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Premios Goya 2012

Verónica Echegui: "Me interesa que el cine haga pensar"

Verónica Echegui (Madrid, 1983) llevaba pintada una tika, el característico puntito rojo entre las cejas que llevan algunas mujeres indias y nepalís.

Sara Brito. Madrid Actualizada 15/02/2012 a las 11:40
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 Verónica Echegui (Madrid, 1983) llevaba pintada una tika, el característico puntito rojo entre las cejas que llevan algunas mujeres indias y nepalís. Se lo pintó Saumyata Bhattarai, su compañera de reparto y compañera de batallas en la última ficción de Icíar Bollaín, donde Echegui interpreta a una maestra catalana (inspirada libremente en la pedagoga Victoria Subirana, conocida como Vicky Sherpa) que levanta una escuela para los intocables de Katmandú. "La tika la llevan las mujeres casadas, vamos que si eres de alguien llevas una marca", cuenta la actriz, consternada por la situación de la mujer en el país asiático. Nominada por tercera ocasión al Goya a mejor actriz por ‘Katmandú, un espejo en el cielo’, Echegui no quiere darle importancia a si gana o no el famoso cabezón en esta ocasión.

¿Qué ha aprendido en lo humano y en lo interpretativo en este viaje a Nepal?

He aprendido a valorar mucho a España y a mi gente, pero al margen de eso, he visto situaciones extremas que me han dolido mucho. Para mí no ha sido una experiencia fácil, aunque el país es una maravilla, ya sabes, las montañas, el Himalaya… pero la capital es una especie de vertedero, donde vive mucha gente que huyó de la guerra, y hay una violencia latente que está ahí todo el tiempo. Es un país ultramachista, con muchos niños huérfanos… Muy duro. El abuso está a la orden del día, no hay organismos públicos que defiendan los derechos, la gente está muy desvalida. Por otra parte, a escala profesional, he aprendido mucho tener que solventar una infinidad de problemas que surgieron durante el rodaje. Eso me ha hecho fuerte. También he aprendido cuáles son mis puntos flacos y mis puntos fuertes a la hora de interpretar.

¿Y cuáles son?

Mi punto fuerte es que si me dejan y encuentro mi libertad, soy bastante visceral y muy intuitiva y vuelo desde ahí. Cuando no, me he dado cuenta de que tengo cierta técnica, pero que la tengo que reforzar. Por ejemplo, eso que da el teatro a la hora de repetir las funciones, cómo resolver situaciones imprevistas en el momento... Creo que ahora me toca hacer mucho teatro.

¿Qué le interesó en especial de la película y de su personaje?
Lo que más me interesa es la fuerza inspiradora que tiene la historia de esta mujer, Vicky Subirana, que sabemos que es real y que sigue haciendo sus proyectos educativos en Nepal. Ella ha desarrollado una pedagogía propia que llama pedagogía transformadora, que es muy interesante y que nada tiene que ver con la que se aplica en los colegios de enseñanza pública aquí.


¿La película es una defensa de la educación y de la mujer?

Más que un alegato, es un retrato de esta mujer y de su búsqueda, y por ende el retrato de las circunstancias y los personajes que la rodean. A mí esta promoción me importa sobre todo si el tema de la educación cala de alguna manera. Me gustaría que la película abriera el debate educativo entre nosotros. La visión sobre la educación de Vicky Sherpa y la que da Icíar en la película es lo que más me interesó del proyecto, en realidad. Y me hace pensar sobre España, donde recibir esa educación, tipo Montesori, es carísimo.

Crispación
Esta es una película en la que usted era la única actriz profesional, y la propia Icíar Bollaín ha reconocido que fue un rodaje especialmente duro para usted. ¿Fue así?
Yo intenté aprender de esto, por muy duro que fuera…

¿Tan duro fue?
Sí, fue un rodaje difícil, tenso, con mucha complicación, poco tiempo, muy apretado y muy a contracorriente. Con problemas burocráticos y de todo tipo. Desde mi lado, intenté tomármelo con calma, y en cuanto veía a la gente crispada, o a Icíar tensa, me metía en mi burbuja. Me apasiona esto, pero no creo que haya que hacer las cosas así. Ahora bien, he aprendido mucho y volvería a repetirlo. Además, los actores no profesionales, los que hacían de madres y niños, me transmitían mucha tranquilidad, como que a ellos todo este mundo del cine no va con ellos. También me escapaba mucho al centro de la ciudad, donde hice muchos amigos. Como actor te lo comes todo, y o te proteges tú o lo pasas mal.

¿Qué le interesa del cine, ahora que han pasado años desde aquella ‘Yo soy la Juani’?
Me interesa que me haga pensar, tanto el cine que veo como el que hago. Pero que no lo haga de forma que sea evidente. Puede ocurrir con una comedia, aparentemente ligera.

Viene de rodar ‘The cold light of Day’, junto a Bruce Willis o Sigourney Weaver. ¿Cómo fue aquello? ¿Le gustaría hacer más rodajes internacionales?
Yo aspiro a trabajar y con eso me contento porque tengo la sensación de que todo está cambiando y de que ninguno sabemos hacia dónde vamos. Pero sí, me apetece trabajar fuera, en inglés o francés. En ‘The cold Light of Day’ me gustaron ciertos detalles de producción que son nuevos para mí. Por ejemplo, dan mucho espacio al actor para que se prepare, saben lo importante que es para uno concentrarse. Luego me fascinaron los efectos especiales, los decorados. Si me pongo a soñar, recuerdo lo que quería de pequeña, que era salir en una película fantástica, transformada en un monstruo o en un ser mitológico. Eso me encantaría para completar mi sueño infantil.







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