especial 'mi trabajo te da vida'
Cuando el amor a un oficio y la tradición animan a seguir cuidando de la granja
El oficio de ganadero acompaña al ser humano desde hace siglos, generando pasiones como las de las tres sagas aragonesas de trabajadores del sector que comparten su historia familiar en estas páginas.

Enrique Pequerul, de 23 años, se encarga en la actualidad junto a su padre, Francisco Enrique Pequerul, de la gestión de la granja porcina que la familia tiene en Vinaceite. Mucho han cambiado las cosas desde que empezaron con una pequeña nave de 650 animales. Progresivamente, a base de esfuerzo, fueron aumentando las plazas "hasta hoy, que tenemos dos explotaciones con 5.000 plazas entre las dos y con vistas de seguir creciendo", comenta orgulloso el vástago.
Decidir su futuro resultó sencillo para Enrique. "Seguí en el sector de la ganadería, ya que he crecido viendo criar a los cerdos y, a la hora de tomar la decisión de a qué me iba a dedicar, no dudé ni un segundo en seguir con el negocio familiar", explica.
Efectivamente, ya desde niño tenía muy clara su vocación, tal y como contaba en las páginas de HERALDO DE ARAGÓN en el año 2006, cuando con solo cuatro años, revelaba que le gustaba "dar de comer a los cerditos y a su perrita Pinta". Y es que su infancia transcurrió en la granja: "Recuerdo que iba siempre que podía. Me gustaba mucho pasar el tiempo con mi padre, aprendiendo poco a poco todo lo que podía", recuerda, y aún hoy en día, afirma rotundo que prácticamente todo lo que sabe sobre el sector lo ha aprendido de su progenitor "porque siempre lo tenía ahí para enseñarme y darme buenos consejos gracias a su experiencia".
Aunque la simbiosis entre padre e hijo es perfecta en la granja, Francisco Enrique Pequerul tuvo sentimientos encontrados cuando su vástago le dijo que quería seguir sus pasos. "Por un lado, me alegré al ver continuidad en el trabajo al que tanto esfuerzo y empeño le he puesto; pero, por otro, sentí vértigo, ya que esta no es una profesión cualquiera. Es un oficio muy sacrificado, los animales no entienden de fines de semanas ni días festivos. Aún así, estoy muy contento con su decisión y le apoyo", cuenta el padre.
A pesar de la dureza del oficio, sus 30 años de experiencia permiten a Francisco Enrique ver mejoras en la calidad de vida de los trabajadores gracias, sobre todo, a los avances tecnológicos. Los sistemas automáticos de las ventanas o los motores para dar de comer a los cerdos incorporados en sus granjas, gracias a la "visión más digital" de su hijo, son claros ejemplos. "Poco a poco fue tomando más decisiones y hemos ido incorporando sistemas para automatizar las explotaciones y hacer el día a día más llevadero", explica. Aunque no todo son ventajas, tras estos años, Enrique recuerda con cierta nostalgia como antes "había menos burocracia".
De abuelos a nietos

Caspe es otra de las localidades de Aragón en las que el ganado porcino tiene gran peso. Las explotaciones, de pequeño y mediano tamaño, se unieron hace ya varias décadas en la cooperativa ganadera de la localidad, siendo uno de los socios fundadores la familia de Manuel Fillola, quien la ve como "una entidad que aporta valor al negocio".
La saga ganadera de su familia fue iniciada por el abuelo José Fillola, quien comenzó con ovino y bovino, aunque desde el año 1980 se dedican en exclusiva al cerdo. Manuel Fillola tomó el relevo de su padre y recuerda cómo sus inicios en la explotación fueron duros. "Teníamos pocos medios, pero la ilusión de tirar hacia adelante junto a mis dos hermanos era grande". Además, recuerda con ilusión cómo ese trabajo le permitió quedarse en Caspe, algo que en aquel momento valoraba mucho.
Sobre la situación actual del sector, reconoce que hay una mayor tecnificación que facilita el día a día de los trabajadores, pero ve un problema derivado: "Falta mano de obra cualificada".
Su hijo (también Manuel Fillola) lleva en la actualidad el negocio junto a sus primos, los nietos del fundador. "Siempre nos ha gustado estar en la granja y nuestros padres y abuelos nos han inculcado la importancia de la ganadería".
El actual encargado de la explotación estudió, antes de entrar a trabajar, un grado superior de actividades agroalimentarias y reconoce que, desde que entró hace 15 años en la explotación familiar, el negocio ha ido ganando en eficiencia y rentabilidad. "Además, nos sentimos orgullosos de dar trabajo a más de diez personas en la granja", afirma.
Cultura de trabajo

Aunque también pertenece a la Cooperativa de Ganaderos de Caspe, la historia de Javier Rafales es diferente. Este joven trabaja en la granja de la familia de su padrastro, Francisco Javier Giraldos; fundada por su abuelastro, Tomás Giraldos, con el que Javier coincidió trabajando mano a mano durante sus primeros años en la explotación. "Era un contraste de formas de ver el trabajo. Éramos como el perro y el gato", recuerda y afirma cómo, de aquellos días, se queda con la "cultura del trabajo" que le transmitió Tomás. "Tanto de él como de mi padrastro he aprendido a darle importancia a lo que realmente la tiene", explica.
De 39 años y trabajando en la granja desde los 17, Javier es consciente de cómo ha cambiado el sector a lo largo de este tiempo. "Tenemos turnos de trabajo diferentes, instalaciones que nos permiten trabajar mejor y se nota el avance de la tecnología que hace que nuestro día a día sea más llevadero", indica. Sin embargo, esto no significa que todo sea perfecto en la actualidad. Por ejemplo, Javier recuerda que, cuando comenzó "teníamos menos presión patológica".
Relevo generacional
Cuando miran al futuro de su profesión, cada ganadero tiene una visión muy particular sobre el relevo generacional.
Mientras Francisco Enrique Pequerul mira con orgullo a la segunda generación de un negocio cuya supervivencia está garantizada, Manuel Fillola y Javier Rafales tienen visiones contrapuestas. Al primero le encantaría que alguno de sus hijos siguiera con la tradición familiar, mientras que el segundo señala que "preferiría que se dedicaran a otra cosa, aunque estuviera vinculado a la ganadería".
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