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aragón es extraordinario

El cura Cabrero, el mundo por montera y el carisma de sombrero

El sacerdote oscense, de 77 años de edad, reside en Alquézar y atiende a 18 pueblos del Somontano y Sobrarbe

José María Cabrero, frente a la iglesia de San Miguel del Alquézar
José María Cabrero, frente a la iglesia de San Miguel del Alquézar
Laura Uranga

Se puede saber mucho de una persona por su mirada. Cuando es franca, sin dobleces, incluso dura (que no inquisidora o inquisitoria) suele haber alguien bueno tras ella. Eso pasa con José María, el cura Cabrero, mosén Cabrero... todos son la misma persona, un hombre querido por sus vecinos, creyentes y no creyentes, con un carisma que traspasa confesionalidades.

"Lo de padre me dicen muy poco, no se estila en esta tierra nuestra, más mosén, José María o cura Cabrero, y el 'don' ya pasó a la historia, así que llamadme como queráis. Bueno, queda Donjo, que me lo decían los chavales cuando empecé en estas parroquias, ¿qué os parece? Hay gente que anda ahora por los treinta y pico y me llama así, con Donjo me he quedado para ellos".

El cura Cabrero ha sido párroco de Alquézar, Radiquero y Buera muchos años, pero en 1999 su zona de ministerio se amplió. "Llevo toda la zona del Sobrarbe que comprende Lecina, Bárcabo, Santa María de Buil, Arcusa, Las Bellostas… el valle del Vero, vamos. Entremedio me añadieron Colungo y Asque, así que voy todo el día con mi coche, de pueblo en pueblo, es indispensable para mi trabajo. Nunca me ha dejado tirado en la carretera; alguna rueda sí he reventado, pero la cambias y ya. Ahora llevo 18 pueblos habitados de continuo, con más o menos gente, y en los meses de verano acudo a cinco más que tienen gente en esas fechas".

A Donjo la gente lo quiere mucho. Eso es así. "Es que llevo muchos años aquí, nos conocemos, compartimos camino y muchos ideales. Hemos aprendido a caminar juntos, con nuestros defectos y dones, y seguimos adelante".

José María Cabrero acaricia a su perrico, Capri, cerca de la Colegiata de Alquézar.
José María Cabrero acaricia a su perrico, Capri, cerca de la Colegiata de Alquézar.
Laura Uranga

Mosén José María ha vivido en primera fila toda la eclosión de Alquézar como destino turístico. "Ha venido bien para todo el Somontano y también el Sobrarbe lo que ha pasado en Alquézar. Al principio de mi estancia aquí, había una persona en la colegiata explicando las cosas, y listos; yo me iba con las familias y unos bocatas y pasábamos el día en el monte. Luego ya me tocó ayudar en las visitas, y ahora hay tres personas, además de que no se cierra al mediodía en festivos".

José María aclara que sus referencias de este crecimiento no solo se centran en lo pío. "A mi llegada solamente había un restaurante y y un bar, que cerró porque los dueños iban siendo un poco mayores. Tanto en Alquézar como en Radiquero y Buera hicimos asociaciones para poder abrir bar, acogerte a subvenciones y que lo llevase la misma gente del pueblo. Eso en Alquézar duró cinco años, enseguida empezaron a aparecer nuevos establecimientos, la gente se animó. En los otros dos ahí siguen, los bares de las asociaciones. ¿Sermones en el bar? No hace falta, hombre, después de tanto tiempo nos conocemos y cuando hay que decir algo lo dices, con normalidad y sencillez, que aquí ninguno somos más que el otro. En el sermón no, creo que no es sitio de echar peladillas, lo charlamos antes o después".

Una vida rica en experiencias

José María es hijo de Siétamo, muy cerca de Huesca. "Llegué al Seminario de Huesca a los 11 años y estudié allá hasta que marché a Roma a estudiar Teología, en la Universidad Gregoriana. Cuando volví me mandaron a Bolea, Aniés, Lierta y Puibolea; allá duré dos años, porque seguí estudiando con la aprobación del obispo de entonces".

Donjo volvió a las aulas e hizo Biológicas en Barcelona, y acabó la carrera con 33 años. "El Seminario había pasado a ser colegio de bachiller y hacían falta profesores de ciencias puras. A mí me encantaban, soy de pueblo y me gusta la naturaleza; cuando acabé en Barcelona le dije al obispo que aun sabiendo que me tocaba ser profesor en el Seminario, me gustaría ser cura de pueblo. Estuvo de acuerdo y ese verano Alquézar quedaba vacante, así que me mandó aquí, y aquí sigo".

