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Sentirse solo, ¿maldición o bendición?

El papel evolutivo de la soledad se puede considerar tan esencial como la sed o el hambre; necesitamos compañía para sobrevivir.

Elena Sanz 04/11/2018 a las 05:00
El 40% de los jóvenes de entre 16 y 24 años se sienten aisladosRalf Steinberger

José María P. G. vivía en Parque Goya. Acababa de cumplir 73 años y llevaba unos cuantos fuera de las aulas, tras una larga carrera como profesor de Filosofía. Aun jubilado, él se sentía un chaval, incluso presumía entre sus allegados de no tener ni un solo achaque. Pero el pasado mes de agosto, su vecino Ángel, que intercambiaba con él amenas charlas en el ascensor, empezó a echarlo de menos. Llevaba cuatro días sin verlo. Algo inusual. Llamó a su puerta, pero no obtuvo respuesta. Ni un ruido salía de la vivienda. Lo que sí notó fue un fuerte olor a basura. Así que avisó a la policía. El desenlace fue el peor posible: José María P. G. yacía sin vida. El profesor aragonés se convertía así en la séptima persona fallecida en soledad en Zaragoza este año. Un problema social serio que ya ha puesto en alerta a los partidos y las instituciones para intentar atajar esta epidemia de muertes sin compañía.

Jóvenes aislados

Nadie pone en duda que la soledad es una traba importante cuando cruzas la barrera de los 65. En España, entre un 5 y un 15% de las personas mayores tienen sentimientos frecuentes de soledad, mientras que el 20% y el 40% sienten soledad ocasional, según el informe ‘Soledad y personas mayores’ de la Universidad Internacional de Valencia (VIU). Sin embargo, en contra de lo que solemos pensar, no es el período de la vida de mayor aislamiento social.

Lo dicen los autores del ‘Experimento de la Soledad’ de la BBC, realizado por la cadena de radiotelevisión británica en colaboración con tres universidades del Reino Unido a principios de 2018 y basado en respuestas de 55.000 sujetos. De acuerdo con sus datos, por encima de los 75 años el 27% de los ancianos se sienten solos o muy solos con frecuencia. Una cifra muy alta, no hay duda. Pero que se queda corta si la comparamos con el 40% de los jóvenes de entre 16 y 24 años que aseguran sentirse aislados.

"A menudo pensamos en ese período vital como un momento de máxima diversión, de gloriosa independencia, en el que tomar las riendas de nuestra propia vida", explican los autores. "Pero también es una etapa de transición, de irse de casa, de empezar la universidad, de enfrentarse al primer trabajo... cosas que te alejan de la familia y de los amigos con los que has crecido", matizan. Resultado: una sensación de destierro de tu paraíso afectivo.

Eso no es necesariamente malo. Los humanos somos animales sociales, y si hemos sobrevivido miles de años no es porque seamos más rápidos, ni más fuertes, ni tampoco más venenosos que otros animales. Nuestra arma ha sido formar una piña. Es decir, la protección social. La ley del ‘más vale acompañado’.

Una especie sociable

La paradoja es que, según una teoría esgrimida por el neurocientífico estadounidense John Cacioppo, el mayor acicate para desarrollar lazos sociales no es otro que la desagradable sensación de soledad. Cacioppo está convencido de que el profundo dolor causado por el aislamiento nos motiva para establecer relaciones sociales. Y eso brinda a la especie protección y cooperación dentro del grupo. Visto así, el papel evolutivo de la soledad se puede considerar tan esencial como la sed o el hambre, porque también nos hace salir a buscar recursos para sobrevivir. En este caso, compañía. "Porque juntos se nos da todo mejor que separados", matiza Cacioppo.

Neuronas en ebullición

La sede cerebral de esta ansia de contacto humano se localiza en la parte posterior del cerebro, en una zona conocida como núcleo dorsal del rafe (DRN). Después de un período de aislamiento, sus neuronas entra en ebullición, tal y como descubrieron hace un par de años neurocientíficos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Y la sociabilidad se dispara. Por eso si te recluyes durante un tiempo, cuando ‘vuelves al mundo’ lo haces eufórico y hablando por los codos.

Si no es lo habitual, la sensación de soledad supone un estímulo para conectar. Pero si se convierte en la norma y no le ponemos remedio a tiempo, puede tener un impacto negativo. Reuniendo datos de tres millones de individuos, los investigadores demostraron que la soledad incrementa las probabilidades de morir en un 26%, casi igual que la obesidad. Los kilos de más y las relaciones de menos son igual de dañinos. Además, según otro reciente estudio danés, el riesgo de fallecer por una enfermedad cardiovascular se duplican si nos sentimos solos –incluso si estamos rodeados de gente–. A lo que se suma que la soledad disminuye la protección del sistema inmunitario frente a infecciones víricas.

Ya lo decía Bécquer: la soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien contárselo.

Elena Sanz

 

La falta de sueño te aísla

Si no descansas lo suficiente, corres el riesgo de quedarte solo como la una. Según un estudio de la Universidad de California (Estados Unidos), el cerebro poco descansado tiene muy activas zonas dedicadas a percibir las amenazas externas y desconecta regiones cerebrales que fomentan la interacción social. Dicho de otro modo, privarnos de descanso nos vuelve antisociales. Con el agravante de que los que nos tratan se contagian de ese sentimiento y nos rechazan. La pescadilla que se muerde la cola.

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