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Tanatoturismo

Me pierden los huesos

Calderón de la Barca fue emparedado. A Lope de Vega lo desahuciaron del nicho. En Alemania, el poeta Schiller es un impostor con dos calaveras. Y a Dante lo guardaron en seis sobres.

Julia Fernández Actualizada 06/04/2015 a las 22:23
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Las autoridades se frotan las manos desde hace dos semanas a cuenta de Miguel de Cervantes. Después de más de un año de investigaciones, análisis y excavaciones aseguran que han encontrado "algunos fragmentos de huesos" del genio desperdigados entre los restos de otras 16 personas en una fosa del convento de las Trinitarias de Madrid. Lo avalan "datos forenses, antropológicos e históricos". Es decir, que han encontrado restos que corresponden a un varón con las características del escritor, pero no hay confirmación genética de que sea él. En las dos fases del proyecto se han invertido 114.000 euros de las arcas públicas. Sin embargo, el ministro de Cultura, José Ignacio Wert, ya echa las cuentas de la lechera: "De la misma forma que en Inglaterra la tumba de Shakespeare es un lugar de peregrinaje cultural para los ingleses y un hito, tener identificados los restos de Cervantes dará nueva vida al barrio de las Letras".

Visitar tumbas, lo que se ha bautizado como tanatoturismo o turismo negro, es un pasatiempo para muchos. Cada año, el gigantesco cementerio Pere Lachaise de París recibe unos dos millones de turistas. Los residentes lo utilizan como parque y los foráneos se acercan a contemplar los enterramientos de gente como el cantante Jim Morrison. También yace allí el dramaturgo Óscar Wilde, acompañado de un gigantesco ángel de granito al que castraron en un acto de vandalismo hace medio siglo. Más tarde, en 1999, se puso de moda besarlo con los labios pintados y los responsables tuvieron que limpiar la piedra e instalar un cristal protector para poner fin a la guarrería.

Este tipo de turismo "es un fenómeno que tiene raíces muy antiguas", señala John Lennon, profesor de la Universidad de Glasgow y uno de los primeros estudiosos del tema. En España, sin embargo, "solo hace diez años que se ha asentado", confirma Jordi Valmaña, director general de Cementerios de Barcelona y único representante español en el comité directivo de la Asociación de Cementerios Significativos de Europa. A los que lo practican les mueve el interés por el patrimonio "material e inmaterial" más que el morbo.

"No existen informes de su impacto económico", pero es un negocio. Unas veces de forma directa, como en la londinense abadía de Westminster, donde se pagan 28 euros para ver las tumbas de los escritores Charles Dickens y Rudyard Kipling o el naturalista Charles Darwin. Y otras, gracias al gasto que los turistas hacen en bares, restaurantes, hoteles, propinas... Esto es lo que pasa en el lugar donde reposa Shakespeare, el modelo que ha inspirado a Wert en sus ambiciones cervantinas.

Stratford-upon-Avon, al sur de Birmingham, tiene 25.000 habitantes. Cada año, su iglesia, la de la Santísima Trinidad, recibe unas 250.000 visitas para ver la tumba, que está en el presbiterio, la placa conmemorativa de la pared y la escultura que lo representa con una pluma en la mano. No se cobra entrada, pero se ruega dejar un donativo de unos 2,7 euros (70 céntimos en el caso de ser estudiante).

Pero el caso de Cervantes "no tiene nada que ver con el de Shakespeare", sostiene la periodista Nieves Concostrina. Lleva casi dos décadas trabajando en la revista ‘Adiós’, que informa y reflexiona sobre la muerte, y ha escrito varios libros contando los avatares de los cadáveres más exquisitos. Se explica: los restos del literato inglés, que falleció diez días después de Cervantes, jamás se han movido, y los del padre de ‘El Quijote’ "nunca se les echó cuentas".

