
"El miedo al dentista es comprensible, pero ya no tiene sentido pagarlo con la salud"
Hablamos con el doctor Francisco Torres, del Centro Dental Torres, sobre las consecuencias de eludir la consulta con el dentista y sobre cómo se puede afrontar la aprensión a las revisiones y a los tratamientos de salud bucodental.
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Se suele decir que muchas personas tienen miedo al dentista. ¿Es realmente un problema tan frecuente o sigue siendo un tópico?
No es un tópico, es una realidad medida. Según el Consejo General de Dentistas, en torno al 15% de los españoles sufre odontofobia, y bastantes más sienten una aprensión que, sin llegar a fobia, les hace retrasar la visita. Pero la cifra no es lo más importante. Lo más importante es el silencio: el paciente con miedo no llama, no protesta, no discute. Simplemente desaparece. Por eso en la consulta no vemos el miedo; vemos sus consecuencias, que son bocas que llevan cinco, diez o quince años sin una revisión. Casi siempre hay detrás una mala experiencia, muchas veces de la infancia, o una sensación de pérdida de control: estar tumbado, con la boca abierta, sin ver lo que ocurre. Es un miedo comprensible. Lo que ya no tiene sentido es pagarlo con la salud.
¿Cuáles son las consecuencias de dejar pasar el tiempo por miedo al dentista?
La consecuencia principal es que perdemos la ventaja de llegar pronto. Una caries que se resuelve en una cita se convierte en una endodoncia; una inflamación de encías, en una enfermedad periodontal con pérdida de hueso; una pieza que se podía conservar acaba en extracción. El miedo no congela el problema: le da tiempo.
Y hay un segundo plano del que se habla menos. Quien evita al dentista suele acabar evitando otras cosas: comer ciertos alimentos, sonreír en las fotos, hablar cerca de otras personas. He visto pacientes que llevaban años tapándose la boca al reír. Eso también es enfermedad, aunque no salga en la radiografía.
¿Cómo identifica un odontólogo que un paciente tiene ansiedad o miedo, aunque no lo diga expresamente?
El paciente casi nunca entra diciendo "tengo miedo". Lo dicen sus citas canceladas dos o tres veces antes de venir, las manos agarradas al sillón, la respiración acelerada, la necesidad de preguntar constantemente qué viene ahora. A veces lo dice una frase aparentemente banal: "Yo soy muy cobarde para esto". La ansiedad no se detecta en diez minutos. Por eso defendemos que la primera visita sea larga y sobre todo diagnóstica: explorar, escuchar y entender qué preocupa a esa persona antes de proponer nada. En nuestro caso le dedicamos una hora. Es tiempo bien invertido, porque un tratamiento técnicamente perfecto puede fracasar si el paciente no vuelve.
Hay personas que sienten un reflejo nauseoso muy intenso. ¿Es también una barrera para acudir al dentista?
Sí, y es de las barreras que más vergüenza generan. Muchos de estos pacientes se disculpan al sentarse, convencidos de que son "difíciles" o de que exageran. Conviene decirlo con claridad: el reflejo nauseoso es fisiológico, un mecanismo de protección que todos tenemos, y la ansiedad lo amplifica. No es falta de voluntad ni de valentía. Hoy tenemos maneras de trabajar con él: adaptar la técnica y las posturas, avanzar de forma progresiva, avisar de cada paso para devolver al paciente la sensación de control y, en los casos más intensos, recurrir a la sedación. El mensaje es que tiene solución, y que nadie debería renunciar a tratarse por ello.
¿Ha cambiado la forma de tratar a estos pacientes respecto a hace unos años?
Ha cambiado la técnica y ha cambiado la mentalidad. La técnica es evidente: procedimientos menos invasivos, anestesias que se administran sin dolor si se hace despacio y bien, aparatología más silenciosa y precisa. Pero el cambio de mentalidad es mayor: hemos entendido que la experiencia del paciente forma parte del tratamiento, no es un adorno. Explicar cada paso, pactar una señal para parar, respetar el ritmo de cada persona: eso también es odontología. La empatía bien empleada es una herramienta terapéutica, y a diferencia de la tecnología, no se queda obsoleta.
¿Qué puede hacer una persona que lleva años sin ir al dentista porque siente auténtico pánico?
Lo primero, decirlo. En la primera llamada, sin esperar a estar en el sillón. Cuando el equipo lo sabe, todo se puede adaptar: una primera visita solo para hablar y explorar, sin tratamiento; más tiempo para explicar; avanzar al ritmo que esa persona necesite. Y lo segundo, quitarse una idea de la cabeza: nadie le va a reñir. Muchos pacientes no temen tanto el dolor como el reproche, que alguien les diga "cómo ha podido dejarse la boca así". A un paciente no hay que reprocharle el tiempo que ha tardado en venir; bastante mérito tiene haber venido. La inmensa mayoría descubre que era capaz de mucho más de lo que creía.
En los casos de ansiedad más intensa, ¿qué recursos existen actualmente?
Para el miedo que bloquea existe la sedación consciente. Puede ser inhalada, con óxido nitroso, indicada para ansiedades moderadas, o intravenosa, que en nuestro caso realiza siempre un médico anestesista y que exige autorización sanitaria específica; nosotros trabajamos con ella desde 2016. El paciente permanece consciente y colabora, pero vive el tratamiento con una tranquilidad que él mismo no se creía capaz de tener. Dicho esto, la sedación no sustituye a la confianza entre paciente y profesional: la complementa. Su mayor valor es romper el bloqueo inicial. Después de una o dos experiencias buenas, muchos pacientes dejan de necesitarla. El miedo se aprendió con malas experiencias y se desaprende con buenas.
Además del miedo, muchas personas retrasan su tratamiento por motivos económicos. ¿Cómo influye este factor?
Influye, y sería absurdo negarlo. Pero conviene ordenar el razonamiento: lo que encarece la odontología no es la revisión, es el retraso. La prevención es siempre el tratamiento más barato, y llegar tarde, el más caro. Quien acude a sus revisiones periódicas rara vez se enfrenta a un presupuesto que le desborde. Cuando el tratamiento ya es necesario, hoy existen fórmulas de financiación y de planificación que permiten abordarlo sin que el dinero sea la barrera. Mi consejo es que el paciente pregunte antes de renunciar. En odontología lo importante no es cuándo se paga un tratamiento: es que se planifique bien y se termine.
¿Qué mensaje le daría a quien está leyendo esta entrevista y lleva meses, o incluso años, retrasando su visita al dentista?
Que el primer paso es el más difícil y también el único imprescindible: una llamada diciendo "hace mucho que no voy y me cuesta ir". Todo lo demás es trabajo nuestro, no suyo. Llevo décadas viendo pacientes que entraban convencidos de que su caso era el peor que habíamos visto, y salían sorprendidos de lo distinta que fue la experiencia respecto a la que imaginaban. La odontología actual tiene recursos para que la visita sea segura, cómoda y adaptada a cada persona. Lo peor no es el sillón: es la espera.
Para saber más
Quienes quieran profundizar en la relación entre ansiedad y atención sanitaria pueden escuchar el pódcast 'Bocas Importantes', en especial los episodios dedicados a la anestesiología y a la psicología, donde distintos especialistas abordan cómo afrontar el miedo en el entorno sanitario y el papel de la sedación y la gestión emocional en la experiencia del paciente.
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