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'El Ministerio del Tiempo': nada de ciencia, todo ficción

En los viajes al pasado que emprenden los protagonistas de la serie, la presencia de científicos y tecnólogos no parece necesaria. ¿Qué impedía enviar a la brigada temporal a salvar a Miguel Servet de la hoguera preparada por Calvino, o asociar las puertas del tiempo a las ecuaciones formuladas por un matemático de Al Andalus? Se ha perdido la oportunidad de combinar la enseñanza de la historia con la puesta en escena de hitos de la ciencia.

Pablo Francescutti/Agencia Sinc 05/06/2016 a las 06:00
En 'El Ministerio del Tiempo', la presencia de científicos y tecnólogos no parece necesaria.RTVE

Difícilmente haya una idea más contraintuitiva que la de invertir la flecha del tiempo. La segunda ley de la termodinámica es taxativa: es imposible que la ceniza retorne al leño, o que las hojas caídas suban al árbol, o que los esqueletos recuperen su carne.

Sin embargo, esa ley física no ha resultado impedimento para que la fantasía del viaje al pasado goce de enorme popularidad entre nosotros. Preguntemos a cualquier joven qué es una máquina del tiempo y veremos que el plan de visitar la antigüedad le resulta más creíble y real que muchos de los principios científicos más asentados.

Quizás la culpa la tengan Einstein y su relatividad especial; o quizás la cosmología y sus paradojas del espaciotiempo; o la física de los multiversos; o tal vez esas teorías, al desestabilizar el concepto de tiempo absoluto de cuño newtoniano, hayan contribuido en conjunto a dar credenciales de respetabilidad a una lucubración ideada a finales del siglo XIX por H. G. Wells, el fundador de la ciencia ficción.

Sea como fuere, el caso es que hoy ese experimento mental ha adquirido un estatuto icónico en el imaginario contemporáneo, dotado de un tirón al que ni la televisión se ha podido resistir.

La primera en apropiárselo fue la BBC con la serie 'Dr. Who'. Centrado en las andanzas de un enigmático alienígena dedicado a luchar contra los opresores de todas las eras, el programa no descuidaba la función didáctica, pues entre sus protagonistas figuraban dos profesores de secundaria a quienes los viajes por el futuro permitirían enseñar ciencia, y los del pasado, historia.

De la tecnología del 'Dr. Who' a la magia de las puertas del tiempo

La serie, estrenada en 1963, se convirtió en un gran éxito de la cadena británica que todavía hoy sigue en pantalla. Medio siglo más tarde, TVE ha tomado el testigo con 'El Ministerio del Tiempo'. Aquí también tenemos una saga de peripecias temporales emitida por una televisión pública con éxito, vista su repercusión en las redes y su legión de fans, los 'ministéricos'; pero los parecidos acaban allí.

La primera diferencia radica en el ámbito de la acción. 'Dr. Who' no conoce límites espaciotemporales; en la serie española solo se puede ir hacia atrás y siempre a territorios sujetos a la jurisdicción de la Corona. Otra disparidad: en el precedente reina el espíritu de aventura; aquí se trata de misiones secretas encomendadas por la administración española. La preservación del pasado es un asunto de Estado y las travesías buscan evitar alteraciones de la historia nacional al servicio de intereses espurios.

Más curioso es el origen del ministerio. Su creación se remonta a los Reyes Católicos, a un pacto entre Isabel I y un rabino, por el cual este le confía el secreto de las puertas del tiempo a cambio de inmunidad frente a la Inquisición. Tales aberturas se distribuyen a lo largo y ancho de la piel de toro, y el ministerio las controla desde un vetusto edificio en apariencias abandonado, en el centro de Madrid.

Ese origen rabínico introduce otra diferencia con las series anteriores. En 'Dr. Who' se paseaban por los siglos a bordo del TARDIS (siglas de Time And Relative Dimension in Space), un artefacto con la forma de una cabina telefónica (una tecnología de la comunicación).

En la serie 'El túnel del tiempo', los científicos se internaban en un corredor cilíndrico que, por su ubicación ultrasecreta en el desierto de Arizona, evocaba al Proyecto Manhattan; y en 'A través del tiempo', el protagonista –otro científico– saltaba al pasado valiéndose de un acelerador de partículas. En los tres casos el viaje era posible gracias a dispositivos técnicos con evidente conexión con la ciencia contemporánea.

Una historia de hadas, no de ciencia

En cambio, en 'El Ministerio del Tiempo' las mentadas puertas parecen más cosa de magia que de instrumental de laboratorio. Y si bien nunca se especifica el 'know-how' de esos pasajes al pasado, la figura del rabino, un religioso asociado a saberes místicos como la cábala, enmarca a la serie de lleno en lo fantástico. Otro tanto hace el Libro de las Puertas que encierra su secreto, pues el libro prohibido es un tópico del relato maravilloso.