Mondas de parroquia

En España "hemos perdido" los cuerpos de nuestros hombres más ilustres. "Hasta el siglo XIX la muerte era monopolio de la Iglesia y ésta la ha gestionado muy mal", explica la escritora. Las tumbas eran un "negocio" muy rentable. "Cuando se llenaban, había que vaciarlas para nuevos enterramientos". El problema era qué se hacía con los restos. Muchos se amontonaron en osarios sin identificación, incluidos los de personajes notables. Eran las "mondas de parroquia".

Así ocurrió con Lope de Vega en el convento madrileño de San Sebastián. Se le desahució de su nicho y acabó en una fosa común. Pero el pastel no se descubrió hasta que se plantearon exhumarle en el siglo XIX y se encontraron con los huesos de una mujer. En el caso de Calderón de la Barca, el cuerpo fue trasladado hasta seis veces... Terminó en el templo de Nuestra Señora de los Dolores, del barrio madrileño de San Bernardo. Con la Guerra Civil, el edificio se quemó y se creía que los huesos también, pero un sacerdote confesó que los habían emparedado. Nunca dijo dónde. El esqueleto de Quevedo es otro de los que está en paradero desconocido. Fue enterrado en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) y su tumba, profanada a los pocos días. En 1869, cuando el Gobierno reclamó los restos para llevarlos al panteón de ilustres que jamás construyó, se descubrió que no eran suyos: la calavera era de una mujer. En 2007, un grupo de investigadores halló huesos que atribuyó al escritor entre los de otros 167 fallecidos. Como con Cervantes, no hubo prueba de ADN.

Ahora bien, lo de extraviar peronés y calaveras no es solo patrimonio de España. Ahí está el caso del poeta alemán Friedrich Schiller. Cuando murió lo enterraron en una fosa común del Cementerio Jacobeo de Weimar. Dos décadas después, decidieron recuperar el cuerpo en una exhumación poco ortodoxa: se eligió un esqueleto cualquiera de los que había en el tajo y la calavera más grande. Los restos se guardaron durante casi dos años hasta encontrar donde darles sepultura. Durante este tiempo, su amigo Goethe se llevó el cráneo, aunque fue descubierto y tuvo que devolverlo. ¿Asunto concluido? No. En 1911 se halló otra calavera atribuida a Schiller. Al final, se enterró con los otros restos en el Cementerio Histórico. En 2008 se sometieron todos los huesos a análisis de ADN para determinar si eran los del literato. El resultado fue negativo.

El cráneo de Descartes

También el filósofo Descartes perdió la cabeza. Fue inhumado en Suecia por primera vez y luego se le trasladó a Francia, donde lo enterraron otras tres veces. Antes de la última, al comprobar el estado de los huesos, faltaba la calavera. Había sido subastada en Suecia, pero consiguieron recuperarla. Ahora se expone en el Museo del Hombre de París.

A Dante le honran en dos tumbas. La primera se halla en el templo de San Francisco de Asís, en Rávena, donde vivía exiliado. Sin embargo, Florencia, su localidad natal, quiso recuperar los huesos años después de fallecer. Lo intentó en varias ocasiones. En una de ellas, los monjes de Rávena decidieron ocultarlos para evitarlo. En otra, el sepulcro ya solo contenía polvo, que se repartió en seis sobres. Uno fue enviado a Florencia y permaneció extraviado hasta 1999. Pese a ello, la ciudad construyó su cenotafio de la basílica de la Santa Cruz.

El último en removerse en su sepultura ha sido Alejandro Dumas. El autor de ‘Los tres mosqueteros’ fue enterrado tres ocasiones. La primera en Puy, donde murió. La segunda, en su pueblo, Villers-Cotterêts. Y la tercera en París en 2002. El Gobierno francés decidió rendirle los honores que le fueron negados en 1870 por ser mulato e ingresó en el Panteón de Ilustres. En su pueblo, no todos lo celebraron: se les acababa de escapar su principal atractivo turístico.







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