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Aquí hay ciencia

Operación Triunfo: conocer el cerebro de Alfred a través del jazz

Alfred es el único participante con formación en jazz, un estilo único para desentrañar qué hace la música en el cerebro. Cuando Amaia y Alfred se enfrentan a una misma canción, sus cerebros no se comportan igual.

Jesús Méndez 28/01/2018 a las 05:00
Alfred y Amaia ensayan 'Tu canción' por primera vezRTVE

El cerebro de Alfred, uno de los finalistas de Operación Triunfo, podría ser un filón para la neurociencia. Muchos se preguntan qué pasa por la cabeza del participante más peculiar de la edición actual, qué ocurre tras esos ojos desenfocados que no se sabe cuánto obedecen a un mundo interior palpitando o al abandono intermitente de unas gafas de alta graduación.

Más allá de imposibles e improbables psicoanálisis, algo de lo que sucede podemos aventurarlo de forma lateral, de sus gustos y formación musical. No es que Alfred sea Keith Jarrett ni que haga cosas como esta, pero es seguramente el único participante con formación en jazz —al entrar en el programa cursaba el nivel superior de estudios en el Taller de Músics de Barcelona—, y ese estilo es el que realmente parece un filón para la ciencia, un vehículo particularmente potente para desentrañar qué hace la música en el cerebro (y viceversa), para estudiar el lenguaje o la creatividad y para descubrir cómo ese estilo hace su cerebro diferente al tuyo, lector, al mío y también al de Amaia.

El cerebro de los músicos es diferente, también entre sí

Amaia es, probablemente, la gran protagonista de esta edición. Algo extraño le hace la música a esta chica que juega con sus tiempos, le transforma sus inocentísimos 19 años. Amaia es ahora pareja de Alfred, cuentan en su familia que tiene oído absoluto y, aunque no ha estudiado jazz, toca varios instrumentos y está a punto de terminar la carrera profesional de piano.

En cierta medida, el cerebro de Amaia también es particular.

La música es una suerte de acaparador cerebral. Coquetea con casi un sinfín de áreas cerebrales, desde las auditivas a las motoras, pasando por las más relacionadas con la memoria y la asociación, del placer y la recompensa. Y su práctica feroz moldea profundamente el cableado relacionado. Lo que no se sabía es que esa reorganización dependía también del género musical que se practica. Que cuando Amaia y Alfred se enfrentan a dificultades con una misma canción, sus cerebros no se comportan igual.

Eso es lo que sospechaban unas investigadoras del Instituto Max Planck en Alemania, y eso es lo que parecen acabar de demostrar. Reunieron a 30 pianistas, 15 de los cuales tenían formación en jazz y 15 exclusivamente clásica y los enfrentaron a la imagen en vídeo de una mano tocando el piano. Mientras les registraban la actividad cerebral debían imitar la secuencia de notas de la imagen, pero cada cierto tiempo la mano cometía errores: a veces en la armonía, a veces en la digitación, en la manera en que los dedos se colocaban para tocar unas notas concretas. Los músicos debían reaccionar corrigiéndolas, pero lo hacían de forma diferente.

Los de formación más clásica (Amaia) eran muy rápidos adaptándose a los errores en la posición de los dedos, pero su cerebro tardaba más en corregir las alteraciones en la armonía. Así lo explicaban en un comunicado desde el propio Instituto Max Planck: “Los pianistas clásicos centran su actuación en el cómo. Para ellos se trata de tocar piezas perfectas en cuanto a la técnica, a las que luego añaden su expresión personal. Por tanto, la elección de la digitación es crucial. Los pianistas de jazz, por el contrario, se concentran en el qué. Ellos siempre están preparados para improvisar y adaptar su forma de tocar para crear armonías inesperadas”.

Eso mismo es lo que podría estar pasando en algún momento mientras Alfred y Amaia ensayaban su 'City of Stars'.

Jazz, lenguaje y creatividad

Charles Limb es un cirujano y otorrino estadounidense amante del jazz. Más allá de este currículum, es uno de los adalides en el estudio de la música, el cerebro y la creatividad. Esto decía durante una charla: “Hablamos mucho de la innovación, pero la ciencia de la innovación, lo que sabemos de cómo funciona nuestra capacidad creativa, está en pañales”. ¿Se puede estudiar algo tan aparentemente etéreo? Bueno, “la creatividad artística es algo mágico, pero no es magia. Es (como tantas otras cosas) un producto del cerebro”. De ahí que “en los próximos años vamos a ver una ciencia real de la creatividad, porque ahora tenemos métodos para estudiarla”.

Uno de esos métodos es la resonancia magnética funcional, que mide indirectamente la cantidad de sangre que llega a cada zona del cerebro y que permite extrapolar en cada momento su actividad. Y eso es lo que usó el equipo de Limb para estudiar el proceso creativo, al menos en el jazz. Llamaron a seis músicos profesionales y los fueron metiendo boca arriba en un escáner, junto con un piano de plástico en las piernas, una almohadilla y dos espejos para que pudieran ver las teclas al tocar. Una vez en el idílico auditorio les mandaron tocar una pieza que ya habían memorizado y que después improvisaran sobre ella. Mirando los datos de la resonancia y comparándolos en las dos interpretaciones, identificaron varias zonas del lóbulo frontal donde la actividad cambiaba con elocuencia. Esto decía Limb: “Nuestra hipótesis es que, para ser creativos, se necesita una cierta disociación en nuestro lóbulo frontal: una zona que se encienda (y que sirve de motor) y otra que se apague, que permita estar dispuestos a cometer errores y no estar constantemente rechazando los nuevos impulsos generativos”.

Y esto escribían en el artículo: “Este patrón puede ser intrínseco al proceso creativo (después lo comprobaron en cantantes de rap), y parece ocurrir fuera de la atención consciente y más allá del control de la voluntad”.

(“¿En los ojos de Alfred?”)

Tiempo después repitieron el estudio, con una variación. Aprovecharon las características del jazz para estudiar qué ocurría cuando los músicos se comunicaban. Esta vez el músico dentro del escáner conversaba con otro en la sala de control, intercambiándose secuencias de cuatro compases ('trading fours'). Y las resonancias dijeron que en sus cerebros se activaban las áreas tradicionalmente relacionadas con el lenguaje, con su sintáctica. “Siempre se ha dicho que la música es un lenguaje, ahora al menos tenemos una base neurológica para sostenerlo”, explicaba Limb. Pero con una particularidad: se inhibían las zonas relacionadas con la semántica, con el contenido de las palabras.

Limb: “Sabemos que la música significa algo para el que la escucha, pero ese significado no puede ser descrito. Podemos escuchar algo de Beethoven —dun dun dun dunnnn— y pensar que significa algo, pero nadie se podría poner de acuerdo en lo que es”.

Tampoco los científicos se ponen muy de acuerdo sobre el origen y utilidad de la música. Unos sostienen que evolucionó y se conservó porque unía a los grupos. Otros (ya menos) dicen que es un parásito evolutivo, “una tarta de queso auditiva”, algo placentero que apareció y se conservó por accidente, a partir de otras funciones del cerebro. En general se sostenía que al menos el lenguaje llegó primero. Pero tampoco eso está claro ya. “Tengo razones para sospechar”, asegura Limb, “que el cerebro auditivo puede haber sido diseñado para escuchar música, y que el habla es un feliz subproducto”.

Dicen que Alfred necesita la música para comunicarse.

Sea como sea: disfruta, Alfred.





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