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Cultura

La Esfera publica el 'Epistolario' que se conserva del Nobel Santiago Ramón y Cajal

Dirigió cartas a Costa, Castán Palomar o Lorente de No. Su editor denuncia la desaparición de 12.000 documentos

Antón Castro. Zaragoza Actualizada 23/12/2014 a las 09:04
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Retrato que Joaquín Sorolla le realizó a Santiago Ramón y Cajal.

"Santiago Ramón y Cajal es, por derecho propio, el único científico español que ha logrado entrar en la categoría de los grandes de todos los tiempos", escribe Juan Antonio Fernández Santarén (Madrid, 1951) en la introducción al ‘Epistolario’ del Premio Nobel de 1906, aragonés de Petilla de Aragón, que acaba de publicar en La Esfera de los Libros. El libro es como una detonación y el compendio de algunos "males de la patria": el estudioso, doctor en Ciencias Biológicas y especialista en Cajal, ha invertido más de cuatro años en la edición de un volumen que tiene 1.396 páginas y que constata el descuido y la negligencia con que se ha tratado el legado del sabio de la teoría neuronal: redactó más de 15.000 cartas y se conservan solo 3.510, es decir, se han perdido, o "han desaparecido", 12.000 y el autor considera que son muchas de las mejores; se han descuidado sus placas de cristal, se han perdido fotos. Algo que ya anunció hace años la revista ‘Arbor’, que denunciaba "una manipulación abusiva y cuidadosa, con originales recortados, arrancados de sus soportes secundarios, etc.".

La preparación de esta edición minuciosa ha revelado una paradoja casi grotesca e inverosímil, por no decir dolorosamente patética: más de 2.000 epístolas de Cajal que estaban en el CSIC y en su Instituto fueron vendidas a un librero de viejo, no se dice por quién, y este a su vez, con buen criterio, se las ofreció a la Biblioteca Nacional. Se pregunta Fernández Santarén: "¿cómo es posible que en el Instituto Cajal, el depositario universal del epistolario de Cajal, solo se encuentren 1301 cartas?" Y más adelante, explicados los desmanes, resume: "¿alguien entendería que se robaran ‘Las Meninas’ del Museo del Prado y se vendiera el cuadro al Museo Reina Sofía?".

Nueve bloques temáticos

De algunos de estos extremos informaba ayer HERALDO. Hoy nos centraremos en las cartas en sí mismas. El autor ha hecho una labor gigantesca y ha arrojado luz y generosidad allí donde solo había confusión e irracionalidad. Fernández Santarén ha organizado los textos en nueve bloques. El primero está centrado en la Escuela Histológica Española, y ahí se recogen cartas de su discípulo más joven, el científico zaragozano Rafael Lorente de No ("además, estoy deprimido, fatigado y desalentado espiritualmente. Tengo la sensación neta y desconsolada de haber perdido 50 años de trabajo", le escribió Cajal en 1933), de su hermano Pedro, que sería su gran colaborador, y, entre otros, del personal de su laboratorio.

El segundo capítulo está dedicado a su relación con los científicos españoles: Juan Bartual, Blas Cabrera, Gregorio Marañón o Ricardo Horno Alcorta (Illueca, 1883-Madrid, 1848), médico y alcalde de Zaragoza, entre ellos. Le dice Cajal: "Conocido mi amor a la tierra y mi devoción a la Universidad donde me inicié en los estudios anatómicos huelga decir cuánto agradezco y estimo el valioso nombramiento con que me honra ese ilustre Comité". Horno le pedía permiso, en 1932, para designarlo presidente de honor de las Jornadas Médicas Aragonesas.

Una carta a Joaquín Costa

En el siguiente epígrafe figuran Hendrik Antoon Lorenz, Giuseppe Levi (padre de la escritora Natalia Ginzburg, al que ayudó a salir de la cárcel) o Albert Einstein; en 1920, Cajal le invitaba a dar "una serie de conferencias a un reducido grupo de especialistas" sobre la Teoría de la Relatividad.

Einstein le dijo que no podía entonces, pero vino a España en 1923 y estuvo, además, 50 horas en Zaragoza. En la parte de ‘Literatos y artistas’ se escribe con Pío Baroja (con quien no tenía química), Concha Espina, a quien defendió para el Nobel, Ortega y Gasset, Pardo Bazán, Unamuno o Sorolla. En ‘Políticos y personalidades’ aparecen Alfonso XIII, Primo de Rivera o Juan Negrín; se incluye una carta extensa a Joaquín Costa, cursada en 1901, donde le explica su visión del caciquismo; le dice: "La definitiva desaparición del cacique (en caso de ser realizable) será obra del tiempo y de la cultura nacional". Más tarde, en 1928, desde el ayuntamiento de Graus, le piden su adhesión para erigirle un monumento a "aquel soberbio ejemplar humano". Cajal dice: "Este verano pienso pasarlo en Jaca y desde allí les remitiré el importe de mi suscripción".

El libro se completa con cuatro partes más: ‘Instituciones’, ‘Periodistas y periódicos’ (ahí figuran Fernando Castán Palomar y Gregorio García Arista), ‘Familiares’ y ‘Miscelánea’, donde mantiene una curiosa correspondencia con José Cruz a propósito de sus antepasados; ahí también se cartea con el polígrafo granadino, instalado en Huesca, Ricardo del Arco y le manda una síntesis biográfica y científica para uno de sus perfiles. En esa epístola exalta la figura de Félix de Azara, quizá "el mejor naturalista español".
 







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