especial mi trabajo te da vida
El trabajo duro, la pasión y una vida tranquila es lo que une a estos dos ganaderos
Javier Segarra invitó a Susana Martínez y a Guillermo Ramón, ambos ganaderos, a subir al escenario y compartir su experiencia profesional y personal con los asistentes.
Basado en hechos observados y verificados directamente por nuestros periodistas o por fuentes informadas.
Los ganaderos son el alma del sector porcino. Detrás de cada granja, hay cientos de personas que, con sus familias, deciden conformar sus vidas en el mundo rural. Durante la gala, en la tertulia ‘Mi trabajo me da vida’, los asistentes tuvieron el placer de conocer dos de esas historias, muy diferentes entre sí, pero con un denominador común: la pasión por la ganadería y la vida en el pueblo.
Uno de ellos fue Guillermo Ramón, un joven ganadero de tercera generación que trabaja en una granja de la localidad turolense de Valderrobres. La otra, Susana Martínez es propietaria de una explotación de cerdas madre en el pueblo de Borja. Guiados por el presentador, Javier Segarra, compartieron sus vivencias con el auditorio entre momentos de nostalgia, ejemplos de superación y muchas risas.
Herencia familiar
A sus 19 años, Guillermo tiene claro que su vida está en el sector primario. Habita en el municipio turolense de Valderrobres con su familia, sus amigos y sus queridos cerdos. "Me he criado en la granja. De pequeño, pasaba muchas tardes ahí después del colegio. La verdad es que en la granja estoy muy bien, me encanta mi trabajo y soy feliz", aseguró el joven.
Es la tercera generación de una familia dedicada al porcino. Su abuelo, que estaba en la sala escuchando orgulloso a su nieto, empezó con el negocio familiar en su juventud. Le pasó el relevo a su hijo y, ahora, su nieto se incorpora también al mundo de la ganadería.
Las cosas han cambiado mucho desde que el abuelo de Guillermo decidiera emprender esta aventura. El sector ha vivido una gran transformación gracias a una fuerte labor de investigación y al uso de tecnologías de vanguardia, que le han dado un giro radical a la realidad de los ganaderos. "El día a día no tiene nada que ver, es algo evidente, incluso en las cosas más simples -explicó Guillermo-. Por ejemplo, antes no existían los sistemas de alimentación automáticos y tenían que dar de comer a los cerdos de uno en uno. Y había estufas de leña y carbón que tenían que reponer cada noche; ahora va todo con electricidad. Era todo más complicado". Su abuelo y su padre asentían con la cabeza desde sus asientos acompañados por el resto de su familia, quienes también escuchaban al joven con nostalgia y entusiasmo.
Guillermo Ramón es un joven ganadero de tercera generación que trabaja en una granja del pueblo turolense de Valderrobres. Cada día, se levanta a las siete de la mañana para ponerse en faena.
Aunque es cierto que la vida en la granja es más sencilla que antaño, el trabajo de ganadero sigue siendo duro. Guillermo se levanta todos los días a las siete de la mañana y se pone en faena. Lo primero que hace es dar de comer a los cerdos y comprobar que todos han pasado bien la noche. "Una de las cosas que más me gusta del trabajo es que cada día es diferente. Siempre hay algo que hacer. Desde luego, no te aburres", incidió.
Un cambio de 180 grados
Susana encarna una historia muy diferente. Mientras que Guillermo viene de una estirpe de ganaderos, ella es la primera en su familia que se decanta por el porcino. Esta pasión por los cerdos no le viene de cuna, ni siquiera era algo en lo que pensara en su adolescencia.
Natural de Borja, se trasladó a Zaragoza para formarse en la rama sanitaria. Su novio, también del mismo pueblo, la acompañó a la gran ciudad. Tras años de estudio, comenzó a trabajar como técnico de rayos, se compraron una casa y se asentaron en la capital aragonesa de una forma más estable. Tras 15 años trabajando en el hospital y con el nacimiento de su hija, Susana decidió dar un giro radical a su vida. "A mi marido, que ya trabajaba en el sector porcino, le surgió la oportunidad de montar una granja de cerdas madre en Borja. Me lo consultó, lo meditamos y decidimos que sí. Me subí al tren", señaló la joven.
