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aragón es extraordinario

Lanave, del misterio a la alegría: aún tiene panadería

Yolanda Alonso y su hija Abigail continúan la apuesta del artesano Miguel Ángel Andreu, marido de Yolanda y maestro del horno de leña, quien fundó la panadería en 1987

La primera parte de su vida fue nauta, pero hace tiempo que fondeó en las alturas de Monrepós. Yolanda Alonso nació en Francia, se crió en Alicante y lleva 35 años en Aragón; es de madre murciana y padre vasco. Lleva con su hija Abigail Navarro la famosa panadería de Lanave, localidad oscense del municipio de Sabiñánigo con apenas dos habitantes censados y solamente tres casas. La pasada primavera, un cartel de ‘se traspasa por jubilación’ hizo que mucha gente pensara que la panadería de Lanave, fundada por Miguel Ángel Andreu (vecino de Hostal de Ipiés, con un hermano panadero en Bailo, Lesmes) iba a echar el telón de su historia tal y como se venía conociendo desde su fundación en 1987. No ha ocurrido tal cosa, aunque los acontecimientos de este año no han podido ser más tristes.

Vídeo de Panadería Lanave en 'Aragón es extraordinario'

"Miguel Ángel, mi marido, falleció el pasado 8 de agosto –revela Yolanda– y naturalmente, mi hija y yo pensamos en dejar esto; de hecho, tomamos la decisión de cerrar la panadería al final de una jornada, en el almacén, llorando a moco tendido una semana después de que él se nos fuera. Paramos unas semanas… pero luego decidimos que lo mejor que podíamos hacer para honrar su memoria y darle el reconocimiento continuo que merece era seguir con el trabajo que tan bien hizo, después de tantos años de sacrificio y esfuerzo. Finalmente reabrimos el 15 de septiembre, y aquí estamos".

Abigail y Yolanda llevaban años ayudando a Miguel Ángel en la faena, y ahora tratan de ser rigurosamente fieles a sus recetas y manejos. También con el pan, hecho en horno de leña, muy demandado por los viajeros y residentes en pueblos cercanos. "Ha sido complicado seguir al ritmo normal, y no solo por la falta de Miguel Ángel, sino por otras circunstancias; para ‘forro de bota’, el que hacía el pan hasta hace poco se nos marchó de un día para otro, ahora lo hacemos nosotras. El esfuerzo vale la pena por la memoria de Miguel Ángel y la fidelidad de sus clientes, que salían cabizbajos de aquí este año durante meses cuando anunciamos que esto se iba a traspasar. La torta de manzana se sigue vendiendo mucho, las magdalenas lo mismo, los mantecados, los salados como las pizzas… nos sigue guiando ‘chiquitín’, yo le llamaba así al Miguelón, aunque me sacaba una cabeza; él me llamaba ‘chatica’. No sé si suena a cursi, pero me da igual –esboza una sonrisa– porque así nos llamábamos".

Algunos clientes se molestan en dejar su cariñico en forma de piropo. "Una mujer –recuerda Yolanda– me dijo una vez que antes paraba en Lanave camino de las pistas de esquí del Pirineo, y ahora el esquí era una excusa para acercarse a Lanave a comprar. Me hizo gracia esa inversión de prioridades.A ver, nosotras nos hemos marcado como objetivo un mínimo de cinco años más aquí, para tener una meta. Luego ya veremos lo que hacemos, dependerá de muchas cosas".

“A las seis de la mañana ya estamos alerta, a las siete empieza a pasar gente y abrimos de continuo”

La parada en Lanave es un clásico entre quienes suben al Pirineo por Monrepós. También es magnética de bajada, aunque desde que la autovía está completa en ese tramo no se puede cruzar directamente desde el otro carril; hay que hacer un cambio de sentido 300 metros más allá, y repetir la jugada bajando hacia Hostal de Ipiés (el giro se hace en la gasolinera) para reemprender la marcha hacia Huesca. El tiempo de coche que se invierte en la maniobra no llega a los tres minutos en total; vale la pena.

El goteo de clientes es incesante una mañana cualquiera entre semana, y salvaje en los ‘findes’, desde el viernes al mediodía hasta el mismísimo domingo por la noche. Para charlar con Yolanda un rato seguido hay que hacer malabares, trufados de paciencia; también vale la pena El producto estrella es, sin duda, el empanadico en sus diversas elaboraciones, aunque hay otros que le siguen de cerca en el gusto popular, como la torta de manzana. "Mi preferido es el de calabaza –proclama Yolanda– aunque el que más se vende es el de manzana; también el pan, claro".

Abigail califica de gran reto seguir adelante con el negocio. "Los procesos los conocemos después de tantos años, pero la mano del panadero es muy importante, y algunas cosas he tenido que refrescarlas y ensayarlas. Por suerte, llevo ya mucho tiempo trabajando y ayudando aquí, por lo que está siendo posible asumir este trabajo. Son muchos veranos intensos en faena junto a mi madre; tenemos una gran relación y ha sido algo bonito, sigue siéndolo en esta nueva etapa. De más joven, el dinero que ganaba era otro aliciente, claro, aunque se trabajaba mucho y a las horas del negocio, ya sabes. Ahora venimos de madrugada a encender nuestros dos hornos y a las seis ya estamos alerta, la gente empieza a pasar sobre las siete y abrimos de continuo, sin parar al mediodía; obramos al punto de la mañana y se hacen otros productos hasta el mediodía. Por tarde hay relevo en la atención".

Tres generaciones de viajeros adeptos

Cuando los clientes van entrando, la certeza de que la mayoría van a tiro fijo se confirma enseguida. Los requerimientos varían poco: que si un pan de kilo tostadico, la torta de manzana por favor, no tendréis más que igual hago corto, cuánto le queda al empanadico de manzana que espero si son diez minutos, si es más dímelo que me tendré que ir. Yolanda, franquísima con los conocidos y desconocidos, va respondiendo a todo, incluso si el pan no está tan tostado, para la tranquilidad de algún cliente. "Es que te dicen la verdad, no sueltan cualquier cosa para vendértelo. Eso está bien", afirma un habitual al comentarle la jugada. "Por eso vuelvo... y por los empanadicos, claro".

Con los cientos de personas que entran a la tienda en un día normal no se puede pretender mucha retentiva con las caras populares, y menos actualmente, con las mascarillas aún en liza. "Famosos ya han venido, algunos actores conocidos según mi hija, pero si os digo la verdad, no recuerdo los nombres; sí te suenan las caras, pero tampoco preguntas, todos los clientes son iguales", apunta Yolanda.

La clientela es zaragozana al 90%. "La gente de la zona viene menos, parar aquí es una tradición de familias zaragozanas y de los amigos a los que han comentado las cosas buenas que vendemos aquí. Ya está viniendo la tercera generación de los que llegaron por primera vez, al poco de abrir; los hijos de esos primeros vienen ahora con sus hijos".

El horario no es excusa para pasar de largo. "Aquí se puede llegar casi a cualquier hora del día, porque estamos desde las 6.00 hasta las 21.00, sin cerrar al mediodía. Los viernes estamos hasta las 22.00. Solamente cerramos el martes por descanso semanal, siempre y cuando no sea festivo, que abrimos. Ahora mismo estamos mi hija y yo junto a otros cuatro trabajadores".

Artículo incluido en la serie 'Aragón es Extraordinario'.

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