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"Si no logro el indulto con las firmas, iré a prisión por una patada que no quise dar"

Los trabajadores del Royo Villanova intentan evitar que un compañero cumpla tres años de cárcel por pelearse con un vigilante del hospital que perdió un testículo.

Marta Garú. ZARAGOZA Actualizada 06/09/2015 a las 07:22
Rafael López Lahoz, ayer, ante el Hospital Royo Villanova, donde trabaja y ocurrieron los hechos.a. navarro

Si la Audiencia Provincial de Zaragoza no atiende su súplica y le concede un aplazamiento hasta que se resuelva su indulto, Rafael López Lahoz, de 39 años, deberá entrar en prisión el próximo 11 de agosto para cumplir la pena de tres años que le fue impuesta por causar la pérdida de un testículo de un vigilante de seguridad. Ambos, trabajadores del hospital Royo Villanova, se enzarzaron en una pelea que, en principio, se saldó sin consecuencias graves. Él sufrió un mordisco en un dedo del que todavía da cuenta una cicatriz, pero el vigilante recibió una patada en el escroto que, desgraciadamente, con los días evolucionó mal y hubo que extirparle un testículo.

Estos hechos fueron calificados como un delito de lesiones con pérdida de un miembro no principal y el tribunal de la Sección Sexta acabó por imponerle la mínima pena posible, ya que tuvo en cuenta que el acusado adelantó 4.000 euros en concepto de indemnización y le aplicó la atenuante de reparación del daño. No obstante, la cantidad final que fijó la sala ascendió a 101.000 euros para el afectado y 11.994 para la mutua que le operó. La sentencia fue dictada en diciembre de 2014 y, desde entonces, le ha ido pagando 50 euros al mes. "Lo que he podido", afirma.

Rafael López está muy arrepentido de lo que ocurrió aquel fatídico 13 de noviembre de 2011 en el Royo Villanova. Como ya hizo ante el tribunal que lo juzgó en 2014, ayer rememoraba la situación que desembocó en una riña que "nunca debería haberse producido". Recuerda que cuando ocurrió llevaba trabajando cinco años en el hospital y que al llegar este vigilante empezó a tener problemas. "Nos llamaba a los de mantenimiento diciéndonos que teníamos que reparar esto o aquello, saltándose los protocolos y nos alteraba el trabajo habitual", cuenta. Y, sobre todo, recuerda que se metía continuamente con él.
"Yo entonces llevaba rastas y cuando se cruzaba conmigo me decía con desprecio: “Cualquier día te corto esos pelos, perro flauta. Pero lo que más me molestaba era que me ridiculizaba constantemente por el problema que tengo al pronunciar la erre y al verme me soltaba lo del perro de San Roque no tiene rabo", señala.

Un golpe fatal

La situación se exacerbó el 13 de noviembre, cuando el vigilante llamó repetidas veces para que fueran a ver unas luces. "Al final lo mandé a hacer puñetas y él fue a quejarse al médico jefe de guardia, que me llamó para pedirme que fuera hablar con él. Fue un error, pero lo hice", admite. La conversación terminó a tortazos. "En un momento dado él, que pesaba 120 kilos, me cogió y me hizo el ‘abrazo del oso’. Le puse la mano en la cara para separarme y me enganchó un dedo con los dientes. Entonces, para zafarme, le di una patada", cuenta. Ese golpe resultaría fatal pues al vigilante terminaron extirpándole un testículo. Además, la empresa le despidió y, según los forenses, esto le afectó anímicamente. En el juicio, la víctima negó que tuviera tratos con el acusado, dijo que le respondió de malas formas cuando le pidió que arreglase unas luces y afirmó que fue Rafael López quien empezó la riña.


El Tribunal Supremo desestimó que el golpe fuera en legítima defensa por el hecho de que, como alegó el acusado, su comportamiento hubiera sido meramente defensivo ya que el vigilante iba armado con una porra, era corpulento y estaba preparado para la defensa personal. El Supremo recordó que los intervinientes en una riña mutuamente aceptada se convierten en agresores, y que los hechos cometidos por cada uno de ellos no pueden considerarse por tanto defensivos. Además, entiende que incluir datos como que no hubiera intención de causar los daños infligidos o de que la víctima se burlara de su defecto del habla no busca dar más claridad a lo ocurrido sino intentar rebajar la responsabilidad del procesado.

Rafael López lamentaba ayer de nuevo su reacción y admitía que debería "haberlo denunciarlo por acoso" y no haber entrado nunca al trapo de sus provocaciones. Sin embargo, es consciente de que nada de esto tiene ya arreglo. Sus compañeros del hospital no dejan de recoger firmas –llevan 400 en solo cuatro días– y también piden apoyo en su nombre en locales como la Virosta, en la Magdalena, o la Mazmorra, en las Tenerías. El trabajador, en su escrito a la Audiencia y su petición de indulto, apela a la humanidad del tribunal pues está a cargo el cuidado de su madre, una mujer viuda, con una dependencia del 82%, en silla de ruedas, con graves deficiencias auditivas y visuales, ajena a lo que le pasa a su hijo y que cumplirá 78 años dos días después de que él, si no lo evitan los magistrados, entre a la cárcel.




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