Susana Martínez cambió su vida como técnico de rayos en la capital aragonesa por montar una granja de cerdas madre, junto a su marido, en Borja. Ambos viven con su hija en el pueblo, donde son felices.
Fue una inversión importante. Apostar todo el patrimonio a un negocio siempre es un gran paso, y lo fue también para esta pareja: "No ha sido fácil. Montar una granja requiere mucho dinero, mucha burocracia y muchas preocupaciones. Al principio, la incertidumbre es muy grande, te lo has jugado todo y no sabes si las cosas van a salir bien o no -explicó Susana-. Pero ahora estoy contentísima, no me arrepiento de nada".
Susana aprovechó la gala para dar las gracias a todos los que les han ayudado en el camino y resaltó que iniciativas como esta sirven para poner en valor al sector y acercar la labor de los ganaderos y las personas que trabajan en el porcino a la población general.
Susana y Guillermo, ambos ganaderos, reivindican la vida en el pueblo
Aunque algunos no vean las bondades de vivir en un pueblo, Guillermo y Susana están encantados. Él siempre ha vivido en Valderrobres, y no lo cambiaría por nada. "En Zaragoza hay demasiada gente -ríe-. En el pueblo estoy muy bien. Me paso el día en la granja y, luego, con mi familia y amigos".
Para Susana, uno de los factores que tuvo en cuenta a la hora de decantarse por montar su granja fue, precisamente, poder volver a Borja y criar a su hija en un entorno más natural: "Para un niño es muchísimo mejor criarse en un pueblo. Y para mi marido y para mí, la crianza es más llevadera. En Zaragoza trabajaba mañana y tarde, y teníamos que tirar de guardería, pero aquí tenemos familia y más tiempo para nosotros".
Guillermo Ramón, ganadero
Siguiendo los pasos de su familia Guillermo Ramón es un joven ganadero de Arcoiris, un grupo cooperativo de la comarca turolense del Matarraña dedicado tanto a la producción ganadera como a la industrialización y venta de productos alimenticios. Bajo el lema ‘la unión hace la fuerza’ y con casi medio siglo de recorrido empresarial, ha logrado convertirse en todo un referente en Aragón. Asientan su éxito bajo los valores de la calidad de sus productos, la sostenibilidad, los alimentos naturales y, por su puesto, sus socios y empleados. Guillermo es la tercera generación de una familia que ha dedicado toda su vida y esfuerzos al sector porcino, una pasión que el joven lleva con orgullo.
"Las cosas han cambiado mucho desde que mi abuelo montó la granja. Antes, no había sistemas automáticos de alimentación y tenían que dar de comer a los cerdos uno a uno. Se ha innovado mucho en las granjas"
Susana Martínez, ganadera y propietaria
Una nueva vida en el pueblo Susana Martínez es copropietaria de una de las granjas de Vall Companys, grupo fundado en 1956 que apuesta por la innovación, la investigación y las nuevas tecnologías para impulsar una agroalimentación saludable, ética y sostenible, garantizando la calidad y la seguridad en cada paso de la cadena de valor. Otra de sus prioridades es, por supuesto, el desarrollo de sus integrantes y de las comunidades en las que están presentes, especialmente en las zonas rurales. Susana nació en un pueblo y, aunque se marchó a la ciudad a estudiar con la mirada puesta en el sector sanitario, volvió a su Borja natal, donde regenta junto a su marido un negocio familiar que les hace felices.
"Para un niño es mucho mejor criarse en el pueblo. Y para mi marido y para mí, la crianza es más llevadera. En Zaragoza trabajaba mañana y tarde, teníamos que tirar de guardería. En Borja tenemos familia y más tiempo para nosotros"