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Una hoja de servicios con 1.000 salvamentos

​Los pilotos José Mª Baranco y José Manuel Valcárcel han alcanzado ya esta cifra. De las historias con final feliz destacan la localización este verano de un abuelo y sus nieto.

M. J. V. Actualizada 04/11/2015 a las 08:15
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"Tenemos que tomar decisiones sobre la marcha, porque cuando nos avisan no siempre sabemos qué nos vamos a encontrar, qué tiempo hará o cuántas personas habrá que evacuar". Lo explica el teniente José María Baranco, uno de los dos miembros de la unidad de helicópteros de Huesca que ha superado la barrera de los 1.000 rescates. El otro es el sargento primero José Manuel García Valcárcel. Entre el millar de historias vividas por estos dos pilotos de 42 años, las hay dramáticas y otras "muy gratificantes". "En todas ponemos el mismo empeño, cada caso es importante para la persona que está esperando que la saquen de allí".

El sargento García Valcárcel lleva 13 años en Huesca y aún se emociona al hablar del rescate de una médico que trabajó con ellos. "Llevábamos dos intervenciones, en muy malas condiciones meteorológicas, y este se produjo a última hora. Fue muy triste ver cuando la metían en el helicóptero. La animamos, hablamos con ella... Murió al llegar a Zaragoza". El contrapunto a esta historia es la localización con vida de un abuelo y sus dos nietos, perdidos en julio en Benasque en una tormenta. "Cada minuto que pasaba nos temíamos lo peor. Tuvimos que parar la búsqueda de noche, pero estábamos deseando que amaneciera para volver a la montaña. Cuando los vimos desde el aire casi di saltos de alegría", relata García Valcárcel.

Él recuerda muy bien su rescate número 1.000, un auxilio a una montañera con una pierna fracturada en Ordesa, una zona boscosa de difícil acceso, lo que unido a la caída del sol estuvo a punto de hacer abortar la operación. Su récord de intervenciones en un día está en nueve. Fue en junio de 2009, entre las 7.00 y las 22.00, porque en esa fecha solo había un aparato operativo. Llegó un momento en que la tripulación pensó que ya no podía haber más, "pero luego nos llamaron para ir al barranco de Gorgas Negras y a Benasque". En jornadas así el tiempo de repostar se aprovecha para comer algo.


Lo peor, el viento y la altitud

Si volar es una profesión de riesgo, más complicado resulta pilotar en el Pirineo en medio de una ventisca, por un estrecho barranco o maniobrando a 3.000 metros con la potencia del motor mermada por la altitud. Sin embargo, este es el día a día de la UHEL 41, de cuya pericia y sangre fría depende la seguridad de los especialistas en montaña, los sanitarios que viajan con ellos y los propios accidentados. A la vez, el comportamiento de estos los puede poner a todos en riesgo.


"Sé lo que van a hacer los compañeros del Greim, por ejemplo recoger bien el material para que no se meta nada en el rotor de cola, pero cuando un montañero puede cometer errores que impliquen un accidente. Por eso, lo tenemos todo muy protocolarizado. Nadie hace nada si no recibe instrucciones desde dentro de la cabina", explica Baranco, con 15 años de experiencia en la unidad y que ya ronda los 1.300 rescates. Cuando habla de ello tiene en mente la muerte de tres guardias en León en 2014 al estrellarse su helicóptero en un auxilio.


Baranco y Valcárcel no entran a valorar las posibles negligencias de los accidentados, "necesitan ayuda y hay que sacarlos", y tienen claro que su cometido es acercar lo máximo posible al personal de tierra. "Dejar 400 metros más abajo al especialista de montaña puede suponer tres horas de ascensión y resultar más peligroso. Hay veces que las palas del rotor se acercan a la pared, pero igual es más seguro que un largo trayecto a pie, o el accidentado está herido y no puede esperar", explica Baranco, quien el pasado fin de semana hizo seis rescates entre las siete de la mañana y las nueve de la noche. "Paradas, las justas para tomar un café en un refugio de montaña y poco más".







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