Lo de la ampliación del área de influencia fue sobrevenido. "Los pueblos del Sobrarbe que llevo ahora eran tarea de otro sacerdote, que enfermó; yo era arcipreste de esta zona, el coordinador que no manda, ya sabes, y el obispo don Javier planteó posibles soluciones para esos pueblos. Yo le dije que si él lo veía bien, me venía a vivir a Alquézar y llevaba todos estos pueblos. Aún di clases dos años desde ese día, hasta 2001, pero ya desde 1999 estaba a cargo de esta zona. Los sacerdotes, mientras tenemos fuerzas, estamos en el tajo, gracias a Dios me encuentro bien y para los 77 que tengo, siete siete, creo que estoy en forma", dice, antes de subir a paso de marchador atlético la cuesta de la colegiata. Que se cuiden los del CAR de Sant Cugat.

Un 'killer' del área, velocísimo y buen definidor

Mosén José María tiene su centro de operaciones en la iglesia de San Miguel de Alquézar, donde oficia las misas. Allá recuerda con una sonrisa sus años de profesor, y le enorgullece haber hecho algo por sus alumnos. El buen karma le ha devuelto ese cariño. "Fíjate que me operaron de pólipos y la cirujana había sido alumna mía, y llevo tres bodas de las chicas de una misma familia".

En la sacristía, además de recuerdos y algunos de los reconocimientos mentados, tiene un hueco para su gran pasión deportiva: el fútbol. "He sido futbolista, sí, no se me daba mal del todo. Fui jugando por los pueblos, y alguna copa tengo; los seminaristas jugábamos mucho, y ya de cura seguí dándole al balón, primero en Siétamo y luego aquí".

José María era delantero centro. "Te diré que me adaptaba a los extremos, y si hacía falta, al centro del campo. Tenía buena carrera corta, era rápido; en Siétamo, con mi hermano y otro que le pegaba bien a la pelota aprovechaba los pases en profundidad y me hinchaba a goles, soy derecho pero le pegaba con las dos; regatear poco, eso sí, yo siempre fui más de ir directo a la portería y darle fuerte al balón".

La afición del cura y otros futbolistas aficionados de su actual zona de residencia cristalizó en una competición tan encarnizada como informal e incruenta. Piques sanos, sin más, y mucha camaradería. "Unos cuantos hicimos una liguilla con pueblos como Salas Bajas, Pozán, Huerta, Buera, Alquézar, Radiquero… yo iba con Buera, que es el sitio más pequeño, aunque ahí vive Miguel Ángel, que jugó en el Español con Molinos, en Primera División; no sé si lo recordaréis a Molinos, un zaragozano que tenía mucho estilo jugando. ¿Que qué equipos me gustan? Pues mira, el Athletic de Bilbao, por jugadores muy buenos de los años 70 como Dani o Chechu Rojo. Pero sufrir no sufro por el fútbol, ¡eh? Siempre ha sido un juego, para disfrutar, nada más".

Los reconocimientos siempre encuentran la dirección de José María

En 2008 se terminó el plan de remozamiento de la colegiata de Alquézar, que se ha ido desarrollando con los años. Es un lugar admirable. "En los pueblos que llevo -apunta con orgullo José María- hay cuatro monumentos que son Bien de Interés Cultural: la colegiata de Alquézar, la ermita mudéjar de Santa María de Dulcis, San Esteban de Almazorre con su pantocrátor que apareció debajo de una zona encalada, fechado en 1131. San Martín, en Santa María de Buil, es el cuarto". Por otro lado, para un biólogo es un lujo estar dentro del Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara, pero ya como mero aficionado. "Terminé con las clases y llevando tantos pueblos no hay tiempo para mucho. Eso sí, tengo un perrico que me hace compañía, Capri; es de la familia, siendo yo Cabrero. Como lo tengo arriba en la Colegiata y hay que echarle de comer mañana y noche, también me sirve para hacer ejercicio".

Cuando mosén Cabrero cumplió 70 años, hubo una gran reunión popular en Alquézar. "Se les ocurrió a unos cuantos convocar a la gente, hacer una misa y una comida. Vino el obispo, muchos sacerdotes de la comarca… ¿cuántos te piensas que estábamos comiendo? Pues 680, limpiaron una nave llena de cosechadoras y tractores en Radiquero; me avisó el alcalde dos días antes para que no me pillase de sopetón. Tenían una comisión, se juntaban en el bar de Radiquero y lo tramaron todo. He recibido mucho cariño; se empeñaron en el 'Diario del Altoaragón' en darme una de sus pajaritas de plata, y en Aínsa también me concedieron su reconocimiento, la Cruz del Sobrarbe".

Artículo incluido en la serie 'Aragón es Extraordinario'.

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