Los elfos de la Navidad, sorprendidos en las cocheras del tranvía
Un cuento de Navidad para recordar cómo el Ayuntamiento de Zaragoza decora la ciudad en estas fiestas.
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A veces, la magia ocurre donde nadie mira. Ni en las plazas iluminadas, ni en los escaparates relucientes, sino en lugares tan inesperados como… las cocheras del tranvía. Sucedió en Zaragoza. Eran las cuatro y pico de la madrugada. La ciudad aún bostezaba y las calles esperaban dormidas a los primeros madrugadores que se atrevieran a hacer frente al frío. Fue entonces cuando sucedió lo impensable: los elfos habían estado allí.
Los vigilantes lo negaron, las cámaras no captaron nada, pero los operarios lo vieron clarísimo: aquel brillo en el suelo no era aceite industrial; ese aroma dulce no venía de ninguna pintura; y ese tranvía… bueno, a ese tranvía parecía que alguien le había contado un secreto que le hacía sonreír por dentro.

Porque —y esto ya debería saberse— la Navidad en Zaragoza empieza donde menos se espera. Y los primeros en llegar para estas fechas no son los turistas, ni los villancicos, ni siquiera los polvorones que llevan ya días en las estanterías de los supermercados: son los elfos. Pequeños, rápidos y más organizados que un equipo de mantenimiento.

“Tenemos prisa, la ciudad ya se está despertando”, se escucharon unas agudas voces, aceleradas por la prisa y entrecortadas por el esfuerzo de trepar por los retrovisores. Unos, revisaban líneas de luces; otros, entre risas, empezaban a repasar todo el trabajo: "La plaza del Pilar ya está lista", anunció uno desde el techo del convoy, ajustando una guirnalda. "La Muestra Navideña abre cada día hasta las 10.00, y los sábados hasta medianoche", añadió otro, a la vez que pintaba con luz un camino invisible reservado para ojos infantiles. "No olvidéis el Árbol de los Deseos", apuntó una elfa, que estaba marcando rutas imaginarias. "Desde el 29 de noviembre, hasta fin de año, se escriben allí los sueños que importan", les explicó.
Luego, para deleite de todos los pequeños invitados, llegó el momento de hacer lo que mejor se les da, esas pequeñas travesuras que ponen una sonrisa a todos los pequeños ciudadanos de Zaragoza. Desde el elfo que probó los trineos neumáticos. "¡¡Este año bajan como relámpagos!!" gritó con alegría mientras buscaba el gorro que había perdido por la velocidad de la aceleración) hasta la elfa que dejó la pista de hielo brillante “como recién estrenada”, fueron sus palabras. Todos encontraron una divertida travesura con la que pasárselo. Hasta el el más goloso de todos, quien aseguró que en el Sweet Palace ya olía a merengue desde las once. Mención aparte para el que revisó el Expresso Navideño y lo dejó listo para su viaje al Polo Norte.

Un elfo muy pequeño —tan pequeño que casi parecía un parpadeo— levantó la mano: "¡Ah! No os olvidéis de que en el Belén de la plaza del Pilar vamos a dejar un juego escondido. Se llama El misterio del belén. Pueden participar todos, solo necesitan un papel o un código. No diré más. Que lo descubran ellos". Así los elfos siguieron jugando y probando todo lo que habían dejado preparado para los vecinos de Zaragoza hasta que el más responsable les recordó que recordó que Papá Noel tiene un horario, porque hasta la magia necesita descansar. Eso sí, al fía siguiente, estaría listo en su casita para recibir a todos los niños que quisieran pasar a saludarle.
Y cuando ya lo habían dejado todo listo, desaparecieron. Sin ruido. Sin huellas. Solo un destello suave en las escaleras y un mensaje escrito en el cristal del tranvía que desde, ese instante, ya era El Tranvía de la Navidad.
“La Navidad ya está en marcha. Zaragoza, donde la magia sucede.”