energía... No podemos pensar que ignoren la gravedad de los problemas, pues tienen asesores bien informados, sino más bien que prefieren centrarse, con una mirada miope, en los asuntos económicos, en "mantener contentos a los mercados", mientras dejan de lado cuestiones ambientales, como el cambio climático, en relación a las cuales disponemos de muy pocos años para cambiar de rumbo. Esta miopía, esta "ceguera economicista" nos puede llevar a la catástrofe", concluye Novo.

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