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Provincia de huesca

Un centenario, un patrimonio muy medieval y mil tradiciones en el destino aragonés por excelencia

Del ocio más extremo a los planes de relax, este territorio ofrece una combinación de naturaleza, cultura y tradición de la que es difícil marcharse sin haberse quedado cautivado por alguno de sus rincones.

La localidad de Torla-Ordesa, en la comarca del Sobrarbe.
La localidad de Torla-Ordesa, en la comarca del Sobrarbe.
Laura Uranga

"Y cuán extremados en la sencillez, el arte, el lujo y la elegancia con que estas crestas, estas montañas, estos colores se diversifican en el espacio limitado por rocas inmensas". Así describía hace más de cien años el explorador y pireneísta francés Lucien Briet el paraje natural que hoy constituye el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, uno de los destinos más visitados de toda la Comunidad aragonesa.

Precisamente, el trabajo de Briet, quién recorrió y descubrió gran parte de estas montañas y de los bellos monumentos naturales que escondía entre sus faldas, sus ríos y sus laderas, fue un importante impulso para que esta zona adquiriese el reconocimiento de Parque Nacional, que el pasado 2018 celebró su centenario con diversas actividades para acercar más si cabe el enclave a todos los públicos y cuya conmemoración se ha prolongado durante este año 2019.

Aunque Ordesa es el símbolo por excelencia de Huesca y el territorio más conocido, la provincia oscense ofrece un sinfín de paisajes naturales de gran riqueza, desde la sierra de Guara y sus conocidas pasarelas por el río Vero hasta el Bal de Chistau y los hermosos miradores donde fotografiar un recuerdo único de todas las montañas, pasando por los Valles Occidentales y el Parque Natural de Posets Maladeta. Existen además otras zonas menos conocidas pero de igual riqueza como el valle de la Fueva o el de Baliera, un lugar con pueblos medievales de gran encanto -como Castanesa y Castarné- y amplios prados al que muchos han bautizado ya como la provenza oscense.

La provincia de Huesca ofrece además la combinación perfecta entre naturaleza y patrimonio, pues entre las escarpadas montañas y los verdes valles surgen iglesias, monasterios y municipios de incomparable belleza – Aínsa, Ansó, Roda de Isábena y Alquézar figuran en la red de Pueblos más Bonitos de España-, con los que viajar por el tiempo y la historia de este territorio.

Para ello, se puede seguir la ruta de las iglesias del Serrablo, una decena de edificaciones construidas ente el siglo X y XI y ejemplo del primer románico aragonés; la de las Ermitas de Tella, lugar predilecto por las brujas de la zona para sus aquelarres y hechizos, con parada en la cueva del Oso y el Dolmen de Tella; o la del Santo Grial, que recorre lugares como la Ermita de San Adrián de Sásabe, en Borau, donde, según la leyenda, se resguardó esta reliquia durante la invasión musulmana. El Monasterio de Siresa, donde se crió el rey Alfonso I el Batallador, el de San Juan de la Peña, panteón de reyes y un magnífico ejemplo de románico cisterciense, o el de Sijena, donde residen los bienes recuperados del museo de Lérida, forman parte también del infinito listado de monumentos que deben visitarse en la provincia de Huesca para descubrir su gran riqueza.

Mención especial merecen también las tradiciones y costumbres de la zona, celebraciones que dan prueba del carácter de las gentes y vecinos de un territorio muy diverso. Del descenso de navatas del río Cinca a los carnavales del Alto Aragón, toda la provincia oscense ofrece un plan en cada rincón, en el que es difícil que cualquier tipo de visitante no encuentre su lugar para disfrutarla.

Crespillos, chiretas y pollo al chilindrón: disfrutar de la cocina de siempre regada con vinos de altura

Disfrutar del turismo en la provincia oscense es hacerlo también en el plato, pues la gastronomía de la zona cuenta con un recetario que abre el apetito solo de mencionarlo. De la ternera pirenaica a las verduras de la huerta oscense, las materias primas de calidad son el ingrediente en cualquiera de las elaboraciones que se prueben en la zona, ya sean en establecimientos de alta cocina o en los fogones más tradicionales.

Entre los imprescindibles que hay que probar si o sí, aunque en un primer momento los ingredientes no resulten de lo más apetitosos, destacan recetas como la carne a la pastora, el pollo o el cordero al chilindrón, las chiretas de cordero, los boliches de Embún, las farinetas o la olla jacetana. Si se trata de producto, la longaniza de Graus, la ternera del Valle de Broto, las cerezas de Bolea o el queso de cualquiera de las queserías artesanas que se reparten por toda la provincia (Saravillo, Bal de Broto, Radiquero, de Senz, Val de Cinca…y un largo etcétera) son una apuesta segura para todo tipo de paladares.

Un sinfín de recetas regadas con vinos de gran calidad, pues de las más de 4.000 hectáreas de viñas de la DO Somontano se obtienen exquisitas referencias con las que deleitarse en la copa y hacer el maridaje perfecto. El Somontano es además parada obligatoria para los amantes del enoturismo, pues su Ruta del Vino fue galardonada en 2018 sido con el primer premio del International Wine Challenge Merchant Awards España por su experiencia de Enoturismo en Familia.

Marcharse de la provincia oscense sin probar los postres tradicionales de la zona sería un error para los amantes del recetario dulce, pues el listado es amplio y muy goloso: los crespillos de borraja, las trenzas de Huesca y Almudévar, las castañas de mazapán, el refollau de Ayerbe, las tortas de anís de Biscarrués, la coq de Fraga, el pastel ruso, el empanadico de calabaza, los helados artesanos de Elarte (creados en Guara), las galletas chesitas... y el chocolate, que puede degustarse de múltiples formas y variedades en los establecimientos artesanos de la provincia: en Chocolates Brescó, en Benabarre; en Chocolates de La Abuela, en Hostal de Ipiés; y en la pastelería Puyet, en Graus, referente también en la elaboración de turrones.

Un paraje idóneo para la práctica de todo tipo de deportes de aventura

Con un entorno natural tan variado y diverso, toda la provincia se convierte en el escenario perfecto para la práctica de turismo activo y deportes de aventura, tanto para los que buscan un plan senderista de desconexión en el que deleitarse de los más bellos paisajes como para los que buscan emociones fuertes con el barranquismo más extremo. El salto de Roldán, los mallos de Riglos o el cañón del Río Vero son algunas de las opciones para los más aventureros, sin olvidar otras atracciones turísticas como el parapente en la zona prepirenaica o la tirolina de Hoz de Jaca. Piscinas naturales como la Gorga de Boltaña, el Salto de Bierge, el Salto de Pozán de Vero, la presa de Isín o el embalse de Lanuza harán las delicias de los veraneantes que buscan refrescarse, mientras que cualquiera de las siete estaciones de esquí del Pirineo son visita obligada para los que se consideran verdaderos amantes de los deportes invernales.

Los amantes de las dos ruedas pueden encontrar en Huesca una diversidad de propuestas aptas para todos tipo de conductores y viajeros, pues ofrece naturaleza y patrimonio en cada parada. Entre algunas de las rutas ya definidas destacan la Transpirenaica oscense, por ejemplo, una ruta de largo kilometraje que recorre transversalmente las cuatro comarcas más al norte de Aragón, con menos curvas pero de gran valor paisajístico; la de Ordesa-Cañón de Añisclo, con un serpenteante recorrido por el Parque Nacional; o la de los Valles Occidentales, con estrechas carreteras y paredes de piedra en las que la montaña solo cede el paso a los más intrépidos.

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