Lo más próximo a una concepción moderna del tiempo lo visualizan los relojes de arena, engranajes y relojes mecánicos de los títulos de crédito; aunque las llaves antiguas vuelven a enviarnos a la literatura gótica y sus castillos con aberturas misteriosas.

Esas alusiones obviamente no interpelan a un espectador familiarizado con la física relativista o la cosmología, sino a uno conocedor de los cuentos de hadas y los saberes arcanos. No son las únicas: el guiño a las pseudociencias con la evocación del programa de Jiménez del Oso, o la búsqueda del Santo Grial en Montserrat confirman que el guion no se dirige a cabezas amuebladas con la divulgación de Stephen Hawking o Richard Feynman sino con las novelas de Dan Brown y Javier Sierra.

Igual de revelador resulta el objeto de los afanes ministeriales, vale decir, los bienes o situaciones históricas juzgados dignas de protección. En la primera temporada, en tres ocasiones se trata de salvar bienes de valor artístico: las vidas de Lope de Vega y del Lazarillo de Tormes, y la restitución del Guernica de Picasso; en otras cuatro, bienes de índole política (evitar los asesinatos del Empecinado y de Isabel II, mantener la neutralidad española en la Segunda Guerra Mundial, y proteger el secreto del ministerio).

En resumen: nada relacionado con el progreso del pensamiento o de la técnica.

Fijémonos ahora en los agentes del ministerio, supuestamente lo mejor de cada época de España. Entre ellos encontramos funcionarios de carrera; un enfermero del Madrid contemporáneo; un soldado del Tercio de Flandes; la primera mujer estudiante de la Universidad de Barcelona; un hidalgo castellano de finales del siglo XIV...; secundados por auxiliares de la talla de Antonio de Espínola, gran jefe militar del siglo XVII, y el pintor Diego de Velázquez.

Curiosamente, debe de ser la primera serie de viajes en el tiempo en donde la presencia de científicos y tecnólogos no es considerada necesaria.

¿Dónde están los científicos del pasado?

Esa llamativa ausencia es coherente con el papel testimonial que ocupa en la trama el patrimonio científico. Aparte de una afortunada excepción con la aparición de Gregorio Marañón en la segunda temporada, en el episodio de la gripe española, todo se reduce a un par de referencias a Ramón y Cajal; la primera cuando se discute el riesgo de que una bala perdida mate a un campesino en el siglo XVI y años más tarde el neurólogo aragonés no sea engendrado; la segunda, en el episodio de la Residencia de Estudiantes de Madrid, cuando se menciona su nombre de pasada junto al de Severo Ochoa entre sus ilustres residentes, menciones de inmediato eclipsadas por el protagonismo concedido a García Lorca, Buñuel y Dalí.

Un ministérico me dirá que ni Ochoa ni Cajal lograrían cautivar a la audiencia. La explicación no pasa por ahí, sino porque lo que de veras fascina a los creadores es la historia nacional; mejor dicho, la historia de España vista a través de las correrías del Alatriste de Pérez Reverte y las teleseries de época. Y esa fascinación no deja espacio a otras temáticas, como la científica.

No entro a valorar lo fidedigno de las representaciones históricas en 'El Ministerio del Tiempo', ni su valor de acicate para conocer los personajes y hazañas del ayer; me limito a señalar lo sorprendente de una serie de ciencia ficción donde la ciencia brilla por su ausencia (si bien a un chistoso le he oído decir que el colmo de la ciencia ficción es un ministerio español que funcione bien).

Barrunto que algo tendrá que ver el hecho de que, por razones desconocidas, en estas narraciones se hayan descartado los viajes al futuro. En la anticipación científica, los saltos al porvenir han sido la ocasión para escenificar, criticar y reflexionar sobre el avance científico-técnico. Al tapiar la puerta al mañana, los guionistas se han privado de esa posibilidad haciendo gala de un desinterés por el porvenir en el que no cuesta ver el síntoma de la desesperanza en el futuro de una sociedad cada vez más ensimismada en lo que ha sido.

En ese sentido puede hablarse de una oportunidad perdida: la de combinar la enseñanza de la historia con la puesta en escena de hitos de la ciencia patria. Porque aunque en su trayectoria no hay mucho donde rascar, tampoco es un páramo desolado.

¿Qué impedía enviar a la brigada temporal a salvar a Miguel Servet de la hoguera preparada por Calvino o asociar las puertas del tiempo a las ecuaciones formuladas por un matemático de Al Andalus?

No descartaría que, en un universo paralelo, una TVE alterna emita un episodio sobre las intrigas de un rival extranjero para birlarle el Nobel a Ramón y Cajal, u otro dedicado, como sugiere un ministérico, a implicar a Isaac Peral y su submarino en la guerra de Cuba; todo condimentado con reflexiones acerca de agujeros de gusano, supercuerdas y agujeros negros. Pero me da a mí que esa breva no caerá, al menos en este espaciotiempo.

Pablo Francescutti Sociólogo, profesor e investigador en el Grupo de Estudios Avanzados de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos y miembro del Grupo de Estudios de Semiótica de la Cultura.







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