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Por qué damos crédito a las teorías conspiranoicas del 11-S y otros bulos

¿Por qué en demasiadas ocasiones nos traen sin cuidado las evidencias? Un nuevo estudio lo explica.

Elena Sanz 11/09/2018 a las 05:00
El atentado de las Torres Gemelas dejó casi 3.000 víctimas mortales.Mark LaGanga/CBS News

Diecisiete años después de los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas de Nueva York, siguen circulando diversas teorías conspirativas sobre el trágico acontecimiento. Hay quien sostiene que el entonces presidente George W. Bush conocía de antemano los ataques, e incluso que él mismo los planificó para justificar la invasión de Irak. Otros conspiranoicos defienden que los edificios cayeron debido a una demolición controlada de los sótanos, y no por el choque de los aviones. A todos ellos les pasa lo mismo que a los negacionistas del Holocausto, a quienes creen que el cambio climático es un bulo o a los que defienden a estas alturas que la Tierra es plana: por más pruebas irrefutables que les muestren, se aferran con tanta fuerza a sus creencias que no hay modo de hacerles entrar en razón.

Un nuevo estudio de la Universidad de California en Berkeley (EE. UU.) explica por qué en demasiadas ocasiones nos traen sin cuidado las evidencias. Al parecer, lo que fortalece o debilita las creencias de las personas acerca de un asunto no es la lógica, ni los razonamientos, ni siquiera los datos científicos objetivos. Son las reacciones del resto de individuos frente a sus opiniones. El feedback, por así decirlo. Y eso nos hace comportarnos de manera poco inteligente.

"Si crees que sabes mucho sobre algo (aunque no sea cierto), no sientes la curiosidad suficiente para indagar sobre el asunto a fondo, y nunca llegas a descubrir lo ignorante que realmente eres", apuntan los investigadores en un artículo que publica 'Open Mind'. Esta dinámica cognitiva explica por qué algunas personas son presa fácil para los charlatanes. "Imagina que aplicas una teoría absurda pero con ella haces predicciones correctas un par de veces: te quedarás anclado en ese pensamiento y ya no sentirás el menor interés por hacer acopio de información adicional", aclara Celeste Kidd, coautora del estudios.

En sus experimentos, Kidd y sus colegas ha demostrado también que si nos equivocamos muchas veces consecutivas pero atinamos en los cinco últimos intentos, nos sentimos muy seguros. En otras palabras, nuestra confianza en nosotros mismos depende de los éxitos recientes y no de los resultados acumulativos. Nos traen sin cuidado las estadísticas, el número de errores y aciertos, mientras nuestros últimos intentos den en la diana. "Lo ideal, sin embargo, sería que alguien que está aprendiendo algo nuevo, o que trata de discernir qué es cierto y qué es falso, sopesara por igual todas las observaciones realizadas a lo largo del tiempo", admiten los autores.

Que pasemos por alto la información que contradice tiene también una explicación neurocientífica. El cerebro humano es hedonista por naturaleza: busca sentirse bien. Comprobar que se equivoca le resulta neurológicamente desagradable. Sin embargo, encontrar datos que nos dan la razón nos genera hordas de placer (en forma de dopamina). Inconscientemente, si tenemos ideas en mente preconcebidas sobre cualquier asunto, busquemos información que corrobore que se trata de la mejor alternativa posible. Lo llaman sesgo de confirmación.

La ley del mínimo esfuerzo también contribuye a la popularidad de las ideas falsas. David Rapp, investigador de la Universidad Northwestern (EE. UU.), ha llegado a la conclusión de que las afirmaciones imprecisas pasan fácilmente el filtro del cerebro porque archivarlas en la memoria, sin más, resulta bastante más sencillo que analizarlas y evaluarlas de manera crítica. Y hay que administrar bien los recursos. Aunque eso nos convierta en presas fáciles de los charlatanes.

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